Biblia Sagrada

El Salmo Más Ancho

La tinta sobre el papiro estaba seca, un trazo negro y modesto en medio de columnas de texto mucho más extensas y elaboradas. El anciano Efraín, cuyo nombre significaba “fértil” pero cuyos huesos parecían ya de yeso seco, pasó un dedo nudoso sobre las palabras. No eran muchas. Solo dos versículos, un suspiro en la inmensa sinfonía del salterio. Desde su celda de escriba, en el barrio judío de Alejandría, el murmullo del gran puerto le llegaba como un rumor lejano y perpetuo.

“Alabad a Jehová, naciones todas; Pueblos todos, alabadle.”

Sus labios, agrietados, formaron las palabras en hebreo, luego en la *koiné* griega que llenaba los rollos que copiaba para los dispersos. No era un salmo para la guerra, como el de Débora; ni para el arrepentimiento, como el de David después de Betsabé. No hablaba de abismos, de sombras, de enemigos que pisoteaban. Era… simple. Demasiado simple, quizás. Como un grano de trigo en medio de un festín. Y sin embargo, allí estaba, entre los cánticos de ascenso graduales, un mandato que abarcaba el mundo conocido y el por conocer.

Efraín recordó la primera vez que lo había escuchado. No en la sinagoga, sino en boca de su abuelo, un hombre de Judea, mientras señalaba con su cayado hacia un mercader fenicio que regateaba ruidosamente en el mercado de Jerusalén. “Él también”, había gruñido el viejo, “a su manera, dentro de su confusión, obedece a algo. Pero un día, Efraín, la verdad le alcanzará. Y alabará. No por obligación, sino porque la verdad, cuando se ve, no puede sino ser alabada”. Aquel mercader era una “nación”. Aquel romano altivo que pasaba a caballo era un “pueblo”. El concepto le estallaba dentro del pecho, incómodo, expansivo.

El segundo versículo era el porqué. La razón de semejante llamado universal. “Porque ha engrandecido sobre nosotros su misericordia; Y la verdad de Jehová es para siempre.”

Aquí, Efraín hacía una pausa más larga. “Sobre nosotros”. Sobre Israel. El pueblo del pacto, la viña elegida. La misericordia, la *hesed*, ese amor firme y pactado que no se retira. Se había engrandecido. No era un secreto pequeño, un tesoro escondido para saborear en privado. Era un hecho tan monumental, tan desbordante, que su sola existencia clamaba por ser anunciada a todas las criaturas. Y la verdad, la *emeth* de Dios. No una filosofía, no un concepto. Una realidad sólida como la roca del Moriah, permanente como el ciclo de las estrellas que los sabios caldeos estudiaban en Babilonia. “Para siempre”. Una palabra que resonaba en el vacío de las tumbas y en el bullicio de los nacimientos.

Dejó el papiro. Le dolían los ojos. Afuera, el día declinaba. Decidió caminar. Alejandría era el crisol del mundo. Griegos de torso desnudo descargaban ánforas; egipcios con sus ropas de lino fino vendían amuletos de Isis; mercaderes árabes pregonaban especias cuyo aroma se enredaba en el aire salobre; legionarios romanos, con sus cotas de malla, patrullaban con pasos medidos. El “pueblo” y las “naciones”. Una miríada de dioses, de ritos, de esperanzas fragmentadas.

Se detuvo junto a un pozo donde una esclava núbia, de movimientos cansados, sacaba agua. Sus ojos se encontraron por un instante. En los de ella vio un destello de una humanidad tan profunda y fatigada que le cortó la respiración. “Alabad”. ¿Cómo? ¿Con qué palabras? ¿Qué cantaría esa mujer, que había sido arrancada de su tierra, si supiera que el Dios de Israel la amaba con una *hesed* fiel? No era un salmo para recitar, comprendió de pronto. Era una profecía. Una ventana abierta a un futuro donde el cántico no tendría una sola lengua, sino mil, diez mil armonías distintas para la misma verdad eterna.

De regreso a su celda, ya con las primeras lámparas encendiéndose como luciérnagas en la ciudad, Efraín no tomó el papiro para seguir copiando. En cambio, se sentó en su taburete, cerró los ojos y empezó a cantar, muy suavemente, la melodía tradicional que acompañaba al salmo 117. Era una tonada simple, ascendente, como los peldaños que llevaban al Templo. Pero en su mente, ya no la cantaba solo. La oía en la voz ronca de un pescador del Mare Nostrum, en el susurro ceremonioso de un sacerdote del Nilo, en el grito alegre de un niño escita. La oía, sobre todo, en el silencio elocuente de la esclava núbia, un silencio que podría transformarse, algún día, en alabanza.

La verdad de Jehová es para siempre. Y si es para siempre, pensó Efraín mientras la noche se posaba sobre Alejandría, entonces aún no ha terminado de cumplirse. Cada hora que pasa, cada latido de cada corazón en cada rincón de la tierra, es una oportunidad para que ese “alabad” se haga carne. Su tarea, la de un escriba viejo y olvidado en una ciudad gigantesca, no era solo preservar las palabras. Era, de algún modo infinitesimal, ayudar a que se cumplieran. Con su copia fiel, con su canto en la penumbra, con su mirada de reconocimiento a la esclava junto al pozo.

Antes de dormir, anotó unas palabras en un óstracon, un fragmento de cerámica desechado: “No es el salmo más breve. Es el más ancho. Contiene todos los mares, todas las lenguas, todos los siglos. Y a nosotros, grano de arena en su playa, nos toca vivir dentro de él”. Lo dejó sobre la mesa, junto al papiro inacabado. Mañana seguiría copiando. Pero ahora, el salmo 117 ya no era solo tinta. Era el mundo entero, esperando su tonada.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *