El polvo, ese día, tenía un sabor distinto. No era el polvo alegre de los caminos, levantado por las caravanas que llegaban a Sion cargadas de especias y cantares. Era un polvo amargo, espeso, que se pegaba al paladar y a la tristeza. Ana lo sentía entre los dientes mientras miraba, desde el umbral de lo que había sido su casa, la calle vacía. Vacía no de gente, sino de vida. Algunas sombras se movían junto a la muralla norte, figuras encorvadas que arrastraban los pies, siluetas de un pueblo convertido en espectro.
Jerusalén ya no cantaba. El silencio era tan tangible como el calor del mediodía. Un silencio pesado, cargado de ecos: el eco del martilleo de los babilonios derribando piedra sobre piedra, el eco lejano de las risas de sus hijas, ahora mudas o llevadas a tierras extrañas. Ana cerró los ojos y, por un instante, creyó oír el bullicio de la fiesta de los Tabernáculos, el repique de los címbalos en el templo, la voz profunda de los levitas salmodiando. Pero solo era el viento, un soplo cansado que se colaba por las brechas de la muralla y movía, con cruel indiferencia, un harapo colgado de una ventana carbonizada.
Ella, la ciudad que fue princesa entre las provincias, ahora era una viuda. La frase le vino a la mente sin querer, antigua y precisa como un sello. No una viuda cualquiera, sino una viuda abandonada, que busca en vano consuelo. Ana recorrió con la mirada la ladera del Sion. Allí arriba, donde el sol golpeaba con furia blanca, solo se adivinaba una silueta recortada y oscura: los restos calcinados del santuario. No salía humo del altar. No se veía el brillo del oro de los querubines. Solo piedras negras, apiladas en un desorden obsceno. El corazón, el lugar donde latía el pacto, estaba roto.
Se acordó de las noches de luna llena, cuando la ciudad entera parecía bañada en plata y la paz dormía sobre sus tejados. Ahora, las noches eran peores. El frío se metía en los huesos, y el llanto, el llanto incesante de las mujeres que habían perdido a sus hijos, llenaba la oscuridad como un río subterráneo. No era un llanto estruendoso, sino un quejido bajo, continuo, como el rumor de un agua sucia que corre por una cloaca. Ana también había llorado así, hasta que se le secaron los ojos. Ahora solo sentía un ardor seco, una comezón interna.
Sus amigos, los que habían sobrevivido, se habían vuelto extraños. Antes compartían el pan y la sal; ahora, si se cruzaban, bajaban la vista y apuraban el paso. La desgracia los había encerrado en sí mismos, cada uno cargando su culpa y su vergüenza a cuestas, como un fardo demasiado pesado. El rey, el ungido, estaba encadenado en algún patio de Babilonia. Los príncipes, aquellos jóvenes gallardos vestidos de púrpura, vagaban pálidos y hambrientos, persiguiendo cualquier resto de hierba amarga entre los escombros. No había guía. El camino a Sion estaba bloqueado, no por enemigos, sino por la memoria de lo que fue y ya no era.
Ana se levantó, sintiendo el crujir de cada hueso. Caminó despacio hacia la plaza del mercado. El aire olía a ceniza y a excremento. Donde antes se alzaban los puestos de los mercaderes de Tiro, llenos de telas carmesí y collares de vidrio, solo había montones de tejas rotas. Un perro flaco olfateaba algo entre los cascotes. Al verla, alzó la cabeza y mostró los dientes con un gruñido sordo. Hasta los animales se habían vuelto hostiles.
Se sentó en una piedra que había sido parte del brocal de un pozo. El pozo estaba cegado. Desde allí, veía la puerta de la ciudad, o lo que quedaba de ella. Los goznes, torcidos y negros, colgaban como miembros dislocados. Por esa puerta habían entrado triunfales los reyes de Judá. Por esa misma puerta habían salido, en una lenta y polvorienta procesión de derrota, los mejores de sus hijos, encadenados unos a otros, con la mirada perdida más allá del desierto. Y los que se habían aliado con ella, los reinos vecinos con los que a veces pactaba y a veces guerreaba, ahora pasaban de largo. Los edomitas, sobre todo. Ana apretó los puños. Ellos sí que vinieron. No para ayudar, sino para saquear lo poco que quedaba, para decir: “¡Alarga, alarga la mano, vacía sus calabazas!”. Y se fueron riendo, con sus carros cargados de miseria ajena.
El sol comenzaba a declinar, tiñendo de un rojo sucio el cielo por el poniente. Un rojo que le recordó a la sangre, a la sangre de los sacrificios que ya no se ofrecían, a la sangre de los jóvenes caídos en las almenas. La festividad se había terminado. Ana pensó en sus pecados. No solo en los de la nación, los altares en los altozanos, la idolatría sorda y persistente. Pensó en sus pecados personales, pequeños, cotidianos, que ahora, en la soledad de la ruina, le parecían montañas. La indiferencia ante el pobre a la puerta, la lengua afilada contra la vecina, la envidia sorda, la complacencia en la prosperidad vana. Todo eso, como una tela sucia, se le había pegado al alma, y ahora sentía su peso, su hedor.
La noche cayó de repente, como una cortina pesada. En la oscuridad, Jerusalén era solo un conjunto de sombras más oscuras. No había lámparas en las ventanas. No se oía el canto de nadie. Solo el aullido lejano de un chacal, hambriento también, anunciando su ronda entre las tumbas violadas. Ana se envolvió en su manto, que ya no olía a nardo sino a humo y a derrota. La humillación era un nudo en la garganta. Había visto pasar, días atrás, a los capitanes babilonios, soberbios sobre sus caballos, señalando con desprecio los muros caídos. La ciudad que fue el orgullo de toda la tierra, el joyel de los collados, yacía desnuda a sus pies, y ellos la escupían con la mirada.
Un temblor le recorrió el cuerpo. No era solo frío. Era la comprensión última, la que llega cuando ya no quedan lágrimas. Todo esto había venido de la mano de Aquel que es fiel, incluso en su justicia. El Eterno era justo. Ella lo repetía como un mantra amargo. Él había decretado esta aflicción por la multitud de sus rebeldías. Los hijos, tiernos y delicados, habían marchado cautivos delante del enemigo. La belleza había salido de la hija de Sion. Los sacerdotes gimen, los ancianos ya no encuentran respuesta. Y ella, Ana, era solo una más, una partícula de polvo en la gran desolación.
Se levantó para volver a su rincón. Al pasar junto a un montón de escombros, creyó ver brillar algo. Se agachó, tanteando con los dedos. Era un fragmento de cerámica, un trozo de un jarro pintado con una simple palmera. Lo acarició. Un resto de belleza, de normalidad perdida. Lo guardó entre sus ropas. No servía para nada. Pero era suyo. Como el dolor.
Al cerrar la puerta desvencijada de su refugio, susurró hacia la oscuridad, hacia el lugar donde antes ardía la lámpara familiar: “Mira, oh Eterno, mi aflicción, que el enemigo se ha engrandecido”. No esperaba respuesta. Solo era un hilo de voz, el último despojo de una súplica. Afuera, la ciudad, la gran viuda, seguía su luto en silencio, esperando no se sabía qué, mientras las hijas de Babilonia, lejanas y seguras, se reían en sus jardines regados por los ríos. Ana se acostó en el suelo y se tapó la cabeza con el manto, para no ver, para no oír, para fingir, aunque fuera un instante, que la noche podía traer consuelo.




