Biblia Sagrada

El Nombre Impuesto y la Palabra que no se Quema

El calor del verano en Jerusalén era un manto pesado, cargado con el olor a polvo, incienso quemado y una tensión que se palpaba en las callejuelas. En el palacio, la sombra de los cedros apenas aliviaba la sofocante presión que caía sobre el reino. Joacaz, el hijo de Josías, llevaba apenas tres lunas en el trono cuando el faraón Necao lo mandó encadenar. Lo supe por los rumores que corrían entre los mercaderes, un susurro áspero que decía que el rey había sido llevado a Egipto como un trofeo. Su hermano, Eliaquim, se sentó en su lugar. El faraón le cambió el nombre, un gesto de dominio absoluto. Joacim. Así lo llamaríamos desde entonces, un rey con nombre impuesto, gobernando con la sombra de Egipto sobre su espalda.

Joacim no aprendió la lección. Durante once años, su corte fue un reflejo torcido de la santidad que una vez habitó aquellos muros. Erigió ídolos con la plata de los impuestos, escuchó a los falsos profetas cuyas palabras eran miel para sus oídos, y desoyó las advertencias ásperas y claras que llegaban de la boca de Jeremías. Recuerdo una vez, un rollo de advertencias divinas llegó a sus manos. Estábamos en la estancia invernal, un fuego crepitaba. Él tomó el cuchillo de su escriba y, con un gesto de hastío mezclado con desdén, fue cortando el pergamino tira a tira, arrojando las tiras al fuego. Las palabras se consumían, convertidas en un humo amargo que se enredaba en las vigas. Pero las palabras de Dios no se queman tan fácil. Se arraigan en la tierra, en la historia, en el castigo que germina lento pero inexorable.

Luego vino su hijo, Joaquín. Un muchacho de rostro liso y mirada nerviosa. Reinó cien días, apenas tiempo para entender la pesadumbre de la corona. Fue en la primavera cuando las águilas de Babilonia oscurecieron el horizonte. Nabucodonosor. Su nombre era un golpe seco en la boca de todos. La ciudad, orgullosa y decadente, no pudo resistir. Vi cómo salió Joaquín, con su madre y sus siervos, sus príncipes y sus eunucos, encadenados como una procesión de espectros. El botín que se llevaron los caldeos… los utensilios de la casa de Dios, de oro macizo, fueron arrancados de su lugar con brutal eficacia. Eran como dientes arrancados de una boca sagrada. Cada carro que salía por la puerta era un jirón del alma de Judá.

El rey de Babilonia puso luego en el trono a un tío de Joaquín, a Mattanías. También le cambió el nombre. Sedecías. Era un hombre débil, de carácter blando como cera, que se dejaba moldear por cualquier consejo urgente. Tenía los ojos del profeta Jeremías clavados en él, recordándole la ley, la alianza, la necesidad de humillarse. Pero él prefería escuchar las voces fanfarronas de los príncipes, que hablaban de alianzas secretas con Egipto, de rebelión. Sedecías juró por el nombre de Dios lealtad a Nabucodonosor, y quebrantó el juramento sin pestañear. Aquel perjurio fue la gota que colmó la copa de la ira.

El asedio final llegó como un invierno de hierro. Durante meses, el cerco estranguló a Jerusalén. El hambre se hizo dueña de las calles. Después, el sonido de las máquinas de guerra, el impacto de los arietes contra piedras milenarias. Y por fin, una brecha en el muro norte. El grito de los babilonios entrando a sangre y fuego. Sedecías intentó huir de noche, una sombra entre sombras, hacia los llanos de Jericó. Pero la huida de los cobardes rara vez tiene éxito. Lo capturaron. Y lo llevaron ante Nabucodonosor, que estaba acampado en Ribla. Allí, ante sus ojos, degollaron a sus hijos. Fue lo último que vio Sedecías antes de que le sacaran los ojos con hierros al rojo. Luego, ya ciego, lo ataron con cadenas de bronce para arrastrarlo a Babilonia. A veces pienso en ese viaje: la oscuridad perpetua, el sonido de los grillos, el eco de los gritos de sus hijos que ya nunca se apagaría.

La ciudad quedó desnuda y vulnerable. El mes siguiente, Nabuzaradán, capitán de la guardia, entró en Jerusalén con una misión metódica y terrible. Quemó la casa de Dios, la casa del rey, todas las casas grandes. Las llamas lamieron los cedros tallados, devoraron los tapices, redujeron a carbón lo que era gloria. Después, sus soldados, como hormigas de acero, derribaron los muros de Jerusalén en todo su contorno. No quedó piedra sobre piedra que hablara de fortaleza. Lo que el fuego no tomó, el saqueo lo hizo. Los tesoros, grandes y pequeños, los vasos del templo que aún quedaban, todo fue cargado en pesados carromatos camino al exilio.

A la gente, a los que sobrevivieron a la espada, los llevaron cautivos a Babilonia. Los vi marchar, una columna interminable y polvorienta, con la mirada perdida más allá del desierto. Se convirtieron en siervos del rey y de sus hijos, hasta que el imperio persa se alzó. La tierra, nuestra tierra, quedó en reposo. Cumplió sus años de reposo, setenta años de un silencio extraño y yermo, como si ella misma estuviera guardando luto por un pueblo que había olvidado su propio corazón.

Pero en medio de aquella desolación, una semilla de promesa, tan tenue como el primer hilo de plata en el alba, empezó a germinar en un lugar impensado: el corazón de un rey pagano. Porque el Espíritu de Dios se mueve donde quiere. Y en el primer año de Ciro, rey de Persia, mientras los rollos de Jeremías seguían leyéndose en voz baja junto a los ríos de Babilonia, el decreto resonó en todos los rincones de su reino: “Jeová, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha encargado que le edifique casa en Jerusalén. Quien de entre vosotros sea de su pueblo, suba”.

La palabra, al fin, no se había quemado. Había sobrevivido al fuego, al exilio, a la ruina. Y ahora llamaba, con una voz antigua y nueva, a volver a casa.

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