El sol de la tarde, un disco de bronce implacable, comenzaba a inclinarse sobre el desierto, alargando las sombras de nuestras tiendas como dedos oscuros que acariciaran la arena. El aire, todavía cálido, traía ya un susurro de frescor lejano, una promesa de la noche que se avecinaba. Yo, Najmías, anciano ya para los caminos ásperos, me encontraba sentado a la entrada de mi tienda, observando a los muchachos jugar con unas piedras mientras mis manos, rugosas como corteza de acacia, trabajaban una correa de cuero.
Más allá, en el centro del campamento, se alzaba la Tienda del Encuentro, y alrededor de ella, un murmullo constante, el sonido de un pueblo que intenta aprender a respirar bajo una ley nueva. Hoy, las palabras de Moisés, transmitidas de Jehová, resonaban con un eco particular. No eran solo mandatos; eran los cimientos de una casa que aún no veíamos, los planos de una patria que solo existía en la promesa y en la obediencia.
Recordaba sus palabras, pronunciadas con esa voz grave que parecía salir de la misma roca del Horeb: “No admitirás falso rumor. No te concertarás con el impío para ser testigo fraudulento.” Miré a dos de mis vecinos, Efraín y Simeón, que discutían por los lindes de un pequeño terreno donde pensaban guardar sus escasas pertenencias. Antes, en Egipto, el más fuerte habría tomado lo del más débil sin pensarlo dos veces. Aquí, bajo este cielo abierto y esta nube de día que nos guiaba, la justicia debía tener otra medida. No se trataba solo de no robar; se trataba de no inclinarse, ni siquiera un poco, hacia la multitud para hacer mal. Mi corazón, viejo y a veces amargo, entendía la tentación. Es más fácil seguir la corriente, callar cuando el poderoso oprime. Pero la ley decía: “Al pobre no favorecerás en su pleito.” La justicia es una balanza, no una lanza. Es recta, o no es.
Un recuerdo me asaltó, vívido como el olor a pan sin levadura. Hace unos días, encontré el asno de Zabad, un hombre con el que mi familia tenía una rencilla antigua por un asunto de agua, extraviado y cargado, revolcándose en una zanja. La primera reacción de mi alma fue pasar de largo. Que se las arreglara. Pero entonces, como si la misma ley ya estuviera escrita en mí antes de ser pronunciada, una fuerza mayor que mi rencor me detuvo. “Si vieres el asno del que te aborrece caído debajo de su carga, le ayudarás a levantarlo.” No era un consejo; era un mandato que quebraba el ciclo del odio. Ayudé a Zabad. No hubo palabras de reconciliación, solo un asentimiento torpe, un gruñido de agradecimiento. Pero algo se había movido en la tierra árida de nuestro conflicto. Eso era la ley: no un yugo, sino un arado que abría surcos donde pudiera germinar algo distinto a la cizaña del desierto.
El ciclo de la tierra también estaba en las palabras. Seis años siembras, seis años cosechas, pero el séptimo… el séptimo año la tierra debía guardar reposo. Un sábado para el polvo y la piedra. Al principio, la idea nos pareció un desvarío. ¿Dejar de sembrar? ¿Confiar en que lo que brotara por sí solo, y lo que quedara de la cosecha anterior, nos sustentaría? Miré el pequeño manojo de espigas que mi nuera había guardado para la cena. La fe no era solo creer en la columna de fuego; era creer que la tierra, si la tratabas con respeto, con descanso, te devolvería el favor. Era un pacto con la creación, una confianza en que Jehová mandaría su bendición al sexto año para que diera fruto para tres. Era aprender a recibir, no solo a tomar.
Y luego estaban las fiestas. Tres veces al año todos los varones debían presentarse ante el Señor. La Fiesta de los Panes sin Levadura, que nos hacía recordar la prisa y la pureza de la salida; la Fiesta de la Siega, de los primeros frutos del sudor; y la Fiesta de la Cosecha, al final del año, cuando se recoge el esfuerzo. No serían solo rituales. Serían el ritmo de la vida, latidos comunitarios que nos unirían, que nos recordarían de dónde veníamos y hacia dónde íbamos. Imaginé a las multitudes subiendo, dejando atrás sus campos y sus rebaños, confiando en que nadie codiciaría su tierra vacía. “Porque yo echaré fuera las naciones de delante de ti, y ensancharé tu territorio; y nadie codiciará tu tierra, cuando subas para presentarte delante de Jehová tu Dios.” La obediencia creaba un espacio de seguridad. La fe se convertía en el muro más firme.
La voz de Moisés se había hecho más solemne al final. Habló del Ángel que iría delante de nosotros. No un ángel cualquiera, sino Aquel en quien está el Nombre de Jehová. “Guárdate delante de él, y oye su voz; no le seas rebelde.” No era una fuerza impersonal, era una Presencia con voluntad, que perdonaría nuestras transgresiones si le escuchábamos, pero que también podría convertirse en enemiga de nuestros enemigos si nos prostituíamos tras otros dioses. La tierra prometida no sería un regalo sin condiciones. Sería un matrimonio, un pacto de fidelidad. La leche y la miel tenían el sabor de la obediencia.
El sol se había ocultado ya, y el primer brillo de las estrellas punteaba el manto violeta del cielo. Desde mi lugar, veía las hogueras encenderse una a una, como luciérnagas doradas en la inmensidad oscura del desierto. El campamento respiraba con un ritmo más pausado. Los niños habían sido llamados a cenar. El ruido de las piedras había cesado.
Apreté la correa de cuero entre mis dedos. Estas leyes, estos estatutos aparentemente pequeños sobre asnos perdidos, sobre fiestas y años de reposo, no eran un simple código. Eran la textura de un pueblo nuevo. Eran la enseñanza de cómo vivir como hombres libres, no como esclavos; como vecinos, no como rivales; como administradores, no como saqueadores de la tierra que Jehová nos daría. Era un proyecto lento, paciente, como el crecimiento de un olivo. Y nosotros, un pueblo de dura cerviz, errante en un desierto de arena y de promesas, teníamos que aprenderlo todo desde el principio.
Suspiré, un suspiro que era mitad cansancio, mitad esperanza. La jornada había sido larga. Mañana seguiríamos caminando. Pero ahora, al menos, sabíamos un poco más sobre el tipo de gente que debíamos ser en el camino. No era solo llegar a Canaán. Era llegar siendo capaces de habitarla sin destruirla, y sin destruirnos los unos a los otros. La ley era el mapa de ese territorio interior, aún más vasto y desconocido que la tierra que fluye leche y miel. Y esa noche, bajo las frías estrellas del desierto, ese mapa empezaba, muy lentamente, a dibujarse en el corazón abierto y temeroso de un pueblo.




