**El Sacrificio de Ofrenda Quemada: Una Historia de Devoción**
En los días antiguos, cuando el pueblo de Israel vagaba por el desierto, guiado por la mano poderosa de Dios, el Señor estableció leyes y mandamientos para enseñar a su pueblo cómo vivir en santidad. Entre estas leyes, se encontraba el ritual del sacrificio de ofrenda quemada, una práctica sagrada que simbolizaba la entrega total y la reconciliación con el Creador.
Era temprano en la mañana cuando el sol apenas comenzaba a iluminar el horizonte del campamento israelita. El aire fresco del desierto envolvía a las familias que se preparaban para el día. En una de las tiendas, un hombre llamado Eliab, un pastor de ovejas, se levantó con un propósito solemne. Había sentido en su corazón la necesidad de acercarse a Dios, de presentar una ofrenda que expresara su gratitud y su deseo de purificación. Eliab recordó las palabras que Moisés había transmitido de parte del Señor: *»Si alguno de ustedes presenta una ofrenda al Señor, que sea de ganado vacuno u ovino»* (Levítico 1:2). Con reverencia, Eliab eligió un cordero sin defecto de su rebaño, uno que fuera perfecto, sin mancha ni imperfección.
Con el cordero en brazos, Eliab se dirigió hacia el tabernáculo, el lugar santo donde la presencia de Dios habitaba entre su pueblo. El camino estaba lleno de otros israelitas que también llevaban sus ofrendas. Algunos llevaban becerros, otros corderos o cabritos, pero todos compartían el mismo propósito: buscar la comunión con el Señor.
Al llegar al atrio del tabernáculo, Eliab se detuvo frente al altar de bronce, donde los sacerdotes, vestidos con sus túnicas blancas y sus cinturones de lino, esperaban para ayudar en el ritual. Uno de ellos, un hombre llamado Aarón, el sumo sacerdote, se acercó a Eliab con una mirada de comprensión y solemnidad. Aarón sabía que este momento no era simplemente un acto religioso, sino un encuentro sagrado entre el hombre y su Creador.
Eliab colocó el cordero sobre el altar, y Aarón le recordó las palabras de la ley: *»Pondrá su mano sobre la cabeza del animal, y será aceptado para expiación suya»* (Levítico 1:4). Con un corazón humilde, Eliab extendió su mano y la posó sobre la cabeza del cordero, simbolizando la transferencia de su pecado y su necesidad de perdón. En ese momento, sintió un profundo sentido de responsabilidad y gratitud, sabiendo que el cordero iba a ser sacrificado en su lugar.
Aarón tomó un cuchillo afilado y, con movimientos precisos y reverentes, sacrificó el cordero. La sangre del animal, símbolo de la vida, fue rociada alrededor del altar por los sacerdotes, cumpliendo con el mandato divino: *»Los sacerdotes, descendientes de Aarón, rociarán la sangre alrededor del altar»* (Levítico 1:5). Eliab observó en silencio, reflexionando sobre el costo de su pecado y la gracia de Dios al proveer un medio de expiación.
Luego, los sacerdotes prepararon el cordero para ser quemado completamente sobre el altar. Eliab ayudó a desollar el animal y a cortarlo en pedazos, siguiendo las instrucciones detalladas que Dios había dado. Aarón colocó los pedazos sobre el fuego, junto con la cabeza y la grasa, y el aroma del sacrificio ascendió hacia el cielo como un perfume agradable al Señor. *»El sacerdote lo quemará todo sobre el altar. Es un holocausto, una ofrenda encendida de aroma grato para el Señor»* (Levítico 1:9).
Mientras el humo se elevaba, Eliab sintió una paz profunda en su corazón. Sabía que, a través de este acto de obediencia y fe, había sido reconciliado con Dios. El sacrificio no solo representaba su entrega personal, sino que también apuntaba a un sacrificio mayor que vendría en el futuro: el Cordero de Dios, que quitaría el pecado del mundo.
Al finalizar el ritual, Eliab regresó a su tienda con un corazón renovado. Sabía que la ley de Dios no era simplemente un conjunto de reglas, sino un camino hacia la santidad y la comunión con el Creador. Y aunque el sacrificio de animales era temporal, Eliab confiaba en que un día, el Mesías prometido vendría para cumplir perfectamente lo que los corderos y los becerros solo podían simbolizar.
Así, en medio del desierto, el pueblo de Israel aprendió a vivir en obediencia y adoración, recordando siempre que *»sin derramamiento de sangre no hay perdón»* (Hebreos 9:22). Y en cada ofrenda quemada, en cada sacrificio, se escondía la promesa de un Redentor que un día haría todas las cosas nuevas.