El rumor llegó con el olor a brea y salitre, traído por los barcos que atracaban en los muelles de Sidón. Al principio, fue un susurro entre los capataces que supervisaban la descarga del cedro del Líbano, un gesto ceñudo en el rostro curtido de los viejos marineros que habían surcado todas las costas conocidas. Luego, el susurro se convirtió en un grito ahogado, y finalmente, en un lamento que ascendía desde el puerto hasta las blancas terrazas de la ciudad alta. Tiro, la hija de Sidón, la reina de los mares, había caído.
Desde mi atalaya, un pequeño huerto de higueras en las colinas que miran al Mediterráneo, veía la ciudad de Sidón agitarse como un hormiguero perturbado. Yo, un anciano que había visto naves de Tiro cargadas de estaño de Tartesos y de púrpura tan valiosa como el oro, sentí un frío que no provenía del viento del mar. Recordé las palabras de los profetas, esas sentencias que parecen talladas en el aire, esperando el momento de hacerse piedra y sangre. Y supe que ese momento había llegado.
Tiro no era una ciudad cualquiera. Era una idea, una potencia tallada en islas y reforzada con una soberbia humana que desafiaba al cielo. Sus comerciantes eran príncipes, sus mercaderes, los nobles de la tierra. Sus naves, esas elegantes y temibles galeras con velas teñidas con la púrpura por la que se mataba a miles de moluscos, eran los carruajes con los que recorría el mundo. Recorría, sí. Porque ahora todo era en pasado.
La noticia decía que Nabucodonosor, el rey de Babilonia, aquel imperio de ladrillos y barro surgido de las llanuras lejanas, había puesto sitio a la ciudad insular. Durante trece años, dicen, la asedió. Trece años en los que la orgullosa Tiro, segura tras sus murallas dobles bañadas por el mar, debió de reírse de los esfuerzos de un ejército de tierra. Pero la paciencia de los imperios es una cosa terrible y silenciosa. Al final, la espada cortó las rutas, el hambre entró a nado y la gloria se apagó. Las naves de Tarsis, esas que cruzaban el gran mar más allá de las Columnas de Hércules, se quedaron sin puerto madre. Los mercaderes de Sidón, que habían enriquecido a Tiro con sus viajes, se callaron. Se vistieron de saco y se escondieron en sus almacenes, avergonzados, porque su fuente de riqueza, su hermana altiva, yacía herida de muerte.
El profeta lo había visto antes. Lo había cantado con un tono fúnebre. “Aullad, naves de Tarsis, porque destruida es vuestra fortaleza.” Yo podía casi oír ese aullido en el viento, un sonido seco como el crujir de un mástil quebrado. La noticia se expandió por el mundo como una mancha de aceite en aguas tranquilas. Egipto, el gran reino del Nilo, se estremeció con la noticia. ¿Cómo no iba a hacerlo? Tiro era el puerto de todos, el nudo que unía los continentes. Sus remos habían hecho prosperar a faraones y a reyes por igual. Ahora, el silencio.
Me vino a la memoria la imagen de la ciudad, la visité una vez en mi juventud. No la isla fuerte, sino la Tiro continental, la llamada “ciudad vieja”, Ushu. Allí vivían los trabajadores, los tintoreros, los carpinteros de ribera. Desde la playa, mirando hacia la isla, era como contemplar un sueño hecho de piedra. Murallas inexpugnables, torres que se elevaban hacia el cielo, y el constante ir y venir de botes que unían ambas orillas, cargados de mercancías y de esa seguridad que da el poder. Ahora, esa seguridad era polvo. Los babilonios, pacientes como la erosión, debieron de arrasar Ushu primero, dejando a la isla como un diente roto en una boca vacía.
Y el duelo no tenía fronteras. ¿Quién no había comerciado con Tiro? Hasta los más lejanos. La gente de la costa, los pueblos del litoral, aquellos que habitaban en regiones ásperas y que dependían del gran puerto para vender su trigo o su aceite, se sintieron huérfanos. El profeta lo dijo con una imagen que me estrujó el corazón: “Callad, moradores de la costa, mercaderes de Sidón, que pasando el mar os abastecían.” Ese “callad” no era un silencio de paz, sino el silencio espeso del shock, de la incredulidad. Era el silencio que sigue al derrumbe de un mundo.
Dios había decidido humillar la soberbia. Él, que dispone los destinos de los reinos, había extendido su mano sobre el marfil y el cedro, sobre la púrpura y la plata. Tiro se había vuelto una prostituta, dice el canto, pero no en el sentido carnal, sino en el mercantil. Se había entregado a todos los reinos de la tierra por ganancia, olvidando que toda riqueza, todo poder, es un préstamo del Altísimo. Su sabiduría era la de la balanza y el contrato; su dios, el beneficio. Y cuando el hombre erige su torre demasiado alta, el cielo siempre responde.
La destrucción sería tan completa que Tiro sería olvidada. Setenta años, el tiempo de una vida humana, dijo la profecía. Setenta años en los que su lugar sería para los pastores y sus rebaños. Un puerto de ovejas, un muelle para cabras. La idea me resultaba a la vez terrible y poética. Donde atracaban las naves de Tarsis, beberían las ovejas. Donde se regateaba el precio del estaño, sólo se oiría el balido de un cordero. La gloria humana es hierba.
Pero la profecía, como suele ocurrir en los designios del Eterno, no terminaba en la ruina. Después de esos setenta años, Tiro volvería a su tráfico. Su canción volvería a ser entonada, pero ya no sería la canción de una reina, sino la de una sierva. Cantaría para el Señor, dice el texto. Sus ganancias no serían para engordar su orgullo, sino que serían consagradas. Sería como un rescate tardío, un eco de su antiguo esplendor puesto al servicio de algo mayor que ella.
Miré hacia el oeste, donde el sol comenzaba a teñir el mar del mismo color púrpura que Tiro había comercializado. Ya no había naves en el horizonte. Sólo la inmensidad vacía y el rumor de las olas, que ahora parecían llorar. Un ciclo se cerraba. Un imperio de comercio y arrogancia se hundía en las aguas del tiempo, cumpliendo una palabra pronunciada siglos atrás. Y en el silencio que dejaba, sólo quedaba la lección, amarga y clara como el agua de mar: que el corazón del hombre es vanidad, y que sólo la roca del cielo permanece. El resto, hasta la más poderosa de las ciudades, es arena movediza a la orilla del mar.




