El alba todavía no rayaba el horizonte cuando Elí ya sentía el peso del día en los hombros. El aire salobre de Jope entraba frío por la ventana abierta de la habitación, donde los rollos de los planos se amontonaban como troncos caídos. Había pasado la noche entera corrigiendo cálculos, tachando y volviendo a dibujar, con esa urgencia afilada que le quemaba el estómago. Su casa, o mejor dicho, la casa que estaba construyendo en la ladera con vista al mar, era una obsesión que no le concedía tregua. Cada piedra, cada viga de cedro, cada clavo de bronce era fruto de sus desvelos, de su sudor, de una ansiedad sorda que le hablaba al oído: *si no lo vigilas tú, se derrumbará*.
Su mujer, Lea, le había dejado un plato con higos y pan en la mesa, intacto. Ella dormía en la habitación de al lado, un sueño ligero y entrecortado por los sollozos del niño más pequeño. Elí pasó junto a la puerta sin hacer ruido. Pensó en los niños, tres varones que eran como un huracán de risas y necesidades desde que el sol salía hasta que se ponía. A veces, en medio de sus proyectos, sus caras se le aparecían como un recordatorio de algo que había postergado. Pero hoy no. Hoy era el día de asegurar el contrato con el mercader fenicio para la madera, de supervisar a los albañiles sidonios, de comprobar personalmente los cimientos que, en sus sueños, a veces se agrietaban.
Caminó por las calles empedradas y silenciosas. Jope empezaba a desperezarse; el primer horno de pan desprendía un aroma a salvado que se mezclaba con el olor a pescado seco y estiércol. Los vigilantes de la muralla, encorvados junto a las antorchas que chisporroteaban en la humedad, cambiaban la guardia con rostros de cansancio vacío. Elí los miró. Hombres que velaban por la ciudad, como él velaba por su casa. Pero una pregunta tan tenue como el hilo de humo de una lámpara de aceite se le encendió en la mente: ¿de qué servía tanta vigilia si el Señor no guardaba la ciudad? La desechó rápido. Era una blasfemia, o quizá solo una debilidad. Él no podía permitirse debilidades.
La jornada fue un torbellino de polvo, discusiones sobre precios, y el sol implacable golpeando la espalda. Los albañiles trabajaban con esa lentitud deliberada de quien no tiene nada propio en juego. Elí corrió de un lado a otro, su túnica empapada, la voz ronca de dar órdenes. Al mediodía, mientras los obreros descansaban a la sombra, él se quedó midiendo una y otra vez el vano de una puerta que no le cuadraba. Un dolor sordo le nacía en las sienes.
Fue entonces cuando llegó el tío Ananías. Viejo, encorvado como un olivo por el viento, se apoyaba en un bastón de madera de almendro. Nadie sabía bien de dónde salía; aparecía en los momentos menos pensados, como si siguiera un ritmo distinto al de los demás hombres.
—¿Construyes un palacio o una tumba, sobrino? —dijo con una voz que sonaba a piedras secas rozándose.
Elí se enderezó, irritado. —Construyo un legado, tío. Algo que dejar.
Ananías se acercó a los cimientos, puso una mano rugosa sobre la piedra angular, perfectamente tallada. La recorrió con los dedos, como si leyera en ella. —Bonita piedra. Muy derecha. ¿Sabes lo que dice el salmista? «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles».
Elí contuvo un suspiro. Las frases piadosas del tío siempre le parecían bienintencionadas, pero desconectadas del mundo real. —El Señor me dio dos manos y un cerebro, tío. Y me dijo que con el sudor de mi frente comería el pan. Esto —señaló la estructura incipiente— es mi sudor.
El viejo no discutió. Sus ojos, de un azul descolorido como el cielo al atardecer, miraron más allá de la obra, hacia el mar. —También dice: «Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigila la guardia». Te he visto pasar junto a los muros al alba. Caras pálidas, ojos hinchados. Velas por una ciudad que no es tuya, por una casa que todavía no tiene alma. Es un cansancio inútil, Elí. Como correr detrás del viento.
