Lo recuerdo como si fuera ayer, aunque han pasado muchos años. El aire olía a polvo y a calor, un calor que no cedía ni con la caída del sol. La tierra, aquella tierra que había sido generosa, se mostraba ahora como una losa agrietada bajo el cielo de Samaria. Y en medio de todo, estaba la voz de aquel hombre, Amós, un pastor de Tecoa que hablaba con unas palabras que nos quemaban más que el sol.
Todo empezó, creo, con las langostas. No eran cualquier plaga. Fue al final de la primavera, justo cuando el rey había pasado como una tempestad por los campos, recogiendo sus tributos, dejando lo justo para el sustento. Entonces vino aquel sonido, un rumor sordo que al principio confundimos con el viento en los olivares lejanos. Pero el viento no era marrón. Una nube viviente, chirriante, descendió sobre los campos verdes que quedaban. En un día, solo uno, lo devoraron todo. Lo que el tributo del rey había dejado, las langostas lo convirtieron en ramas desnudas y tierra pelada. Recuerdo a mi mujer, Silpa, llorando en silencio en el umbral, mirando el huerto donde ya no quedaba ni una hoja de hierbabuena. “Dios nos ha quitado el sustento”, susurró. Pero en la ciudad, en Betel, los sacerdotes decían que era una mala temporada, que a veces ocurre.
Luego vino la sequía. No una sequía cualquiera, sino una deliberada, maliciosa. Mandé a mis hijos mayores, Eliab y Otoniel, a los pozos de la llanura, y volvieron con los cántaros medio llenos de un lodo espeso. “Padre, los pozos susurran”, dijo Otoniel, su voz quebrada por el miedo. El agua, cuando la había, era un bien precioso. Se la dábamos a los animales más débiles primero, y luego a los niños. Los hombres bebíamos solo lo indispensable. Rezamos. Oh, cómo rezamos. En Gilgal y en Betel, los altares humeaban día y noche con ofrendas de grano, con lo poco que quedaba. Los sacerdotes gordos y ungidos clamaban a los becerros de Jeroboam, y el incienso subía espeso, mezclándose con el polvo del aire. Pero el cielo permaneció como bronce pulido, sin una nube, implacable. La lluvia caía a tres pueblos de distancia, nos decían los mercaderes, pero sobre nuestras cabezas, ni una gota. “Os retuve la lluvia”, resonaba después la voz de Amós en mi cabeza, imitando a un Dios que parecía sordo. “Y aún no os volvisteis a mí, dice el Señor.”
El tercer golpe fue más personal, más sucio. Una plaga de moho y tizón. Lo que habíamos guardado con tanto cuidado en los graneros, el grano que habíamos rescatado de la langosta y comprado a precios de oro, empezó a pudrirse desde dentro. Abrías un saco y salía un olor agrio, a muerte. Los racimos de uvas pasas que Silpa colgaba con esmero se cubrían de una pelusilla gris. Era una derrota lenta y silenciosa. Hicimos peregrinaciones a Gilgal, cargando las primicias podridas como una ofrenda grotesca. Los sacerdotes fruncían el ceño, pero aceptaban el sacrificio. Todo seguía el ritual, todo olía a ceremonias vacías. En las calles, el hedor a enfermedad se mezclaba con el dulzón del incienso.
Luego vino la peste. Los jóvenes, los fuertes, como mi Eliab. Una fiebre que llegaba con el siroco, el viento caliente del desierto. No era una enfermedad cualquiera; era como si el aliento de Dios mismo hubiera pasado, pero para arrasar. Eliab murió en tres días. Lo enterramos en la ladera, bajo un sol de justicia. El lamento en la ciudad era un sonido continuo, como el zumbido de las moscas sobre lo que ya no tenía vida. Y aún así, en el palacio, se oía música. Aún así, en los templos de Betel, se hablaba de la prosperidad del reino, de la fuerza de nuestros ejércitos. “Os hice padecer pestilencias a la manera de Egipto”, escuché después que decía el pastor de Tecoa. “Y aún no os volvisteis a mí, dice el Señor.”
El último acto fue de una violencia bíblica, antigua. Algunos dicen que fue un terremoto. Yo solo recuerdo el día en que el sol se apagó a mediodía. Un olor a azufre, a piedras machacadas. Las casas de adobe más pobres se desplomaron como montones de arena. En la llanura, los carruajes del rey volcaron, y los caballos relinchaban con un terror que helaba la sangre. Fue breve, pero dejó una cicatriz en la tierra y en el alma. Fue como si el suelo, cansado de nuestra soberbia, hubiera dado un portazo. “Os subvertí como subvertí a Sodoma y Gomorra”, era la palabra que circulaba después, la palabra de Amós. “Y fuisteis como tizón salvado del incendio.” Así nos sentíamos: carbonizados, chamuscados, milagrosamente vivos pero sin entender por qué.
Y a través de todo esto, la vida religiosa bullía. Las peregrinaciones a Betel, las ofrendas voluntarias cada mañana, los diezmos cada tres días, como marcaba la costumbre piadosa de algunos. El incienso de Saba, los sacrificios de acción de gracias con animales cebados. Era un espectáculo de devoción, un clamor constante hacia el cielo. Pero era ruido. Puro ruido. Amós lo dijo sin piedad, allí, frente al altar de oro: “Vení a Betel y prevaricad; a Gilgal, y multiplicad la rebelión”. Él veía lo que nosotros no queríamos ver: que aquella religión era un vestido bonito sobre un cuerpo cubierto de llagas. Era nuestro intento de sobornar a Dios, de domesticarlo con rituales, mientras pisábamos al pobre, vendíamos al justo por un par de sandalias, y nos acostábamos en camas de marfil pensando que el reino era eterno.
La última vez que lo oí, su voz ya no era de furia, sino de un cansancio terrible, divino. “Por tanto, así haré yo a ti, Israel. Y porque esto haré, prepárate para venir al encuentro de tu Dios.” No hablaba de un encuentro de alianza, sino de un juicio. Lo echaron del santuario, por supuesto. Pero sus palabras se quedaron, como el olor a quemado después del relámpago.
A veces, en los días tranquilos, cuando mis nietos juegan y la tierra da su fruto (porque la gracia de Dios, a pesar de todo, es más tenaz que nuestra necedad), miro hacia el norte, hacia donde estaba Betel. Ya no hay santuario allí. Solo ruinas. Y recuerdo el polvo, la sed, el hedor a grano podrido, la fiebre de mi hijo, y el temblor de la tierra. Era como si alguien nos hubiera estado gritando, golpeando la puerta una y otra vez con desastres que eran, al final, susurros. Últimas llamadas. Y nosotros, sordos por el sonido de nuestras propias oraciones vacías, no supimos escuchar hasta que fue demasiado tarde. O quizá, solo quizá, algunos como yo, ahora viejos y llenos de memoria, empezamos a entenderlo. Y ese encuentro, del que hablaba el pastor, todavía está por venir. Nos preparamos para él cada día, no con sacrificios, sino con un corazón que, por fin, calla para poder oír.




