Biblia Sagrada

El Agua para el Alma Sedienta

La sequía había cuarteado la tierra, y el polvo se elevaba en remolinos perezosos con cada paso de Asaf por el camino de tierra que llevaba al mercado. El calor era un manto pesado, y la sed, un recordatorio constante en su garganta. No era solo la falta de agua en el cántaro que llevaba vacío, sino una sequedad más honda, arraigada en el alma. Los negocios habían ido mal, las palabras con su esposa, escasas y ásperas, y una sensación de vacío, como el eco de un pozo seco, resonaba en su pecho. Gastaba sus pocas monedas en lo que no alimentaba, en vino turbio que solo empañaba la mente sin alegrar el corazón.

Sentado en un rincón de sombra, junto a un puesto de telas ajadas, un anciano cuyo nombre nadie recordaba ya leía en voz alta. No era un espectáculo; su voz era ronca, áspera como la corteza de un olivo viejo. Pero las palabras… las palabras eran distintas. Fluyeron entre el rumor del mercado como un hilo de agua fresca en un lecho pedregoso.

«¡Eh, todos los sedientos! ¡Vengan por agua! ¡Vengan, aunque no tengan dinero! Vengan, compren y coman; ¡vengan, compren vino y leche sin dinero y sin costo!»

Asaf alzó la vista. El anciano no miraba a nadie en particular, sus ojos parecían fijos en algo más allá de las polvorientas techumbres. La invitación era absurda en aquel lugar de trueques y cuentas. Pero golpeó a Asaf con una fuerza inesperada. *Sedientos*. Él lo era. *Sin dinero*. Él no tenía. Se quedó quieto, escuchando, mientras el sudor le corría por la sien.

«¿Por qué gastan dinero en lo que no es pan, y su salario en lo que no sacia?» continuó la voz, y Asaf sintió que le leían el pensamiento. Su bolsa vacía pesaba más que llena. «Escúchenme atentos, y coman lo bueno, y se deleitará su alma con manjares suculentos.»

El hombre describía después un pacto perpetuo, promesas a David ahora extendidas, algo sobre caminos y pensamientos que no eran los de ellos, que eran más altos, como los cielos sobre la tierra. Hablaba de la lluvia y la nieve que bajaban del cielo y no volvían sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado. Asaf miró la tierra cuarteada a sus pies y, por primera vez en mucho tiempo, imaginó el sonido de la lluvia golpeando el polvo, el aroma a tierra mojada, el verde tierno brotando con testaruda esperanza.

«Así será mi palabra que sale de mi boca —declaró la voz del anciano, ahora con una firmeza que no parecía humana—. No volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá con mis propósitos.»

La lectura terminó. El anciano cerró el rollo y se quedó en silencio. La gente siguió con sus quehaceres, indiferente. Pero algo en Asaf se había quebrado, o quizá, había comenzado a ablandarse. Se levantó, no hacia su casa vacía, sino hacia el pozo al borde de la aldea. No fue un movimiento triunfal, sino lento, cargado de una duda profunda. ¿Podía ser verdad? ¿Una invitación tan gratuita, para alguien como él, que había malgastado tanto?

Al llegar al pozo, encontró a una mujer joven sacando agua. Ella, al ver su rostro cansado, le ofreció el primer cántaro sin mediar palabra. Asaf lo tomó y bebió. El agua era fresca, terrosa, real. Se le antojó el sabor más dulce que cualquier vino. No era leche, no era un festín, pero por un instante, sació la sed de su garganta.

En el camino de regreso, ya con la luna asomando, no sentía una alegría desbordante. Sentía, más bien, una quietud nueva. Como si una semilla, llevada por el viento de aquellas palabras, hubiera caído en la tierra seca de su pecho. No veía brotes todavía. Solo la promesa humedeciendo la aridez. Recordó las últimas frases del anciano: «Saldrán con alegría y serán guiados en paz; los montes y las colinas prorrumpirán en gritos de júbilo delante de ustedes, y todos los árboles del campo batirán palmas.»

Miró los olivos silueteados contra el cielo crepuscular. Estaban quietos, inmóviles. Pero por un momento, en el susurro de la brisa vespertina que por fin traía un hilo de frescor, Asaf creyó entenderlo. No era que el mundo cambiara en un instante. Era que uno, al aceptar una invitación absurda a beber sin dinero, empezaba a escuchar una música distinta. Una música que tal vez siempre había estado ahí, ahogada por el ruido de sus propios esfuerzos estériles. Llegó a la puerta de su casa. Dentro, una lámpara brillaba débilmente. Respiró hondo, y por primera vez en mucho tiempo, la esperanza no le pareció una burla, sino algo tan tangible y próximo como el peso del cántaro lleno en su mano. La jornada había terminado. La semilla, sin que él viera cómo, había comenzado su trabajo callado.

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