El sol, un disco de bronce candente, se hundía tras los cerros de Uz, alargando las sombras de los olivos hasta convertirlas en manchas azuladas. Job no las veía. Sentado en el umbral de lo que fue su casa, ahora un montón de escombros y cenizas apenas contenidos por los muros derruidos, el peso del día no estaba en el calor, sino en el silencio. Un silencio denso, poblado por los ecos de las voces que ya no estaban. Y en medio de ese silencio, una pregunta, la única que le quedaba, se alzaba como una torre oscura contra el cielo del crepúsculo: ¿por qué?
Pero antes del ‘por qué’, estaba el ‘quién’. Y el ‘quién’ que era él, Job, se rebelaba contra la acusación no dicha que pendía sobre su desgracia. No era la protesta de un inocente teórico, sino el inventario agotador de una vida. Con la vista fija en el horizonte donde el día moría, sus labios secos comenzaron a moverse, no en oración, sino en un juramento solemne, un pacto testimonial dirigido al vacío que sentía como la única presencia.
“Si miro a una muchacha con deseo oculto,” comenzó, y su voz era ronca, como la tierra agrietada, “si mi corazón se ha dejado seducir por la simple visión de su paso… entonces que mi mujer muela para otro, que otros se inclinen sobre ella. Porque eso sería una infamia, un fuego que consumiría hasta los cimientos de mi ser.”
Hizo una pausa. Un viento cálido acarició su rostro, trayendo el olor del polvo y la lejana flor de almendro. Recordó a su esposa, en otros tiempos, tejiendo a la sombra del granado. No era un recuerdo amargo, sino uno más que añadía peso a su declaración. Su integridad no era una pose; había sido la trama misma de sus días.
“Si he pisado con falsedad,” continuó, “si mis pies se apresuraron hacia el engaño… que Dios me pese en una balanza justa, y que conozca mi propia vileza. Si mis pasos se desviaron del camino recto, si mis ojos se dejaron guiar por la codicia… entonces que siembro una cosa y coseche otra, que mis propios esfuerzos me devoren.”
La oscuridad ganaba terreno. Las primeras estrellas, pálidas aún, titilaban. Job cerró los ojos por un momento, y le vino a la memoria la imagen de sus siervos. No como patrimonio, sino como rostros. “Si he despreciado la causa de mi siervo o de mi sierva cuando contendían conmigo… ¿qué haré yo cuando Dios se levante? ¿Y cuando él pida cuentas, qué le responderé? ¿Acaso no nos formó el mismo Hacedor en el vientre? ¿No nos dio a ambos el aliento de vida?”
Un eco de sus propias palabras, dichas en otros tiempos con convicción, le golpeó ahora con nueva fuerza. Era fácil hablar de justicia cuando los graneros estaban llenos. Pero él la había practicado. Recordaba al mendigo que se apostaba junto a su puerta, en los días de prosperidad. No con caridad distante, sino viéndolo a los ojos. “Si negué al pobre su deseo, si hice desfallecer los ojos de la viuda… si comí mi bocado solo, sin que el huérfano participase de él…” Su voz se quebró levemente. No por emotividad forzada, sino por la abrumadora claridad del recuerdo. El huérfano… cómo le gustaba a uno pequeño, de nombre ya olvidado, correr por los patios. Siempre le guardaba un trozo del pan más dulce.
Abrió los ojos. La noche era casi completa. “Si he visto a alguno perecer por falta de ropa, o al desvalido sin abrigo… si sus lomos no me bendijeron por el calor de la lana de mis corderos… entonces que mis hombros se caigan de su junta, que mi espalda se quiebre.”
Era un lenguaje corporal, visceral. Su sufrimiento actual le daba a esas palabras una textura tangible. El frío de la noche empezaba a calarle los huesos, y comprendía, en carne propia, lo que era la falta de abrigo.
“Si puse en el oro mi confianza,” musitó, y era una línea que surgía de lo más hondo de su ser mercantil, “si me regocijé porque mis riquezas eran muchas, o porque mi mano había hallado mucha fuerza… si contemplé el sol cuando resplandecía, o la luna majestuosa en su curso, y mi corazón se dejó seducir en secreto, y mi boca besó mi mano… eso también sería una iniquidad digna de juicio, porque habría negado al Dios soberano que está arriba.”
Ahí estaba la raíz. No solo los actos, sino la adoración. La tentación sutil de ver la creación y detenerse en ella, olvidando al Creador. En la opulencia, ese peligro acechaba cada día. En la ruina, también: la tentación de maldecir y volverse la espalda.
“Si me alegré del infortunio de mi enemigo, si me exalté cuando le halló el mal… no, ni siquiera los hombres de mi tienda pudieron decir: ‘¿Quién no se ha saciado de su carne?’.” El código del hospedaje, sagrado e inquebrantable. Ni al enemigo se le negaba el refugio básico. Job respiró hondo. El aire nocturno era frío ya.
“Si oculté mis transgresiones como Adán, escondiendo mi iniquidad en mi seno… si temí a la multitud del pueblo, o el desprecio de las familias me acobardó, y callé, sin salir a la puerta…”
La puerta. El lugar de la justicia, de la palabra pública. Su integridad no había sido cobarde, no había vivido escondido. Había hablado, había juzgado, había defendido. Había estado expuesto.
Y entonces, llegó al final de su defensa, que no era una defensa ante los hombres, sino un trazado de los linderos de su alma ante el cielo y la tierra vacíos. “¡Quién me diera quien me oyese! He aquí mi firma: que el Todopoderoso me responda. ¡Que mi adversario escriba su acusación! Ciertamente, la llevaría sobre mi hombro; me la ceñiría como una corona. Yo le declararía los pasos de mi vida; como un príncipe me presentaría ante él.”
Se quedó callado. El juramento había terminado. No había euforia, ni alivio, sólo la enorme fatiga de la verdad dicha hasta el fondo. Las estrellas brillaban con una luz fría y clara. Desde algún lugar en la oscuridad, un chacal aulló, un sonido solitario y rasgado.
Job no se movió. Había echado el inventario completo de su corazón, sin omitir nada, sin justificar nada. Ahora, sólo quedaba esperar. No una respuesta que explicase el dolor, sino un encuentro. Porque al final de toda la ética, de todos los juramentos y de toda la integridad posible, sólo quedaba eso: la esperanza abismal de ser visto, de ser oído, por Aquel cuya sombra, temible y fascinante, era más real que la propia ruina que le rodeaba. Y en ese silencio posterior a la palabra, había algo que no era derrota, sino una especie de paz áspera y desnuda, la paz del que no tiene nada más que perder, excepto la verdad de lo que ha sido.



