Biblia Sagrada

El hilo escarlata de Jericó

El sol de la tarde, un disco de bronce gastado, se aferraba al cielo sobre Jericó, pero no lograba calentar el miedo que se respiraba en las calles. Era un miedo viejo, fermentado durante años, que ahora olía a tierra reseca y a sudor frío. En la ciudad, encajonada tras sus murallas que parecían raíces de piedra de una montaña antigua, los rumores volaban más rápido que los buitres sobre el valle del Jordán. Se hablaba de un pueblo nómada, de un Dios que partía mares y derribaba gigantes, que ahora acampaba en Shitim, al otro lado del río. Una amenaza abstracta, hasta que dos sombras extrañas empezaron a moverse por el zoco con la mirada demasiado alerta, midiendo ángulos, contando puertas.

Rahab lo supo en el instante en que cruzaron el umbral de su casa, apoyada en el muro exterior de la fortificación. No era la casa de una mujer honorable, y ella no pretendía serlo. La suya era una vivienda de paredes gruesas, un lugar de encuentros fugaces y conversaciones olvidadas al alba, pero también, y esto pocos lo sabían, un refugio excelente para escuchar. Los dos hombres tenían el polvo del desierto en los pies y la tensión en los hombros, una tensión que no era la de los mercaderes cansados. Les ofreció vino, y mientras llenaba la copa de barro, uno de ellos clavó los ojos en ella, no con lujuria, sino con una evaluación fría y urgente. No dijeron sus nombres. Ella tampoco los pidió.

El ruido llegó de la calle como un rodar de piedras sueltas: voces ásperas, el golpe seco de una lanza contra el adoquín. La autoridad del rey. Rahab no se inmutó. Con un gesto que había perfeccionado en años de esconder secretos y pasiones, tomó del brazo a los dos hombres y los condujo, no a la habitación interior, sino a la azotea plana, donde tendía el lino al sol. Allí, entre montones de tallos de lino secándose al último calor del día, los empujó hacia un rincón y los cubrió apresuradamente con las cañas, que despedían un olor terroso y amable. No intercambiaron palabras. Uno de los espías, el más joven, contuvo la respiración cuando una caña le rozó la cara.

Los golpes en la puerta eran impersonales, militares. Rahab se tomó un momento, se ajustó el chal sobre los hombros, respiró hondo el aire cargado de miedo de la ciudad. Al abrir, se encontró con la mirada impaciente de un oficial de la guardia, con el yelmo de bronce empañado.
—Trae a los hombres que llegaron a tu casa esta noche —dijo, sin preámbulos—. Son espías que han venido a explorar toda la tierra.
Ella sostuvo su mirada. Una sonrisa oblicua, profesional, se dibujó en sus labios.
—Es cierto, unos hombres vinieron a mí, pero yo no supe de dónde eran. Al caer la tarde, cuando estaba por cerrarse la puerta de la ciudad, se marcharon. No sé adónde han ido. Apresuraos a seguirlos, porque los podréis alcanzar.
Su voz sonó convincente, tintineante como una moneda falsa pero aceptada en la oscuridad. El oficial dudó un instante, sus ojos escudriñaron la estancia tras ella, pobremente iluminada por una lámpara de aceite. Pero la pista era caliente, y la urgencia de la caza pesó más que la sospecha. Con un gruñido, dio media vuelta y arengó a sus hombres. El tropel de pasos se alejó, corriendo hacia la puerta de la ciudad y la oscuridad que se tragaba el camino hacia el Jordán.

Cuando el silencio volvió, cargado ahora con el peso de su traición, Rahab subió de nuevo a la azotea. La noche había caído de golpe, como una manta pesada. Un viento fresco bajaba de las colinas. Apartó las cañas. Los dos hombres salieron, desconcertados, cubiertos de polvo y fibras.
—Sé que el Señor os ha dado esta tierra —dijo ella, y las palabras le brotaron de un lugar profundo, no ensayado—. Un terror pánico se ha apoderado de nosotros. Todos los habitantes del país desfallecen ante vosotros. Porque hemos oído cómo el Señor secó las aguas del Mar de los Juncos frente a vosotros cuando salisteis de Egipto, y lo que hicisteis a los dos reyes amorreos al otro lado del Jordán, a Sehón y a Og, a los que destruisteis por completo. Al oírlo, ha desfallecido nuestro corazón; no queda ánimo en hombre alguno ante vosotros. Porque el Señor, vuestro Dios, es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra.

Su confesión flotó en la noche, un acto de fe tan improbable como una flor en la grieta de un muro de piedra. Les rogó entonces misericordia por la misericordia que ella había mostrado. Les hizo jurar por el Dios de ellos, ese Dios que ella apenas empezaba a nombrar, que salvarían a su padre, a su madre, a sus hermanos y a todos los suyos. Los espías, conmovidos y asombrados por la fe cruda de aquella mujer, juraron. Su vida por la de ellos. Pero había una condición.
—Atad este cordón de hilo escarlata a la ventana por la cual nos descolguéis —dijo el mayor, señalando la ventana que daba al exterior del muro—. Y reunid a vuestro padre, a vuestra madre, a vuestros hermanos y a toda la familia de vuestro padre en vuestra casa. Quien salga de las puertas de vuestra casa, su sangre será sobre su propia cabeza; nosotros estaremos libres del juramento. Pero si se hace daño a quien esté en casa con vosotros, su sangre caerá sobre nuestra cabeza.

Ella asintió. El escarlata. Un color de prostíbulo, de vida al margen, que ahora sería señal de pacto, de esperanza. Bajó una cuerda gruesa, hecha de pitas retorcidas, por la misma ventana. La muralla era áspera y fría bajo sus manos. Los espías, ágiles como sombras, se descolgaron hacia la oscuridad del exterior, hacia la hondonada donde el muro se fundía con la roca. Les dijo que se fueran a la montaña, que se escondieran tres días hasta que volvieran los perseguidores, exhaustos y vacíos. Ellos asintieron y se perdieron en la negrura.

Rahab se quedó en la azotea, mirando el cordón escarlata que ahora colgaba, insignificante, de su ventana. Un trozo de hilo teñido con cochinilla, el lujo barato de una mujer de mala vida. Pero para ella, en ese momento, brillaba con una luz más tenaz que la de todas las estrellas que empezaban a puntear el firmamento. Abajo, la ciudad de Jericó dormía un sueño intranquilo, acunada por el rumor del viento y por un miedo que no sabía que ya tenía los días contados. Ella, la extranjera en su propia ciudad, la que vivía en el límite físico y moral, había encontrado, en la grieta de su propio deshonor, un refugio inesperado. Y ató el hijo escarlata, con manos que no temblaban, a la madera de su ventana, sellando un pacto en la noche, mientras el destino de la ciudad, y el suyo propio, pendían de un frágil hilo de color sangre.

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