El sol de media tarde, caliente y pesado como manteca de oliva derramada, caía sobre el polvoriento camino que subía hacia Jerusalén. Jesús caminaba con ese paso constante, ni lento ni apresurado, que tanto confundía a quienes lo seguían. La pequeña multitud a su alrededor—un manojo de discípulos, algunos curiosos y unos pocos escépticos que merodeaban como perros a la distancia—respiraba el polvo y la incertidumbre. Entre ellos, Lucas, el médico, frotaba con disimulo una miga de pan seca contra el dedo pulgar, observando no solo al Maestro, sino a los rostros a su alrededor. Había tensión en el aire, más fina que el polen pero igual de perceptible.
Fue entonces cuando algunos de los discípulos, acalorados y probablemente asustados por la dirección que tomaban las conversaciones sobre el Reino, se acercaron. Uno de ellos, un galileo de manos anchas y tostadas, habló con la franqueza ruda de quien ha manejado redes toda la vida.
—Maestro, ¿cuándo ha de venir el Reino de Dios? —preguntó, y en su voz había más ansiedad que esperanza.
Jesús no se volvió de inmediato. Sus ojos, del color de un lago profundo al atardecer, recorrieron el horizonte donde unas higueras polvorientas se aferraban a la roca. Cuando habló, su tono no era el de un profeta que anuncia cataclismos, sino el de un hombre que cuenta una verdad obvia y por eso mismo desatendida.
—El Reino de Dios no viene con señales visibles —dijo, y una mosca zumbó entre el grupo, destacando el silencio que dejaron sus palabras—. No podrán decir: “Míralo aquí” o “Míralo allá”. Porque el Reino de Dios ya está entre ustedes.
Un murmullo recorrió al grupo. Algunos fruncieron el ceño, escudriñando el camino vacío y los montes como si el Reino fuera a materializarse en una nube. Lucas sintió un escalofrío, a pesar del calor. Comprendió, no con la mente, sino con una certeza que le nació en las entrañas, que Jesús hablaba de una presencia, no de un lugar. De una semilla ya plantada en la tierra oscura de sus propios corazones.
Luego, Jesús se dirigió específicamente a los discípulos, y su voz adquirió una gravedad nueva, como piedra de molino.
—Vendrán días en que ansiarán ver uno solo de los días del Hijo del Hombre, y no lo verán. Y les dirán: “Miren, está aquí”, o “Miren, está allí”. No vayan, no corran tras ellos.
Describió entonces los días por venir con imágenes que se clavaban en la memoria: relámpagos que desgarrarían el cielo de un extremo al otro; días como los de Noé, donde la gente comía, bebía, se casaba, hasta que el diluvio llegó y se los llevó a todos; como los de Lot, en Sodoma, con su comercio, sus construcciones, su vida normal, hasta que cayó fuego y azufre. “Así será el día en que el Hijo del Hombre se manifieste”, concluyó, y una sombra pasó por sus ojos, una pena inmensa y antigua.
Habló de dos en un campo, uno tomado y el otro dejado; de dos moliendo juntas, una recibida y la otra abandonada. La selección sería íntima, arbitraria a los ojos humanos, definitiva. Un discípulo, tratando de racionalizar el terror que esas palabras sembraban, preguntó con voz ronca:
—¿Dónde, Señor?
Jesús lo miró, y en su mirada no hubo condena, solo una verdad desnuda y terrible.
—Donde esté el cuerpo, allí se reunirán los buitres.
La crudeza de la imagen los dejó sin aliento. No era una profecía edulcorada. Era un recordatorio de la ley última de este mundo: donde hay muerte, allí está la consecuencia. Donde hay un corazón muerto en su pecado, allí, inevitablemente, se congregará el juicio.
El grupo reanudó la marcha, sumido en un silencio cargado. La conversación había sido demasiado grande, demasiado oscura. Necesitaban algo tangible, una parábola que pudieran desmenuzar, una lección moral. Fue entonces cuando, casi como un suspiro aliviador, surgió la pregunta sobre el aumento de la fe.
—Auméntanos la fe —suplicó uno, quizás Pedro, su voz cargada de la frustración de sentirse siempre inadecuado.
Jesús se detuvo y se volvió. Una sonrisa leve, casi imperceptible, jugó en sus labios. No era una sonrisa de burla, sino de quien conoce el secreto más profundo.
—Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como un grano de mostaza, podrían decirle a esta morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y les obedecería.
No era una receta para hacer milagros espectaculares. Era una declaración sobre la naturaleza de la fe verdadera: no se mide en cantidad, sino en calidad; no es un sentimiento hinchado, sino una confianza minúscula, viva, plantada en el Dios para quien nada es imposible. La morera, con sus raíces profundas y gruesas, y el mar, el símbolo del caos primordial, eran los extremos imposibles. La fe los unía. La lección calló hondo, sin estridencias.
