Biblia Sagrada

Ezequiel y el Juicio a los Ancianos Idólatras

**La Visión de Ezequiel y los Ancianos Idólatras**

En aquellos días, el profeta Ezequiel se encontraba en el exilio, junto al río Quebar, en la tierra de los caldeos. El pueblo de Judá había sido llevado cautivo a Babilonia como consecuencia de su rebelión contra Dios y su persistente idolatría. Aunque estaban lejos de su tierra, muchos de los ancianos de Israel continuaban con sus prácticas paganas, adorando a dioses falsos y buscando respuestas en lugares equivocados.

Una tarde, mientras Ezequiel meditaba en las palabras del Señor, un grupo de ancianos se acercó a él. Estos hombres, aunque aparentemente buscaban la guía de Dios, llevaban en sus corazones la sombra de la idolatría. Sus rostros mostraban preocupación, pero sus almas estaban divididas entre el Dios verdadero y los ídolos que habían erigido en sus hogares. Se sentaron frente a Ezequiel, esperando escuchar una palabra del Señor, pero el profeta sabía que sus intenciones no eran puras.

Entonces, la presencia del Señor descendió sobre Ezequiel, y el Espíritu de Dios le habló con firmeza: «Hijo de hombre, estos hombres han levantado ídolos en sus corazones y han puesto delante de sus rostros el tropiezo de su maldad. ¿Acaso he de responderles cuando vienen a consultarme?».

Ezequiel sintió un temor reverente al escuchar la voz de Dios. Sabía que el Señor no toleraría la hipocresía de aquellos que pretendían buscarle mientras adoraban a otros dioses. Con voz solemne, el profeta les transmitió el mensaje divino: «Así ha dicho el Señor: ‘Cualquier hombre de la casa de Israel que levante ídolos en su corazón y ponga delante de sí el tropiezo de su iniquidad, y luego venga al profeta, yo, el Señor, le responderé conforme a la multitud de sus ídolos. Lo haré para desenmascarar la hipocresía de sus corazones y para que sepan que yo soy el Señor'».

Los ancianos, al escuchar estas palabras, bajaron sus cabezas, avergonzados. Algunos de ellos comenzaron a murmurar, intentando justificar sus acciones, pero Ezequiel continuó hablando con autoridad: «Así ha dicho el Señor: ‘Si una nación peca contra mí cometiendo infidelidad, extenderé mi mano contra ella, cortaré su provisión de pan, enviaré hambre sobre ella y exterminaré de su medio a hombres y animales. Aunque estuvieran en medio de ella Noé, Daniel y Job, ellos solo salvarían sus propias vidas por su justicia, dice el Señor'».

El profeta describió entonces una serie de juicios que vendrían sobre la tierra: espada, hambre, bestias feroces y pestilencia. Cada uno de estos juicios sería una manifestación de la ira de Dios contra la idolatría y la rebelión. Ezequiel explicó que, incluso si estos tres hombres justos—Noé, Daniel y Job—estuvieran presentes, no podrían salvar a la nación, sino solo a sí mismos. La justicia personal no sería suficiente para detener el juicio colectivo.

Los rostros de los ancianos palidecieron al escuchar estas palabras. Comprendieron que sus pecados no solo los afectarían a ellos, sino a toda la nación. Ezequiel continuó: «Así ha dicho el Señor: ‘Cuando yo haga pasar mis cuatro juicios severos—espada, hambre, bestias feroces y pestilencia—sobre Jerusalén para destruir en ella a hombres y animales, quedarán en ella algunos sobrevivientes que serán llevados cautivos. Ellos vendrán a vosotros, y veréis su camino y sus hechos, y seréis consolados respecto del mal que he traído sobre Jerusalén'».

El profeta les aseguró que, a pesar del juicio, Dios no abandonaría por completo a su pueblo. Habría un remanente fiel que sobreviviría y serviría como testimonio de la misericordia divina. Sin embargo, este remanente no sería producto de la justicia de los ancianos idólatras, sino de la gracia de Dios.

Ezequiel concluyó su mensaje con una advertencia solemne: «Así sabréis que yo no hice en vano todo lo que he hecho en ella, dice el Señor». Los ancianos, con el corazón quebrantado, se retiraron en silencio, reflexionando sobre las palabras del profeta. Algunos de ellos se arrepintieron de sus idolatrías y buscaron restaurar su relación con Dios, mientras que otros endurecieron sus corazones, prefiriendo aferrarse a sus ídolos.

Ezequiel, por su parte, permaneció en oración, intercediendo por su pueblo y rogando a Dios que, en su misericordia, les concediera un corazón nuevo y un espíritu recto. Sabía que solo el arrepentimiento genuino y la fe en el Dios verdadero podrían salvar a Israel de la destrucción que se avecinaba.

Y así, la palabra del Señor, dada a través de Ezequiel, resonó como un llamado urgente al arrepentimiento, recordando a todos que el Dios de Israel es celoso y justo, pero también misericordioso y fiel para perdonar a aquellos que se vuelven a Él de todo corazón.

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