Biblia Sagrada

El sembrador y los misterios de la vida: Fe y generosidad en acción

**El sembrador y los misterios de la vida**

Había una vez, en una tierra fértil y bendecida por el sol, un hombre llamado Eliab. Era un agricultor sabio y trabajador, conocido en su aldea por su profunda comprensión de la vida y su fe inquebrantable en Dios. Un día, mientras caminaba por sus campos, reflexionaba sobre las palabras del libro de Eclesiastés, capítulo 11, que decían: *»Echa tu pan sobre las aguas, porque después de muchos días lo hallarás. Reparte a siete, y aun a ocho, porque no sabes qué mal habrá sobre la tierra.»* Estas palabras resonaban en su corazón, y decidió ponerlas en práctica.

Eliab tenía un campo extenso, con tierra rica y abundante. Sin embargo, ese año, las lluvias habían sido escasas, y el río que solía regar sus cultivos estaba casi seco. A pesar de esto, Eliab no se desanimó. Recordó las palabras del sabio: *»Si las nubes están llenas de agua, la derramarán sobre la tierra; y si el árbol cae hacia el sur o hacia el norte, en el lugar donde el árbol caiga, allí quedará.»* Sabía que Dios tenía el control de todas las cosas, incluso de las que él no podía entender.

Con fe, Eliab tomó una parte de su cosecha y la llevó al río. Aunque parecía una locura, él confiaba en que Dios honraría su obediencia. Con cuidado, arrojó el grano sobre las aguas, sabiendo que no podía predecir cómo ni cuándo, pero creyendo que, en el tiempo de Dios, vería el fruto de su labor. Mientras lo hacía, oró: *»Señor, tú conoces los misterios del cielo y de la tierra. Te entrego lo que tengo, confiando en que tú harás que brote vida donde parece que no hay esperanza.»*

Los días pasaron, y Eliab continuó trabajando en su campo. Sembró semillas en tierra seca, regó con el poco agua que tenía y cuidó cada planta con esmero. Aunque no veía resultados inmediatos, no se desanimó. Sabía que, como decía Eclesiastés, *»el que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará.»* No podía dejar que el miedo al fracaso lo paralizara. Debía seguir adelante, confiando en que Dios bendeciría su esfuerzo.

Un día, mientras caminaba por el campo, notó algo sorprendente. En el lugar donde había arrojado el grano al río, brotaban pequeños brotes verdes. El agua, que antes parecía estancada, había llevado las semillas a un terreno fértil, donde ahora crecían con vigor. Eliab sonrió, recordando las palabras de Eclesiastés: *»Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si lo uno y lo otro es igualmente bueno.»* Dios había multiplicado su esfuerzo de una manera que él nunca hubiera imaginado.

Pero la historia no terminó ahí. Eliab decidió compartir su cosecha con los necesitados. Repartió grano a siete familias de su aldea que estaban pasando dificultades, y luego, recordando el consejo de Eclesiastés, añadió una octava familia. *»No sabes qué mal habrá sobre la tierra,»* pensó. Quería estar preparado para cualquier circunstancia, confiando en que Dios proveería.

Con el tiempo, las familias que recibieron su ayuda prosperaron. Una de ellas, agradecida por la generosidad de Eliab, le devolvió el doble de lo que había recibido. Otra le ofreció su ayuda en el campo, y juntos lograron una cosecha abundante. Eliab comprendió que, al dar sin esperar nada a cambio, había recibido mucho más de lo que había dado. *»El que da al pobre, presta a Dios,»* recordó, y su corazón se llenó de gratitud.

Un año después, la aldea enfrentó una gran sequía. Muchos perdieron sus cosechas, pero Eliab, gracias a la abundancia que Dios le había dado, pudo ayudar a todos los que lo necesitaban. Su fe se fortaleció al ver cómo las palabras de Eclesiastés se cumplían en su vida: *»En la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si lo uno y lo otro es igualmente bueno.»*

Eliab aprendió que la vida está llena de misterios que solo Dios conoce. No podemos controlar el viento ni las nubes, pero podemos confiar en que el Creador del cielo y de la tierra tiene un plan perfecto. Al final de sus días, Eliab miró hacia atrás y vio cómo cada acto de fe, cada semilla sembrada y cada grano compartido, había sido parte de un diseño mayor. Y con un corazón lleno de paz, dijo: *»Todo lo que Dios hace, permanece para siempre; nada hay que añadirle, ni nada que quitarle. Y lo hace así, para que los hombres teman delante de él.»*

Y así, la vida de Eliab se convirtió en un testimonio viviente de las verdades eternas de Eclesiastés 11, recordando a todos que, en la incertidumbre de la vida, la fe y la generosidad son los caminos que conducen a la bendición de Dios.

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