La caminata continuó, y la tensión teológica dio paso a la incomodidad física del camino. Pasaron cerca de una aldea, y el olor a humo de leña y pan se mezcló con otro olor, dulzón y enfermizo, que venía de una cantera abandonada a las afueras. Allí, respetando la distancia que la Ley imponía, un grupo de figuras harapientas se mantenía apartado. Eran diez. La lepra había borrado sus rasgos, confundiéndolos en una misma máscara de carne desfigurada y esperanza marchita. Al ver a Jesús, un impulso colectivo los hizo elevar sus voces, roncas y desesperadas, rasgando la quietud de la tarde.
—¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!
Se detuvieron a lo lejos, como exige la costumbre. Jesús no se acercó. No hizo un gesto dramático. Simplemente los miró, y en su mirada no hubo asco, ni lástima, solo una atención plena y serena. Luego, les dijo:
—Vayan y muéstrense a los sacerdotes.
Era la instrucción de la Ley para quien se creía curado. Pero ellos no estaban curados. No aún. La fe, esa semilla de mostaza, tuvo que brotar en ese instante, en el espacio entre la orden y la obediencia. Darse la vuelta y caminar, con sus cuerpos aún llenos de llagas, hacia la autoridad que certificaría una limpieza que no poseían. Fue un acto de pura confianza.
Y mientras iban, sucedió. La carne muerta se hizo viva, el hormigueo de la sensación regresó a sus miembros entumecidos, la palidez cedió al color del aceite y la sangre. La sanidad los recorrió como una ola tibia. Nueve de ellos, desbordados por una alegría feroz y egoísta, apretaron el paso. Su mente ya estaba en la certificación del sacerdote, en el abrazo de la familia, en la vida normal recuperada. La gratitud podía esperar. El deber, la obligación religiosa de presentarse, absorbía todo.
Pero uno, al sentir la piel nueva bajo sus harapos, se detuvo en medio del camino. El asombro le golpeó el pecho como un martillazo. Se volvió, y sus ojos, ahora claros, buscaron la figura a lo lejos. No pensó en sacerdotes, ni en certificados. Solo sintió el peso abrumador de un don inmerecido. Y echó a correr. No con la dignidad de un hombre restaurado, sino con la torpeza gloriosa de un niño, sus ropas sucias agitándose al viento. Sus gritos de alegría se transformaron en un clamor de alabanza, una cacofonía bendita dirigida al cielo.
Cuando estuvo a los pies de Jesús, se postró con el rostro en el polvo, tocando la tierra con sus labios ahora sanos. Era un samaritano, un extranjero, un hereje para los nueve que seguían su camino. Jesús miró al hombre tembloroso a sus pies, luego alzó la vista hacia el camino vacío por donde habían huido los otros nueve. Su voz, cuando habló, no tenía reproche, sino una tristeza profunda, y una pregunta que resonaría por los siglos.
—¿No eran diez los que fueron limpiados? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No hubo quien volviera a dar gloria a Dios, más que este extranjero?
Luego, posando sus ojos en el samaritano, cuya fe—activa, agradecida, encarnada—había hecho algo más grande que sanar su cuerpo, le dijo:
—Levántate y vete. Tu fe te ha salvado.
“Salvado”. No solo “sanado”. La palabra quedó flotando en el aire crepuscular. El hombre se levantó, y en sus ojos brillaba una luz nueva, la del que ha sido curado por dentro y por fuera. Se alejó, no hacia los sacerdotes, sino hacia una vida completamente nueva, llevando consigo una salvación que los otros nueve, en su prisa por reclamar la normalidad, quizás nunca llegaron a comprender.
El sol comenzaba a esconderse tras los montes de Judea, tejiendo sombras largas y frías. Jesús miró a sus discípulos, que habían presenciado todo en silencio. Les había hablado del fin de los tiempos, de la fe minúscula y poderosa, y de la gratitud que es la llave de la salvación. Todo en un mismo día, en un mismo camino. Sin darles tiempo a digerir una lección, les había dado otra. El Reino estaba entre ellos, sí. Y a veces tenía el rostro desfigurado de un leproso, la voz agradecida de un extranjero, y el corazón de quien, habiendo recibido todo, lo devuelve postrado en el polvo, reconociendo la fuente de todo bien. El camino a Jerusalén continuaba, y cada paso parecía más significativo, más cargado del misterio de un Dios que habla en relámpagos y en susurros, y que espera, siempre, el regreso del agradecido.



