Biblia Sagrada

La Guerra Interior de Demas

La bahía de Neápolis olía a sal y a redes viejas. El sol, todavía bajo, recortaba las siluetas de los barcos de pesca como dientes rotos contra el cielo color cobre. Demas caminaba por el muelle de piedra, el peso de su frustración tan tangible como el cesto vacío que colgaba de su hombro. Dos noches de faena infructuosa. Dos noches de discutir con su hermano Marco por el reparto del trabajo, por la vía más rápida a los caladeros, por todo. El rencor le ardía en el pecho, un nudo amargo y familiar.

No era solo la pesca. Era el almacén de Leandro, el mercader fenicio, que siempre les pagaba menos de lo justo. Era la envidia que le corroía cada vez que veía la villa nueva de Julio, el recaudador de impuestos, encaramada en la colina. Era el deseo constante de algo más, algo que siempre se le escapaba entre los dedos como el agua de mar. Quería prosperar, quería respeto, quería que su nombre significara algo en Neápolis. Y por todos los medios a su alcance – el trabajo excesivo, la astucia, incluso la oración insistente y exigente que dirigía al cielo en sus ratos de desesperación – trataba de arrancárselo al destino.

Esa mañana, la discusión con Marco había alcanzado un nuevo y vergonzoso clímax. Voces elevadas junto a las barcas, acusaciones de pereza, un puño golpeando contra el mástil. Los demás pescadores apartaban la mirada. La vergüenza, posterior a la ira, era ahora como un manto húmedo sobre los hombros de Demas. Fue en ese estado de ánimo, con el estómago revuelto y el orgullo herido, cuando se topó con el viejo Natán.

Natán no era un rabino, ni un escriba. Era un curtidor de pieles, un oficio que lo mantenía al margen del pueblo, cerca del arroyo donde el olor no molestaba. Pero todos sabían que era un hombre que escuchaba. Se sentaba en un banco de madera gastada frente a su pequeño taller, observando el ir y venir del puerto con unos ojos que parecían haber visto todas las miserias y todas las gracias humanas.

Demas, sin planearlo, se detuvo frente a él. No dijo nada al principio. Natán tampoco. Solo observaba las gaviotas que peleaban por los descartes.

–Todo está en mi contra –masculló al fin Demas, más al mar que al hombre–. Trabajo hasta que me duelen los huesos. Planifico. Y al final, las redes vacías. Mi propio hermano es mi enemigo. Y Dios… Dios parece sordo.

Natán asintió lentamente, como si las palabras de Demas confirmaran algo que ya sabía. Con un gesto callado, invitó a Demas a sentarse en un tronco cercano.

–Demas –dijo, y su voz era áspera pero no áspera–, el conflicto no nace del mar. Nace aquí. –Se tocó el pecho con una mano manchada de tanino–. Esas peleas con Marco, ¿de dónde crees que brotan? ¿De un desacuerdo sobre dónde echar la red? No. Brotan de esa guerra que llevas dentro. De esa pasión que lucha por tener más, por ser más, y que al no conseguirlo, se envenena y busca culpables a su alrededor.

Demas quería protestar, pero las palabras se le atascaron. Había verdad en eso. Recordó la rabia ciega al ver a Marco descansar un momento, interpretándolo como holgazanería, cuando quizás solo era cansancio. Recordó el cálculo egoísta en sus propias plegarias: “Señor, dame una pesca milagrosa para que pueda comprar mi propia barca y dejar atrás a todos”.

–Quieres lo que no tienes –continuó Natán, su mirada perdida en el horizonte–. Y cuando no lo consigues, te enfureces. Hasta matarías por ello, en tu corazón. Pero ni siquiera pides bien. Pides para satisfacer tus propios placeres, para alimentar tu orgullo. Es como pedirle a un amigo leal que te ayude a traicionar a otro. La amistad con este mundo es enemistad con Dios. ¿No lo sabías?

Era como si el viejo curtidor le hubiera leído el pensamiento. Demas bajó la cabeza. El “mundo” no eran solo los ídolos de piedra en el templo pagano. Era esa fuerza sutil que lo empujaba a valorarlo todo por lo que podía obtener: el prestigio, la riqueza, la comodidad. Era la envidia que sentía al pasar frente a la villa de Julio. Era el desprecio hacia el oficio humilde de Natán. En su búsqueda de amistad con ese sistema de valores, se había hecho enemigo de la quietud, de la gratitud, de la hermandad con su propio sangre.

