Biblia Sagrada

La Grandeza del Perdón y la Humildad

El calor de la tarde empezaba a ceder, dejando una estela polvorienta y dorada sobre el camino que subía hacia Cafarnaúm. Jesús caminaba con ese paso firme y constante que conocían bien, pero llevaba en los hombros una quietud distinta, como si el peso de lo no dicho ya se hiciera presente. Los discípulos venían detrás, en pequeños grupos, hablando en voces bajas. El asunto había surgido de pronto, como una chispa en hierba seca, mientras descansaban a la sombra de una higuera.

Se había tratado, como tantas otras veces, de la grandeza. De quién ocuparía el primer puesto, de quién sería considerado más importante en aquel reino del que Jesús hablaba con tanta certeza y, a la vez, con tanta misteriosa paciencia. Santiago y Juan habían intercambiado una mirada cargada de ambición no confesada; Pedro, con su ímpetu habitual, había esbozado un argumento sobre la antigüedad en el seguimiento. Era un debate estéril, envenenado de sí mismo, y había dejado un regusto amargo en el aire.

Al llegar a la casa, una vivienda humilde de piedra con un patio interior, Jesús se sentó en un poyo bajo. No hizo mención inmediata de la discusión. En cambio, miró a su alrededor, y su mirada se posó en un niño. No era un niño especial, solo el hijo del dueño de la casa, que observaba curiosamente a los recién llegados desde el umbral, con los dedos manchados de jugo de granada. Con una naturalidad que desarmó a todos, Jesús lo llamó. El pequeño vaciló un instante, pero una sonrisa franca en el rostro del maestro lo animó a cruzar el patio.

Jesús lo puso en medio de ellos, en el círculo que habían formado los hombres, aún impregnado de la tensión de la disputa. La mano callosa del carpintero reposó sobre los hombros del niño. El contraste era poderoso: la robustez del hombre contra la fragilidad de los huesos pequeños, la autoridad serena frente a la dependencia absoluta.

—Les aseguro —dijo Jesús, y su voz no era áspera, sino grave y clara como el agua de un pozo profundo— que si no cambian y se vuelven como este niño, no entrarán en el reino de los cielos.

Hubo un silencio. No era la respuesta que esperaban. No hablaba de rangos ni de estrategias, sino de un giro total, un volverse a algo que parecían haber dejado atrás hacía mucho: la confianza sin cálculo, la recepción sin mérito. El niño, sintiendo todas las miradas sobre él, se apretó contra la pierna de Jesús.

—El que se haga pequeño como este niño —continuó—, ese es el más grande en el reino.

Luego, bajando aún más la voz, como si compartiera un secreto de una importancia devastadora, añadió:

—Y el que recibe a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe. Pero al que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo hundieran en lo más profundo del mar.

Una imagen brutal, concreta, sacudió el ambiente plácido del patio. La piedra de molino, la que giraba pesadamente movida por un asno, atada al cuello. El mar de Galilea, oscuro e insondable en sus abismos. No era una metáfora educada. Era una advertencia tallada en piedra y sal. El escándalo, el hacer caer a otro, no era una falta leve. Era un crimen contra la misma entraña del reino.

La conversación derivó entonces, guiada por su lógica interna, hacia las ocasiones de caída. Jesús habló de la mano, del pie, del ojo que podrían hacer tropezar. Sus palabras tenían el filo de la radicalidad: era mejor entrar mutilado en la vida que, siendo completo, ser arrojado al fuego eterno. No legislaba sobre amputaciones, por supuesto; hablaba del despojo violento, urgente, de aquello que, aun siendo parte de uno, se había convertido en un lazo mortal. Sus oyentes se tocaron instintivamente las manos, parpadearon. La metáfora era dolorosamente vívida.

Luego, como su mente abarcaba todos los ángulos de una misma verdad, Jesús cambió el registro. Su rostro se suavizó. Preguntó:

—¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le extravía una, ¿no deja las noventa y nueve en las colinas para ir en busca de la descarriada?

Pedro, pescador y conocedor de la terquedad de los animales, asintió casi sin pensar. Cualquiera con un ápice de sentido lo haría.

