El calor de la mañana en Jerusalén ya cargaba el aire con el polvo de la calle y el olor a pan recién horneado. Benasías, un comerciante de aceites y perfumes, respiró hondo frente a su puesto en el mercado inferior, cerca de la puerta del Pescado. Su negocio, heredado de su padre, dependía de un fino equilibrio. Hoy, ese equilibrio se había quebrado.
Sobre la mesa de madera pulida, un frasco de alabastro, finamente tallado, contenía un perfume de nardo de gran precio. Benasías lo había preparado para la esposa de un funcionario del palacio. Pero al destaparlo para un último control, una nota agria, fétida, le golpeó las narices. Con el corazón hundido, inclinó el frasco hacia la luz. Allí, en la superficie del óleo precioso, flotaban tres pequeñas moscas muertas, sus cuerpos diminutos e insignificantes arruinando semanas de trabajo y una fortuna en ingredientes. Una sola negligencia, un instante de descuido al dejar el frasco destapado, había echado a perder la obra costosa. Se llevó una mano a la frente. Recordó, amargamente, las palabras del Predicador: *Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor el perfume del perfumista.*
No lejos de allí, en una callejuela que ascendía hacia Ofel, un hombre llamado Joab caminaba con paso decidido, aunque torpe. Era un hombre de izquierdas, literalmente. Su corazón, sus inclinaciones, todo en él parecía tender hacia ese lado, incluso su manera de razonar. Había sido nombrado, por favores familiares, supervisor de un pequeño almacén real. Todos los días, Joab tomaba decisiones. Y casi todas eran erróneas. Ordenaba sacar las ánforas más pesadas por el lado más débil del estante. Enviaba a los mensajeros por la ruta más larga y peligrosa. Sus subordinados, hombres prácticos y diestros, intercambiaban miradas de frustración y luego seguían, en silencio, sus propias intuiciones, arreglando en secreto los desatinos de su superior. *El corazón del sabio está a su derecha; mas el corazón del necio, a su izquierda*, pensaba a menudo el más viejo de los cargadores, mientras observaba a Joab dar una orden particularmente absurda. La insensatez, parecía, no necesitaba de grandiosos errores. Bastaba con una pequeña y constante inclinación hacia el despropósito.
El sol ascendía, y con él, los rumores. En la plaza principal, cerca de la casa de Joaquín, un hombre rico pero de carácter débil, se congregó un grupo. Joaquín había despedido a un capataz honrado por una disputa trivial. El capataz, herido en su dignidad, había comenzado a hablar. Y sus palabras, cargadas de razón y de agravio, encontraron eco. Primero fueron suscios, que dejaron sus herramientas. Luego, los albañiles. Para el mediodía, un grupo de hombres cruzaba los brazos frente a la casa en construcción de Joaquín. El hombre rico, desde una ventana alta, palidecía. Su riqueza, sus títulos, su posición, nada podían contra la fuerza quieta y unida de aquellos a quienes había menospreciado. *Si el espíritu del príncipe se exaltare contra ti, no dejes tu lugar; porque la lenidad hará cesar grandes ofensas.* Pero Joaquín no había sido leniente. Había sido arrogante. Y ahora cosechaba el viento que había sembrado. El Predicador lo había visto antes: *He visto siervos a caballo, y príncipes que andaban como siervos sobre la tierra.*
La tarde trajo un espectáculo más grotesco. Por la vía que llevaba a la casa del sumo sacerdote, avanzaba una comitiva. Al frente, sobre un asno enjaezado con borlas de colores, iba Semey, un joven miembro de una familia secundaria de la aristocracia. Había sido promovido recientemente a una posición de baja magistratura, y la novedad del poder se le había subido a la cabeza como un vino fuerte. Gesticulaba, daba órdenes banales, hacía detener la comitiva para ajustarse una sandalia. Detrás de él, a pie, con el rostro sudoroso y serio, caminaba un hombre mayor, de barba canosa y túnica sencilla pero de buena factura. Era Natán, un juez retirado, conocido por su sabiduría y su integridad. La gente que observaba desde las puertas y las ventanas murmuraba. No con desprecio hacia Natán, sino con una pena profunda. Ver al insensato enaltecido y al sabio humillado era un desgarro en el orden natural de las cosas. Era como ver un pozo de agua fresca cubierto de piedras, o una fuente rota. *Al insensato lo exaltan a gran altura, y los ricos se sientan en lugar bajo. He visto siervos a caballo, y príncipes que andaban como siervos sobre la tierra.* El espectáculo era tan claro que dolía en los ojos.
Mientras la comitiva pasaba, una mujer llamada Rebeca salió de su casa para arrojar agua sucia a la calle. No vio a un muchacho, un aprendiz de herrero, que pasaba corriendo con un hierro al rojo vivo sujeto con tenazas. El agua salpicó los pies del joven, y el susto le hizo soltar el hierro, que cayó sobre el pie descalzo de un perro callejero. El animal aulló y salió huyendo. La mujer gritó. El muchacho maldijo. Nada grave, pero sí un pequeño caos, un dolor innecesario. *El que abre una zanja caerá en ella; y el que rompe una pared, lo morderá una serpiente. El que mueve piedras, se lastimará con ellas; el que parte leña, en ello hay peligro.* Rebeca no había abierto una zanja, solo había arrojado agua. Pero la negligencia, la falta de mirada al entorno, tenía sus consecuencias, pequeñas y punzantes, esparcidas por la ciudad como cardos.
Al caer la tarde, Benasías, el perfumista, aún abatido por su pérdida, fue a buscar consuelo (y quizás un préstamo) a la casa de un amigo, Eleazar, que trabajaba en las fundiciones del Templo. Lo encontró en un cobertizo, afilando hachas. El trabajo era lento, sudoroso. Eleazar tenía frente a sí un hacha grande, de doble filo, pero el hierro estaba opaco, mellado. Él, sin embargo, forcejeaba con la piedra de afilar, pasándola una y otra vez con furia, pero con torpeza. No afilaba el filo; gastaba la piedra inútilmente. Su fuerza, considerable, se desperdiciaba porque no había aplicado primero la sabiduría: haber templado bien el hierro, haber usado la herramienta correcta.
—Con más fuerza no se consigue, Eleazar —dijo Benasías, observando—. Si el hierro está embotado, hay que poner más empeño en la preparación, no en el golpe.
Eleazar se detuvo, jadeante, y miró el hacha con desesperación. Tenía que cortar leña para el altar de los holocaustos al amanecer. El tiempo se le echaba encima. La sabiduría, la previsión, habían sido postergadas por la prisa. Ahora, la necesidad apremiaba y la herramienta fallaba. *Si se embotare el hierro, y su filo no fuere amolado, hay que añadir entonces más fuerza; pero la sabiduría es provechosa para dirigir.*
Benasías asintió para sus adentros. Todo el día había sido una lección del Predicador. Las pequeñas negligencias, las inclinaciones torpes del corazón, la arrogancia del poder, la inversión del orden, las consecuencias de los actos no meditados… y al final, la necesidad de la sabiduría no como un adorno, sino como el afilador necesario antes de emprender cualquier tarea. La ciudad, bajo el sol de Judea, era un gran escenario donde se representaban, en dramas cotidianos y silenciosos, las verdades eternas y amargas de aquel libro. La vida, parecía decir el día entero, era un oficio delicado. Y como el perfume de nardo, un solo descuido, una pequeña mosca de insensatez, podía echarlo todo a perder.



