Biblia Sagrada

El Lamento Descalzo de Miqueas

El sol naciente sobre las colinas de Judá era, aquella mañana, del color de la herrumbre y de la ceniza. Una luz enfermiza se filtraba entre los olivares, alargando sombras torcidas como dedos acusadores. Miqueas, el de Mofaz, sintió el peso antes de oír la palabra. No era un llamamiento triunfal, sino un quebranto que se arraigaba en el hueso, un susurro que nacía de la tierra misma, de las piedras que pronto gritarían.

La palabra del Señor vino a él en días de Yotam, de Acaz y de Ezequías, reyes de Judá. No era un mensaje para un oído sino para toda la entraña. Lo que vio concernía a Samaria y a Jerusalén. Y no era una visión amable.

Se le presentó el Señor saliendo de su lugar. No como un rey en procesión, sino como una fuerza primigenia, un torrente que desciende por las laderas secas de los montes eternos. Los altos lugares, aquellos santuarios ilegítimos enclavados en las colinas, parecían fundirse bajo sus pies, como cera puesta al fuego. Los valles se hendían, se abrían como la boca del sepulcro ante su presencia. Era la majestad terrible, no del legislador, sino del juez que viene a inspeccionar la heredad y encuentra sólo podredumbre.

¿Por qué? La voz, ahora clara, cortaba el aire quieto de la mañana. “Por la rebelión de Jacob, por los pecados de la casa de Israel.” Samaria. La ciudad altiva, capital del reino del norte, edificada con el despojo y la injusticia. Sus ídolos, trabajados con el salario de rameras, volverían a ser salario de rameras. El Señor la desnudaría, haría de sus piedras labradas escombros en el barranco, y sus cimientos, cimientos de polvo. Miqueas podía casi oír el estruendo, ver el polvo levantarse en una nube opaca sobre la ciudad coronada de templos paganos. Todo ello sería arrasado, como se arranca de cuajo una viña y se lanzan sus piedras al cauce del torrente invernal.

Y él, Miqueas, debía clamar esto. No con la seguridad del que anuncia desde lejos, sino con el desgarro del que es parte de la carne enferma. Porque el juicio no se contenía en la frontera. Era como una llaga que corre, una inundación que no conoce diques. “Por esto,” dijo la voz, “haré llanto y lamentación en Mofaz… porque pasó hasta Judá, llegó hasta la puerta de mi pueblo, hasta Jerusalén.”

Entonces el profeta comenzó a andar, pero cada paso era una sentencia. Ya no era el heraldo, sino el doliente. Se descalzó, rasgó su manto, como quien va a enterrar a un padre. Su lamento no sería con palabras pulidas, sino con los nombres de las ciudades que caerían, un juego de sonidos amargos que era en sí mismo un presagio. No anunciaría, *gemiría*.

“En Gat no lo digáis,” pensaba, pero la aflicción no se puede contener. Y una a una, las ciudades de la llanura y de la Sefela fueron nombradas en su agonía. Bet-le-afra, ‘casa del polvo’, revolcada en el polvo. Safir, ‘la hermosa’, desnuda y llena de vergüenza. Zaánan, ‘la que sale’, no saldría; sus habitantes se quedarían encerrados en el duelo. Bet-esel, ‘la casa vecina’, le sería arrancado su apoyo. Maroth, ‘los azedos’, esperaba amargamente el bien, pero la calamidad bajaba del Señor hasta la misma puerta de Jerusalén.

Lacis, Laquis. Aquí la voz de Miqueas se quebró con un tono más áspero. Ella fue el principio del pecado para la hija de Sión, porque en ella se hallaron las transgresiones de Israel. Sus carros veloces, símbolo de su alianza impía con Egipto, sus fortalezas de piedra… todo sería arrasado. Por eso Mofaz daría dotes de despedida a Laquis, como a una hija que se va a una ruina matrimonial. La ciudad sería una llaga abierta.

Y luego, Maresa… hasta llegar a Adulam, la cueva donde antaño se refugió David, el rey según el corazón de Dios. Ahora sería el refugio de los nobles de Israel, huyendo, avergonzados, cavando en la tierra como animales para esconderse de la gloria que se había vuelto fuego consumidor.

Miqueas se detuvo, jadeante, al borde de su propia heredad. El sol estaba ya alto, pero no calentaba. La luz bañaba un paisaje silencioso, cargado de un futuro inmediato de humo y gritos. Su mensaje no ofrecía escapatoria en ese instante. Era un fiel diagnóstico de una gangrena mortal. La belleza de Judá estaba manchada, y la cura pasaría por el cauterio. Hizo una última anotación mental, un último lamento dirigido a los que habitaban en Sabéc: “Glória de Israel vendrá a Adulam.” La gloria se había marchado. Solo quedaba el refugio precario en las cuevas de la historia.

No había concluido con una promesa de restauración. Eso vendría después, en otro momento, bajo otro rayo de sol. Hoy sólo había un hombre con los pies desnudos y polvorientos, la garganta rasgada por un canto fúnebre, y los oídos aún resonando con el trueno de unos pasos divinos que hacían temblar la tierra. La palabra era cierta. Y el peso de anunciarla, de encarnarla aunque fuera por un día, era un yugo tan real como la piedra que se clavaba en su planta desnuda. Se inclinó, tomó un puñado del polvo de Mofaz, y lo dejó resbalar lentamente entre sus dedos. Era el polvo de Samaria. Era el polvo de Jerusalén. Todo era, ahora, polvo a la espera del viento del juicio.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *