Biblia Sagrada

El Bautismo y el Desierto

El aire en el desierto tenía un sabor a polvo y a salvia seca. No era un silencio vacío, sino uno cargado, como la tensión antes de la tormenta en el Mar de Galilea. Y en medio de aquella inmensidad agrietada, una figura se recortaba contra el cielo pálido: Juan. No vestía lino fino, sino una túnica áspera tejida con pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero curtido. Su piel estaba curtida por el sol y el viento, y en sus ojos ardía una luz que no era de este mundo. Su voz, ronca por gritar a los cielos y a las piedras, resonaba en los barrancos.

“¡Arrepiéntanse!” gritaba, y la palabra no era un susurro piadoso, sino un hacha que golpeaba la raíz de los árboles. “¡Conviértanse, porque el reino de Dios se ha acercado!” La gente acudía, no por moda, sino arrastrada por un desasosiego profundo, como si su clamor despertara algo dormido en sus entrañas. Salían de Jerusalén, de todos los pueblos de Judea, y confesaban sus pecados allí, a cielo abierto, con la tierra polvorienta por testigo. Él los sumergía en las aguas frías y turbias del Jordán, un acto rudo y esperanzado. “Yo los bautizo con agua,” decía, y su mirada parecía traspasar el horizonte, “pero detrás de mí viene uno más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar, ni agachado, la correa de sus sandalias. Él los bautizará con Espíritu Santo.”

Un día, entre la multitud que se arremolinaba en la orilla, apareció un hombre de Nazaret. No gritaba, no imponía con su estatura. Había una quietud en él, una solidez distinta. Juan lo vio acercarse y, de pronto, la voz que desafiaba a fariseos y soldados se quebró en un susurro de asombro y reconocimiento. Fue como si toda la historia, toda la espera de siglos, se condensara en aquel momento. Jesús se acercó para ser bautizado como cualquier otro. Juan retrocedió, casi físicamente. “¿Tú vienes a mí? Soy yo el que necesita ser bautizado por ti.” Pero Jesús, con una serenidad que era una orden suave, insistió: “Permítelo ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia.” No era una petición de discípulo, era el designio de los siglos poniéndose en movimiento.

Juan cedió. Sus manos, callosas y fuertes, sostuvieron por un momento la espalda de Jesús mientras las aguas del río los cubrían a ambos. Cuando emergió, el cielo, antes de un azul desvaído, se rasgó. No fue una metáfora. Los que estaban cerca juraron después que vieron cómo la bóveda celeste se abría como un velón desgarrado. Y el Espíritu, visible como una paloma que no aletea sino que desciende con propósito solemne, bajó y se posó sobre él. Entonces, una Voz. No el trueno que sacudía el Sinaí, sino una voz profunda, íntima y a la vez universal, que surgía de la misma abertura del cielo: “Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco.”

Inmediatamente después—casi con urgencia—ese mismo Espíritu lo impulsó hacia el desierto. No al mismo lugar donde predicaba Juan, sino más adentro, a la soledad absoluta, al territorio de los alacranes y la sed. Cuarenta días. No fue un retiro de meditación. Fue un combate cuerpo a cuerpo con la nada. Las piedras redondas y calientes se confundían con panes bajo un sol de justicia. La fauna de aquel yermo interior era más peligrosa que las serpientes: las voces que susurraban poder, relevancia, atajos. Las bestias salvajes estuvieron allí, sí, pero el relato dice que “le servían”. Quizás, en su presencia, incluso los instintos más fieros guardaron una paz antinatural. Hasta que, débil de cuerpo pero más fuerte que nunca en espíritu, venció el último asalto. Y entonces, los ángeles acudieron, no en gloria, sino en la forma silenciosa del sustento, ministrando esa humanidad exhausta y victoriosa.

Cuando Juan fue encarcelado—un episodio brusco y violento que llegó como un golpe seco a las orillas del río—Jesús volvió a Galilea. Pero no con el mensaje de arrepentimiento de Juan, sino con una proclamación nueva, llena de un gozo feroz: “¡Se ha cumplido el tiempo! ¡El reino de Dios está cerca! ¡Conviértanse y crean en esta buena noticia!” Recorría las aldeas junto al lago, y la gente no solo escuchaba; se sentía vista por esa mirada que parecía conocer los hilos ocultos del corazón.

