Biblia Sagrada

La Sabiduría y la Necedad

La tierra de Judá, en los años en que el rey Ezequías ordenó recopilar los dichos de su padre Salomón, olía a polvo caliente y a hierbas aromáticas marchitas bajo el sol implacable. En una ladera pedregosa cerca de Betel, la casa de Elíab se alzaba, construida con piedras que su abuelo había extraído con sus propias manos. Elíab era un hombre de pocas palabras, pero las que pronunciaba, en la penumbra fresca de la casa o bajo la sombra del viejo terebinto, tenían el peso de la experiencia. Tenía dos hijos: Yedidiah, el mayor, de manos callosas y mirada serena, y Kepha, el menor, de risa fácil y ojos que buscaban siempre el atajo.

Aquel año, la lluvia tardía había sido mezquina. Los aljibes no estaban llenos y en los surcos de la tierra se veían ya grietas como venas secas. Yedidiah se levantaba cuando aún las estrellas titilaban en el cielo negro. Se oía, primero, el chirrido de la piedra de molino donde trituraba cebada para el día, un sonido rítmico y constante. Luego, el golpe seco del azadón al romper la tierra endurecida alrededor de los olivos. Trabajaba en silencio, como si cada movimiento fuera una oración. Su sudor no era un derroche, sino una ofrenda que caía sobre la tierra prometida.

Kepha, por su parte, salía cuando el sol ya estaba alto, lamentándose del calor. Su parcela, heredada de su madre, mostraba el abandono de quien confía en la casualidad. En lugar de cavar profundo para buscar la humedad residual, esparcía las semillas sobre la tierra dura, esperando un milagro que no llegaba. Sus horas las pasaba en la plaza, cerca del pozo, contando historias exageradas de supuestas ganancias en Damasco, rodeándose de ociosos cuyo corazón, como diría el proverbio, era de poco valor. «El que recoge en el verano es hombre prudente; el que duerme en el tiempo de la siega es hombre que causa vergüenza», murmuraba Elíab una tarde, viendo a Kepha reír con sus amigos mientras Yedidiah apilaba leña para el invierno.

La diferencia no era solo en los campos. En la mesa, Yedidiah bendecía el pan sencillo con sinceridad. Sus palabras, pocas, eran como bálsamo. Kepha, en cambio, hablaba sin cesar, prometiendo, fantaseando, sus labios destilando un veneno sutil de envidia hacia su hermano. «El hombre de bien comerá de los frutos de su boca, pero el deseo de los impíos será violencia», reflexionaba el anciano padre, recordando los dichos que circulaban entre los sabios. Veía cómo la lengua de Kepha sembraba cizaña: un comentario sobre la dote de la hija del alfarero, un rumor sobre el impuesto del recaudador. Palabras al aire que, sin embargo, como semillas de cardo, encontraban tierra fértil en oídos malintencionados.

Llegó el tiempo de la cosecha de la cebada. El campo de Yedidiah, aunque no exuberante, mostraba espigas llenas y doradas que se mecían con el viento del oeste. Kepha, forzado por la necesidad, fue a segar su parcela. Pero lo que encontró fue un crecimiento raquítico, espigas vacías que más bien parecían burla de la tierra. La hoz le pesó en la mano, no por el trabajo, sino por la amarga comprensión de su propia necedad. «La pobreza viene como corredor veloz a quien tiene la mano negligente», susurró para sí, y la frase no era suya, sino un eco de las enseñanzas de su padre que ahora le quemaba como tizón.

Un incidente reveló el corazón de cada uno. Un cordero de Yedidiah se extravió y fue encontrado por Kepha en un barranco, con una pata torcida. Kepha pensó, por un instante, en venderlo al carnicero de paso antes de que su hermano lo supiera. Un beneficio fácil, oculto. Pero algo en la mirada tranquila del animal, en la memoria lejana de su padre diciendo «La memoria del justo será bendita, mas el nombre de los impíos se pudrirá», le detuvo. Con un gesto áspero, casi de enfado contra sí mismo, llevó el cordero a su hermano. Yedidiah no lo felicitó por su honradez; simplemente asintió, le dio las gracias y cuidó del animal. La recompensa de Kepha no fue el elogio, sino una paz extraña y desconocida que le duró todo el día.

El invierno, crudo ese año, fue el juez final. En la casa de Elíab, el almacén de Yedidiah estaba provisto: grano, aceite, lentejas almacenadas con cuidado. El humo de su hogar olía a pan recién horneado y a caldo espeso. En la habitación de Kepha, el frío calaba. Había tenido que vender parte de su tierra a un comerciante astuto para comprar alimento. Sus palabras grandilocuentes se habían helado; ahora guardaba silencio, contemplando las brasas con una tristeza profunda. «El que confía en sus riquezas caerá, mas los justos reverdecerán como ramas», dijo Elíab una noche, sin mirar a nadie en particular, mientras arropaba con una manta a su hijo menor, cuyo temblor no era solo por el frío.

La historia no terminó con una transformación dramática de Kepha, ni con una recompensa espectacular para Yedidiah. La vida, como los proverbios, se cumplía en ciclos sutiles y cotidianos. Con los años, Yedidiah construyó una familia cuyo nombre era respetado en las puertas de la ciudad. No era rico según el estándar de los fenicios, pero su casa era refugio para el necesitado, y su palabra, una garantía. «La bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella», se podía ver en la sonrisa tranquila de su esposa, en la salud de sus hijos.

Kepha aprendió, lentamente, a manejar el azadón. Nunca tendría la sabiduría innata de su hermano, pero la disciplina le enseñó a domar su lengua y a valorar el sudor de su frente. A veces, en las bodas o en las fiestas de la cosecha, alguien mencionaba sus antiguas fanfarronadas y una sonrisa avergonzada cruzaba su rostro. Era un hombre que había entendido, en su carne, que «el que anda en integridad anda confiado; mas el que pervierte sus caminos será quebrantado».

Y así, en el ir y venir de las estaciones, en el crujir de la piedra de molino al amanecer y en el susurro del viento en los olivares, los proverbios del rey Salomón tomaban carne. No eran solo versículos grabados en rollos; eran el ritmo de la vida, la ley silenciosa que gobernaba la siembra y la cosecha, la palabra y el silencio, el sudor y el descanso. Yedidiah y Kepha, cada uno a su manera, eran el lienzo sobre el cual la sabiduría eterna pintaba, con pinceladas de polvo, sol y lluvia escasa, el rostro humano de la justicia y la necedad.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *