Biblia Sagrada

El Tallista y la Voz del Viento

El calor en el taller de Hananías era espeso, cargado del olor a cedro recién cortado y a la acre humedad del barro del Nilo amasado para los moldes. No era el calor limpio del desierto, sino uno pesado, que se pegaba a la piel como un segundo ropaje. Afuera, en las callejuelas de Jerusalén, se escuchaba el bullicio de la ciudad, los pregones de los vendedores, el balido lejano de un cordero. Pero aquí, dentro, el sonido dominante era el raspar metódico de la gubia de Hananías sobre un bloque de madera de terebinto.

Había comenzado al alba, como siempre. Primero, con el hacha, dando forma bruta al tronco. Luego, con el cincel, definiendo lo que serían los pliegues de un manto. Ahora, con herramientas más finas, trabajaba el rostro. No es que pretendiera darle una expresión concreta; los rostros de los dioses debían ser serenos, inescrutables, un puente entre lo conocido y lo temido. Este sería una representación de Shamash, el dios-sol babilónico, cuya influencia crecía como la sombra de una nube de tormenta desde el norte. Los mercaderes caldeos lo pedían, y la nobleza local, nerviosa ante los rumores de ejércitos, quería cubrirse todas las apuestas espirituales.

Hananías era un artesano, no un teólogo. Sus manos conocían el peso de la herramienta, la veta de la madera, la manera de fijar el oro en láminas finísimas sobre la superficie. Su teología era práctica: un dios bien hecho era un dios más propicio. Con un clavo de plata se fijarían después los brazos, articulados, para que pudieran ser movidos en las procesiones. Un dios inmóvil era un mal presagio.

Al mediodía, entró en el taller un hombre. No era cliente. Vestía un manto sencillo, raído en los bordes, y su rostro mostraba la dureza de quien ha caminado mucho bajo el sol. Se llamaba Jeremías, de Anatot. No dijo nada al principio. Se quedó junto a la puerta, observando las manos de Hananías dar vida a la madera muerta. En un rincón, la estatua inacabada de Astarté yacía cubierta con un lienzo. En otro, el torso de un toro alado, asirio, esperaba sus alas.

—Bella obra —dijo finalmente Jeremías, y su voz no sonaba a adulación, sino a lamento.

Hananías asintió, sin apartar los ojos de la línea de la ceja que estaba perfilando.

—Debe serlo. Un dios merece buena carpintería.

Jeremías avanzó un paso. El polvo de madera dorada flotaba en el rayo de sol que entraba por la ventana alta.

—¿Y qué le dirás cuando tiemble? —preguntó, suavemente.

El artesano dejó la gubia, irritado.

—¿Temblar? Es terebinto. Buena madera. Duradera.

—No hablo de la madera —repuso Jeremías. Su mirada recorrió el taller, los rollos de oro batido, los martillos, los clavos relucientes en un cuenco de barro—. Hablo del día en que el terror venga del norte. Cuando los reyes de la tierra se pongan pálidos y los sabios miren al cielo buscando una respuesta que no encontrarán. Ese día, este hermoso rostro no tendrá aliento en sus labios de cedro. Estos brazos, fijados con clavos, no podrán alzar ni una paja del suelo para ayudar a quien lo lleve a cuestas.

Hananías se secó las manos en el delantal. Aquel profeta siempre traía consigo una niebla de desasosiego.

—Es una representación, Jeremías. Un símbolo. Nadie aquí es tan necio como para creer que esta madera es el dios mismo.

—¿No? —Jeremías alzó la mano, señalando el proceso con un gesto lento, pesado—. Tú tomas un árbol del bosque. Un árbol que plantó la lluvia, que alimentó la tierra, que dio sombra al viajero. Con la mitad haces fuego para calentarte, para cocer el pan. Con la otra mitad… tallas un dios. Y luego… luego te postras. Le dices: ‘Sálvame, porque tú eres mi dios’. ¿No ves la locura?

Su voz se había elevado un poco, no con ira, sino con una tristeza profunda, arraigada. Fuera, un viento súbito agitó la puerta del taller, levantando una nube de serrín que bailó en el aire.

—Ellos —continuó Jeremías, como hablando consigo mismo, mirando más allá de las paredes, hacia el monte del Templo— son como un espantapájaros en un melonar. Están rígidos, hay que llevarlos, porque no pueden caminar. No hablan; hay que transportarlos, porque no pueden dar un paso. No tienen por qué temerles, porque no pueden hacer mal… ni tampoco bien.

Un silencio cayó entre los dos hombres. El sonido lejano de una trompeta desde la ciudadela parecía un lamento desgarrado por el viento. Hananías miró la estatua inacabada. Le pareció, por un instante, ver solo un trozo de madera. Solo eso. Un trozo de terebinto que había costado dos siclos.

—¿Y qué hay del otro? —preguntó Hananías, casi en un susurro—. ¿El tuyo?

Jeremías se volvió hacia él. En sus ojos había algo que no era triunfo, sino una certeza terrible y hermosa.

—Él no se hace —dijo—. Él es. Él hizo la tierra con su poder, estableció el mundo con su sabiduría, extendió los cielos con su inteligencia. A su voz se producen tumultos de aguas en los cielos; hace subir las nubes desde los confines de la tierra, convierte los relámpagos en lluvia, saca el viento de sus depósitos. Todo hombre se embrutece, sin ciencia; todo fundidor es avergonzado por la imagen fundida, porque su obra de fundición es mentira, y no hay aliento en ella.

El artesano miró sus manos, callosas, manchadas de resina. Recordó la sensación de la madera viva bajo sus dedos, cuando el árbol yacía recién cortado en el bosque. La savia, como lágrimas.

—Son vanidad —murmuró Jeremías, siguiendo su pensamiento—, obra de burla. En el tiempo de su castigo, perecerán.

La conversación murió ahí. Jeremías salió del taller, desapareciendo en la luz cegadora de la calle. Hananías se quedó solo, rodeado de sus dioses silenciosos. El calor seguía siendo espeso, pero ahora sentía un frío extraño en la base de la espalda. Tomó la gubia de nuevo, pero su mano titubeó sobre la ceja de Shamash. Afuera, el viento arreciaba, trayendo desde el desierto un susurro áspero, como de arena golpeando contra piedra. Era solo el viento, se dijo. Pero por primera vez en muchos años, el sonido le pareció una voz. Y supo, con una claridad repentina y desoladora, que aquel a quien Jeremías servía no estaba hecho de madera, ni de plata, ni de oro. Estaba en el viento. Y el viento no se podía clavar a un pedestal.

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