—Y si logra encontrarla —prosiguió Jesús, y en sus ojos apareció un destello de gozo anticipado—, les aseguro que se alegrará más por esa sola oveja que por las noventa y nueve que no se extraviaron.

Hizo una pausa, dejando que la imagen del pastor, sudoroso y aliviado, cargando sobre sus hombros al animal recuperado, se instalara en sus mentes.

—De la misma manera —concluyó, y su voz recuperó toda su autoridad—, el Padre de ustedes que está en el cielo no quiere que se pierda ninguno de estos pequeños.

La tarde avanzaba. El niño ya se había marchado a jugar. Pero la lección no estaba completa. Pedro, siempre impulsivo, sintió que debía llevar el asunto a un terreno práctico, medible. Se acercó.

—Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete veces?

Parecía un número generoso, más allá de la justicia estricta de la ley rabínica que hablaba de tres. Pedro debió sentirse magnánimo al proponerlo. La respuesta lo dejó sin aliento.

—No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

No era una matemática para llevar la cuenta. Era la destrucción de toda contabilidad. El perdón dejaba de ser un acto jurídico para convertirse en un respirar constante, en la atmósfera misma del reino. Y para que no quedara duda, Jesús les contó una historia.

Había un rey, dijo, que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Trajeron ante él a uno que le debía una cifra astronómica: diez mil talentos. Una fortuna imposible de acumular en varias vidas. La deuda era tan colosal que solo podía ser mencionada para provocar estupor. El hombre, naturalmente, no tenía con qué pagar. El rey, en un primer arranque de justicia, ordenó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todo lo que tenía para saldar la deuda. El siervo se postró entonces, la frente en el polvo, y suplicó con la desesperación del condenado: “Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.” Y aquí, lo inesperado. El señor, conmovido –quizás cansado de la crudeza de los números, o recordando su propia fragilidad–, no solo le concedió tiempo. Lo soltó. Y le perdonó la deuda. Toda. Los diez mil talentos se esfumaron como humo.

El hombre salió, y la narración de Jesús tomó un tono sombrío. Ese mismo siervo, recién absuelto de una deuda impagable, encontró a un compañero suyo que le debía cien denarios. Una suma insignificante comparada con lo que a él le habían perdonado. Lo agarró por el cuello, casi ahogándolo, y le exigió con ferocidad: “¡Págame lo que me debes!” El otro, en idéntico gesto de súplica, se arrojó a sus pies y pronunció las mismas palabras: “Ten paciencia conemigo, y yo te lo pagaré.” Pero no hubo conmiseración. Solo la fría dureza de la ley exacta. Lo mandó a la cárcel hasta que pagara el último céntimo.

Los otros siervos, testigos de la escena, se contristaron profundamente. No era solo una injusticia; era una obscenidad moral, una ruptura de la lógica más elemental de la gracia recibida. Fueron y contaron todo a su señor.

El final de la historia cayó sobre los discípulos como un mazo. El rey llamó al siervo despiadado. “¡Siervo malvado!”, le dijo. “Toda aquella deuda te perdoné porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti?” Y, encendido en ira, lo entregó a los carceleros para que lo torturaran hasta que pagara todo lo debido.

Jesús miró a cada uno de ellos, y su voz resonó en el patio silencioso, donde ya empezaba a refrescar.

—Así también mi Padre celestial los tratará a ustedes, si no perdonan de corazón cada uno a su hermano.

No añadió nada más. Se levantó y entró en la casa. Los discípulos se quedaron fuera, sumidos en un silencio distinto al del camino. Ya no había lugar para discutir sobre la grandeza. La pregunta ahora, la única que verdaderamente importaba, resonaba en el interior de cada uno, inquietante y profunda: ¿Habían entendido, de verdad, el peso abrumador de la deuda perdonada? Y, sabiéndose librados de la piedra de molino y del abismo, ¿serían capaces de soltar el cuello del hermano? El crepúsculo teñía de púrpura el cielo sobre Cafarnaúm, y en el aire quedaba flotando, como una presencia tangible, la exigencia desgarradora y hermosa del perdón sin medida.

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