Biblia Sagrada

El Peso de la Majestad Divina

El alba llegó sin colores sobre el desierto. Un gris plomizo se aferraba a la llanura, como si la luz tuviera miedo de tocar la tierra. Yo, Job, sentado sobre el montón de cenizas, la sentí llegar. No como un consuelo, sino como un testigo más de este juicio sin juez. Los dolores de mi cuerpo eran un fuego sordo, un recordatorio constante, pero era la pesadumbre en el pecho lo que no me dejaba respirar.

Mis amigos habían hablado. Bildad, con su boca llena de certezas, había esgrimido la justicia de Dios como un garrote. “Si tú fueras puro y recto”, dijo, “Dios velaría por ti”. Sus palabras resonaban en mi silencio, vacías como cáscaras. ¿Cómo responder a eso? ¿Cómo explicar este nudo de injusticia que me atenaza?

Miré mis manos, cubiertas de costras y tierra. Y abrí los labios, pero no para contestarle a Bildad, sino para dirigirme al vacío, al aire que vibra con una Presencia que no se deja ver.

—Cierto es —dije, y mi voz sonó ronca, desentrenada—. Lo sé muy bien. ¿Cómo podría un hombre declararse justo ante Dios? ¿Cómo contender con él, dando respuesta a una de cada mil preguntas suyas?

De pronto, como si una compuerta se rompiera en mi interior, las imágenes brotaron, no como un discurso ordenado, sino como los fragmentos rotos de un espejo que refleja un sol cegador.

Él es el que mueve las montañas sin que nadie lo note. Las hace temblar en su furor, y ellas se derrumban. Imagina eso. No con terremotos que anuncian, sino con un susurro de su voluntad. La tierra se estremece en sus cimientos y sus columnas tiemblan. Él ordena al sol, y no sale; sella las estrellas con un sello que nadie puede quebrar. ¿Ves esas constelaciones que los caldeos nombran? Él solo extiende los cielos, él solo pisa las espaldas del Leviatán del mar, de ese monstruo del caos que los poetas llaman Rahab. Y lo pisa como a un cachorro.

Y yo, ¿qué soy? Un soplo. Un parpadeo.

Si pasara junto a mí, no lo vería. Si se deslizara delante de mis ojos, no lo percibiría. Si arrebata, ¿quién le hará restituir? ¿Quién le dirá: “¿Qué haces”?

No puedo detenerlo. Ni siquiera puedo hacerle una pregunta. Aunque tuviera razón, aunque mi causa fuera justa, no podría responderle. Tendría que suplicar misericordia a mi propio juez. Aunque lo llamara y él me contestara, no creo que me diera oídos. Me quebrantaría con una tempestad y multiplicaría mis heridas sin causa.

No me concede aliento. Me harta de amarguras. Si se trata de fuerza, ¡he aquí que él es el fuerte! Si se trata de juicio, ¿quién lo emplazará?

Aunque fuera yo justo, mi propia boca me condenaría. Aunque fuera perfecto, ella me declararía perverso. ¡Pero si soy perfecto, ni aun así me estimo! Desprecio mi propia vida. Da lo mismo. El íntegro y el impío, él los consume a ambos.

Si un azote mata de repente, él se ríe de la prueba de los inocentes. La tierra es entregada en manos de los impíos. Él cubre el rostro de sus jueces. Si no es él, ¿quién es? ¿Quién si no?

Mis días son más veloces que un corredor. Huyen sin ver nada bueno. Se deslizan como barcas de papiro, como águila que se lanza sobre la presa. Si digo: “Olvidaré mi queja, cambiaré mi semblante y me alegraré”, me espanto de todos mis dolores. Sé que no me tendrás por inocente. Seré condenado. ¿Para qué, entonces, fatigar mi alma en vano?

Aunque me lave con agua de nieve, y limpie mis manos con lejía, aun así me hundirás en el foso, y mis propios vestidos me abominarán.

Porque él no es un hombre como yo, para que le conteste, para que vayamos juntos a juicio. No hay entre nosotros árbitro que ponga su mano sobre los dos, que aparte de mí su vara, y su terror no me espante.

Entonces hablaré sin temor a él; pero tal como estoy ahora, no puedo. Estoy solo.

El último suspiro de mis palabras se perdió en el viento seco que levantaba un remolino de ceniza. La luz gris había dado paso a un sol despiadado que blanqueaba los huesos de la tierra. No había respuesta. Solo el silencio inmenso, el espacio abismal entre el Creador y la criatura. No era una oración, ni una acusación. Era el mapa de una desolación. La constatación de un poder tan absoluto que anula toda noción humana de justicia. Y en medio de ese paisaje desolado, yo, un hombre roto, sin defensa, sin mediador, sintiendo en la piel quemada el peso insondable de una majestad que, al mismo tiempo que aterra, es la única verdad del universo.

Me recosté sobre la ceniza, exhausto. La mente, por un momento, en blanco. El discurso había sido un intento desesperado de trazar los límites de mi prisión. Solo había logrado mostrar que sus muros eran el mismo firmamento, y su techo, la voluntad inescrutable de Aquel que mueve montañas con un pensamiento. Y allí, en esa celda infinita, me quedé. Esperando. Sin saber ya si lo que esperaba era una sentencia o una gracia. O si acaso, para Dios, ambas cosas eran la misma.

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