Se fue entonces, dejando las palabras suspendidas en el aire caliente como polvo en un rayo de sol. Elí quiso olvidarlas, pero tenían un peso extraño. Esa noche, volvió a casa con el cuerpo hecho trizas y el alma inquieta. La cena fue silenciosa. Lea le sirvió la sopa de lentejas. Los niños, bañados y con las túnicas limpias, reían por algo que Shama, el mayor, de siete años, contaba sobre un lagarto en el mercado. Elí los miraba sin verlos, repasando mentalmente la lista de materiales para el día siguiente.
De pronto, Itamar, el mediano, de cuatro años, se acercó y trepó a su regazo sin pedir permiso. Le puso entre las manos, manchadas aún de arcilla y cal, un pedazo de madera torpemente tallado. —Es un barco, abba. Como los de Tarsis.
Era un trozo de rama con un surco arañado en el centro y un trapo a modo de vela. Una cosa sin valor, tosca. Pero Elí, al tocarla, sintió la suavidad de la madera pulida por pequeñas manos, dedicación y tiempo regalado sin esperar nada a cambio. Levantó la vista y vio los ojos de Itamar, brillantes de esperanza. Vio a Shama imitando con gestos solemnes al escriba de la plaza. Vio al pequeño Jonás, que gateaba hacia él con una sonrisa que le faltaban dos dientes.
Y entonces, como si una cortina pesada se descorriera, recordó el final del salmo que el tío había citado a medias. Un verso que había escuchado de niño, en la sinagoga, y que había dejado olvidado en algún rincón de la memoria, bajo capas de planes y cálculos. «Herencia del Señor son los hijos; una recompensa, el fruto del vientre. Como flechas en las manos de un guerrero, así son los hijos de la juventud. ¡Dichoso el hombre que tiene lleno de ellos su aljaba!»
Un nudo le cerró la garganta. Había estado levantando muros de piedra mientras la verdadera herencia, la recompensa viva y respirable, crecía a su lado sin que él la viera. Había velado por ladrillos y vigas, y había descuidado las almas que el Señor, en su bondad inexplicable, había puesto en sus manos para guardar y guiar. Sus hijos no eran una distracción de su obra. Eran la obra. La única que perduraba, la que Dios mismo construía día a día en el misterio de sus risas, sus preguntas, sus lágrimas.
No hubo una revelación espectacular, ni una voz del cielo. Solo el peso cálido de Itamar en sus rodillas, el sabor de la sopa que de pronto supo a casa, y un cansancio distinto, profundo y pacífico, que le inundó los huesos. Era el cansancio de quien ha estado forcejeando inútilmente contra una corriente demasiado fuerte, y que de repente se entrega y descubre que el agua lo sostiene.
Al día siguiente, Elí no salió al alba. Durmió, un sueño profundo y sin sueños. Cuando el sol estuvo alto, fue a la obra y despidió a los capataces fenicios. Reunió a los albañiles y les dijo que la obra continuaría, pero solo en las mañanas. Las tardes serían para otra cosa.
Por la noche, después de la cena, en vez de encerrarse con sus rollos, se sentó en el suelo de la casa que ya habitaban, la pequeña, la de techo de madera y paredes encaladas. Tomó el barco de madera de Itamar y, con su propia navaja, empezó a ayudarle a tallar un mástil mejor. Shama se acercó con su tablilla de cera, preguntando por el significado de una palabra. Jonás se durmió en su regazo, apretando un puñado de su túnica.
Y Elí, por primera vez en muchos años, no pensó en los cimientos que podían agrietarse ni en los mercaderes que podían engañarle. Sintió, en la paz densa y cálida que llenaba la estancia, que alguien más velaba por la ciudad. Que Otro construía la casa. Y que su tarea, la verdadera, la dichosa, era simplemente estar allí, con las manos abiertas, recibiendo y acunando la herencia que gritaba, reía y soñaba a su alrededor. El alba del día siguiente llegaría, pero ya no le encontraría en vela. Le encontraría descansando, confiado, con el sonido de la respiración de sus hijos como el más fiel de los salmos.