Caminando por la orilla pedregosa, vio a Simón y a su hermano Andrés. No eran teólogos. Hombres recios, olían a redes húmedas y a pescado. Estaban en lo suyo, lanzando la red al agua, ese gesto repetido mil veces que era su vida. Jesús se detuvo y les dijo: “Vengan conmigo. Los haré pescadores de hombres.” La frase, en boca de otro, habría sido una locura o una pretensión vana. Pero en sus labios tenía el peso de la verdad recién nacida. Y ellos, quizás recordando vagamente los rumores del bautismo en el sur, quizás sintiendo en su espíritu el mismo tirón que sentían en las redes cuando estaban llenas, dejaron las mallas en la arena, brillantes y abandonadas, y lo siguieron.

Un poco más adelante, vio a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo. Estaban en una barca, remendando las redes con agujas gruesas. Sus manos no se detuvieron de inmediato; debieron cruzar una mirada con su padre, quien estaba con ellos. La llamada fue la misma, simple y directa. Ellos se levantaron, dejando a Zebedeo con los jornaleros y la barca que era su patrimonio. Algo en la autoridad de aquel hombre no admitía demora. No era un grito de revoltoso, era el llamado de un rey.

Fueron a Cafarnaún. El sábado, Jesús entró en la sinagoga y comenzó a enseñar. No como los escribas, que citaban y glosaban, pesando cada palabra de los antiguos. Él enseñaba con autoridad propia, como quien desvela un secreto que le pertenece. La gente se quedaba pasmada, porque su doctrina no era eco, era fuente.

Y en medio de aquella enseñanza, un grito desgarrado cortó el aire solemne. Un hombre poseído por un espíritu impuro se puso de pie. “¿Qué quieres con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? ¡Yo sé quién eres: el Santo de Dios!” La voz era áspera, múltiple, llena de un odio y un terror antiguos. Jesús no hizo gestos dramáticos. Se volvió hacia el hombre, y con una calma que era más aterradora que cualquier exorcismo frenético, ordenó: “¡Cállate! ¡Sal de él!” El espíritu, convulsionando al hombre, lanzando un alarido que hizo estremecer a los presentes, salió. El hombre quedó tendido, sudoroso, pero con los ojos por primera vez claros, propios. El asombro se convirtió en murmullo, en un rumor que corrió como reguero de pólvora por toda la región: “¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, con autoridad! ¡Hasta a los espíritus impuros les manda, y le obedecen!”

Al salir, fueron a la casa de Simón. La suegra de éste estaba en cama, con fiebre alta, el rostro enrojecido y seco. Se lo dijeron de inmediato, con la confianza simple que ya empezaba a nacer. Él se acercó, tomó su mano y la levantó. La fiebre la dejó al instante, como un manto pesado que se desliza al suelo. Y ella, sin vacilar, sin el período de convalecencia que todos esperaban, se levantó y se puso a servirles. La normalidad regresó, pero era una normalidad transformada, ungida por el milagro.

Al caer la tarde, cuando el sol se ponía sobre el lago teñiendo el agua de púrpura, trajeron a su puerta a todos los enfermos y endemoniados. Parecía que toda la ciudad se había agolpado allí. Él, con una paciencia que no era resignación sino compasión activa, impuso las manos sobre cada uno, sanándolos. Los demonios gritaban, reconociéndolo, y él los reprendía, sin permitirles hablar. Sabía que la fama fácil, la del espectáculo, era un peligro tan grande como el desierto.

En la madrugada, siendo aún muy oscuro, se levantó y salió a un lugar solitario. Allí oraba. Simón y los otros, al descubrirlo, fueron a buscarlo, un poco perplejos. “Todos te buscan,” le dijeron, como invitándolo a capitalizar el éxito. Pero Jesús, con esa mirada que siempre parecía ver más lejos, les respondió: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para que también allí predique; porque para eso he salido.” No para ser el centro de una muchedumbre en un solo lugar, sino para sembrar la noticia en todos los rincones. Y así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando demonios, llevando consigo el anuncio del reino que había irrumpido, de un modo callado y a la vez irrevocable, en la orilla polvorienta de un río, con el cielo rasgado para siempre.

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