–Entonces, ¿qué hago? –preguntó, y esta vez su voz sonó débil, genuinamente perdida–. ¿Me resigno a la pobreza? ¿A que mi hermano me pise?

Una sonrisa triste se dibujó en los labios de Natán.
–Hay un camino mejor que la resignación. La sumisión. Pero no a Marco, ni a Leandro el mercader. Sometete a Dios. Y al hacerlo, verás a tu hermano con nuevos ojos. Resistí al orgullo, que es el general de ese ejército que llevas dentro. Acercate a Dios con las manos vacías, no con exigencias. Y verás cómo Él se acerca a ti.

Las palabras resonaron con una verdad extraña y poderosa. “Sometete”. No era una palabra de derrota, sino de alivio. Era como soltar un peso que había cargado por años pensando que era un tesoro. Lavate las manos, pecador. Purificá el corazón, hipócrita. El llanto, en ese contexto, no era señal de debilidad, sino de un deshielo interior.

–Humíllate –murmuró Natán, poniendo una mano callosa sobre el hombro de Demas–. Delante del Señor. Y Él te levantará. Pero no te levantes vos mismo. Dejá que sea Él.

Demas no lloró allí, en público. Pero sintió una tensión que se quebraba dentro de su pecho. Se levantó, asintió sin poder articular más palabras, y se alejó del muelle. No fue directamente a su casa. Caminó por el sendero rocoso que llevaba a las colinas, alejándose del olor a pescado y del ruido del puerto. En un alto, desde donde se veía la inmensidad azul del mar, se detuvo. Y allí, solo bajo el cielo que se volvía de un azul intenso, se humilló. No con palabras rebuscadas, sino con un susurro áspero y verdadero: “Estoy en guerra. Y estoy cansado. Toma el mando”.

No hubo voz del cielo. No hubo truenos. Solo el viento salado acariciando su rostro y el canto lejano de un pastor. Pero al descender, notó algo diferente. La envidia al mirar hacia la villa de Julio había perdido su filo. Se había transformado en una pena leve, casi compasiva. El peso del rencor contra Marco se había aligerado. No porque Marco hubiera cambiado, sino porque la necesidad de tener la razón, de ganar, de superarlo, ya no le quemaba por dentro.

Al día siguiente, al encontrarse con Marco en la orilla para preparar la barca, el silencio era tenso. Demas respiró hondo. Miró a su hermano a los ojos, vio el mismo cansancio y la misma defensividad que había habitado en él.

–Hermano –dijo, y la palabra sonó nueva–, perdóname. Ayer… mi ambición me cegó. La pesca está en manos de Dios. Nuestra paz no.

Marco lo miró desconfiado, pero al ver que no había reproche, ni astucia, sino una sencillez desarmante en la mirada de Demas, su rostro también se relajó. Asintió. No hubo un abrazo, ni grandes declaraciones. Solo un hombro junto a otro, tirando de la misma red, sin calcular quién hacía más fuerza.

La pesca de esa noche no fue milagrosa. Fue suficiente. Y mientras tiraban de las redes, brillantes y pesadas bajo la luna, Demas comprendió algo profundo. Había pasado su vida haciendo planes. “El año que viene compraré una barca más grande.” “En un par de años tendré mi propio almacén.” “Mañana hablaré con el mercader para conseguir un mejor precio.” Planes arrogantes, construidos sobre la arena movediza de su propia voluntad, ignorando la niebla impenetrable del futuro. La paz no estaba en el control, sino en la sumisión confiada. “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello”, pensó. No era una frase hecha. Era la verdad más liberadora que había conocido.

No se volvió un hombre perfecto. La envidia a veces susurraba. La ambición gruñía en los días de escasez. Pero ahora conocía el antídoto. La humildad. La sumisión. El acercarse, una y otra vez, a aquel que era más fuerte que sus pasiones. Y en ese acercamiento, encontraba una gracia que llenaba sus redes interiores de una manera que el oro de Julio nunca podría. La guerra, al fin, había encontrado su tregua.

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