Biblia Sagrada

La Siembra de Abías

El sol de la mañana se filtraba entre los cipreses, largo y oblicuo, dibujando una geometría dorada y movediza sobre la tierra seca. Abías, sentado en un banco bajo de piedra a la entrada de su casa, observaba el polvo danzar en esos haces de luz. Tenía los nudillos anudados como raíces viejas sobre el bastón, y la mirada clara, de quien ha visto pasar muchas estaciones sobre las mismas colinas.

Un grupo de jóvenes pasó rumbo a los campos, las hoces al hombro, riendo por algo que Abías no alcanzó a oír. Uno de ellos, el más alto, le saludó con un gesto breve de la cabeza. Abías asintió, y una sombra de sonrisa se le escapó. Recordó cuando su propio brazo era fuerte para segar, cuando la incertidumbre del día siguiente era un estímulo, no un peso.

Más tarde, mientras el calor comenzaba a apretar, se levantó con un quejido sordo de la madera y los huesos. Caminó lentamente hacia el aljibe. El agua, oscura y fría, reflejaba un pedazo de cielo y su propio rostro surcado. “Echa tu pan sobre las aguas,” musitó para sí, la voz áspera por el desuso matinal. No era un proverbio, era el eco de una verdad antigua que le rondaba desde hacía días. Lo había oído de boca de su abuelo, a la luz de un fuego similar.

No pensó en pan de harina, sino en la semilla de cebada que guardaba en un saco de lona. La sequía había sido cruel ese año, y la lógica dictaba guardar, atesorar, esperar una señal clara. Pero una urgencia tranquila, una terquedad nacida de la fe, le empujaba a lo contrario. Tomó un puñado. Los granos, duros y amarillentos, se le escurrían entre los dedos. Caminó hasta el pequeño bancal que miraba al valle. La tierra estaba dura, agrietada. Con esfuerzo, abrió surcos superficiales y fue dejando caer la semilla, una a una, como si contara monedas de un tesoro dudoso. No sabía si llovería al norte o al sur, si el viento traería la tormenta o se la llevaría. Sembraba hacia los cuatro vientos, a ciegas, confiando en que algo, en algún sitio, prendería. Era un acto de rebeldía contra el cálculo estéril.

Por la tarde, las nubes comenzaron a agolparse sobre el monte, enormes y panzudas, de un gris violáceo. El viento se levantó de repente, agitando los olivos con un sonido de mar lejano. Abías observó desde el umbral. “Como tú no sabes cuál es el camino del viento,” pensó, “ni cómo se forman los huesos en el vientre de la madre.” La comparación le sobrevino con una fuerza extraña. El misterio de la vida, de la creación, era tan impenetrable como la dirección de aquella ráfaga que ahora le azotaba la túnica. No se podía domesticar. Sólo se podía habitar con humildad.

Un trueno rodó por el cielo, largo y cavernoso. Y entonces cayó. No fue un aguacero, fue una cortina de agua densa y fría que en minutos convirtió el polvo en barro y llenó el aire de un olor a tierra mojada y hierba revivida. Abías permaneció allí, empapándose, viendo cómo el agua corría por sus surcos recién hechos, llevándose la semilla, enterrándola en algún lugar impredecible. No sintió temor, sino una paz extraña. Había hecho su parte. El resto no era suyo.

Los días siguientes fueron de un sol limpio y reparador. Abías no fue a buscar sus brotes. Sabía que si lo hacía, sería por ansiedad, no por fe. En cambio, se dedicó a remendar un viejo odre, a charlar con los vecinos, a sentarse en la plaza al atardecer. La vida era corta y dulce-amarga, y la luz era para disfrutarla. “Alégrate, joven, en tu juventud,” recordaba el texto, y aunque su juventud era un eco lejano, encontraba gozo en la calidez del sol sobre su espalda encorvada, en el sabor del vino áspero, en el simple milagro de respirar. Los años malos llegarían, sí, muchos y sin gusto. Por eso hoy, este día incierto y perfecto, era un don. No había que escatimar el bien, ni retener el brazo de la generosidad, porque el mismo Creador que escondía el camino del viento también sostenía el ciclo de la siembra y la siega, en su tiempo, no en el nuestro.

Una semana después, el muchacho alto que le había saludado vino a su casa. Traía en las manos un haz pequeño de brotes verdes, tiernos, de cebada. Los había encontrado en un recodo del barranco, donde el agua de la tormenta había depositado la tierra más fértil. “Pensé que estos eran suyos, anciano,” dijo, con una curiosidad franca en los ojos. “Nunca había visto brotar así, tan lejos del campo.”

Abías tomó los brotes. Eran ligeros y frágiles, pero llenos de una fuerza verde y obstinada. No eran una cosecha, apenas una promesa. Pero eran la respuesta callada de las aguas. Sonrió, de verdad esta vez, y su sonrisa tenía todas las arrugas de su rostro.

“Toma,” le dijo al joven, ofreciéndole de vuelta parte del haz. “Siembra tú también. De mañana, y de tarde. No guardes tu semilla para el momento perfecto, porque no lo conocerás. Y disfruta del camino. La siega… la siega llegará. Y también el invierno.”

El joven lo miró, sin comprender del todo, pero algo en la calma del anciano, en la firmeza serena de sus palabras, se le quedó grabado. Se fue con los brotes en la mano, mirando hacia el sendero que bajaba al valle, donde la luz de la tarde doraba ya las piedras.

Abías volvió a sentarse en su banco de piedra. El sol caía, y las sombras de los cipreses se alargaban hasta hacerse infinitas. No había resuelto el misterio. Sólo había vivido dentro de él. Y en esa entrega activa, en ese sembrar a ciegas y celebrar la luz, había encontrado, no una respuesta, sino un lugar donde estar en paz con las preguntas. El viento, otra vez, movía las hojas con un susurro. Y él permanecía allí, quieto, conteniendo multitudes.

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