La noche caía sobre las tierras altas, y el aire olía a tierra húmeda y a humo de leña de encina. En el interior de una tienda de pelo de cabra, cuya trama dejaba pasar diminutos hilos de luz del fuego exterior, un hombre mayor se ajustaba el manto sobre los hombros. Frente a él, un niño, su nieto, lo miraba con esa mezcla de cansancio y curiosidad que precede al sueño.
—Abuelo, ¿de quién venimos?
El viejo sonrió, una grieta en un rostro curtido como el cuero viejo. Tomó un carbón del borde de la pequeña fogata que tenían en un cuenco de piedra y, sobre una losa lisa y clara que usaban para tales fines, empezó a trazar marcas. No eran letras aún, sino figuras, esquemas que la memoria de su pueblo guardaba desde tiempos inmemoriales.
—Vienes de una línea que no se rompe, niño. Una cadena de nombres que son como los eslabones de un collar muy antiguo, tan antiguo como la tierra misma. Escucha.
Y su voz, grave y arrulladora, se fundió con el crepitar del fuego.
—Todo comenzó con un nombre: Adán. El hombre del polvo, el primero. De su costilla, Eva, la madre de todo lo viviente. De ellos… bueno, de ellos viene una historia de dolor y de promesa, pero esa es otra conversación. De ellos nacieron hijos, y de esos hijos, más hijos. Los nombres, hijo mío, guardan el aliento de Dios. Set, Enós, Cainán, Mahalaleel, Jared… hombres que caminaron con el peso de los siglos sobre los hombros.
El niño se recostó sobre una piel de oveja, los ojos fijos en las sombras que danzaban en el techo de la tienda.
—¿Eran buenos?
—Eran hombres —respondió el abuelo, con una sencillez que lo decía todo—. Algunos buscaron el rostro del Señor, como Enoc, que caminó con Dios y luego… ya no estuvo, porque Dios se lo llevó. De él nació Matusalén, el de los días más largos, y de Matusalén, Lamec. Y de Lamec…
Hizo una pausa, el carbón se detuvo. El nombre siguiente tenía un sabor a diluvio, a juicio y a gracia.
—Noé. Este nombre lo conoces. El hombre del arca, el que encontró favor ante los ojos del Eterno cuando la tierra se llenó de violencia. De Noé salieron, tras las aguas, los tres pilares del mundo que conocemos: Sem, Cam y Jafet.
Aquí, el relato se bifurcó como las raíces de un roble centenario. El anciano empezó a enumerar, y su voz tomó un tono ritual, el de quien recita una letanía sagrada, pero intercalaba pausas, suspiros, como si cada nombre le evocara una imagen, un rumor de desierto o el eco de un mercado lejano.
—De Jafet, Gomer, Magog, Madai, Javán, Tubal, Mesec y Tiras. Gentes del norte, de las islas, de las costas lejanas donde los barcos tienen velas extrañas. De Cam, Cus, Mizraim, Fut y Canaán. Ah, Mizraim… ese nombre significa Egipto, la tierra del Nilo poderoso y de los dioses de piedra. De Cus nació Nimrod, el primer poderoso en la tierra, un vigoroso cazador delante del Señor. Fundador de Babilonia, de Erech, de Acad.
El niño bostezó, pero sus ojos seguían abiertos. Los nombres eran ríos, montañas, ciudades que su imaginación pintaba con colores brillantes.
—Y luego está Sem, nuestro tronco, hijo —dijo el abuelo, y su voz se tiñó de un calor especial—. De él, todos los hijos de Eber, los hebreos. Elam, Asur, Arfaxad, Lud y Aram. De Arfaxad, Sala. De Sala, Heber. Y de Heber nacieron dos hijos: uno se llamaba Peleg, porque en sus días la tierra fue repartida… se dividieron los pueblos, las lenguas se confundieron tras la torre aquella que quiso llegar al cielo. El hermano de Peleg fue Joctán. Y Joctán tuvo trece hijos… Almodad, Selef, Hazar-mavet, Jerah, Hadoram, Uzal, Dicla, Obal, Abimael, Seba, Ofir, Havila y Jobab. Todos ellos habitaron desde Mesa hasta Sefar, la región montañosa del oriente. Gentes de caravanas, del incienso y del oro.
La losa estaba ahora llena de círculos y líneas que se entrelazaban, un mapa invisible de generaciones. El anciano tomó aliento. Lo más importante estaba por llegar.
—Pero la línea, la línea de la promesa, siguió por Peleg. De Peleg, Reu. De Reu, Serug. De Serug, Nacor. De Nacor, Taré.
—¡Taré! —exclamó el niño, reconociendo un nombre de las historias de viajes—. El padre de Abram.
—Sí —asintió el viejo, y una chispa de gozo encendió su mirada—. Taré. Y Taré engendró a Abram, a Nacor y a Harán. Harán murió antes que su padre, en Ur de los caldeos, y dejó un hijo: Lot. Pero Abram… Abram es el punto donde la cadena deja de ser sólo un recuerdo y se convierte en camino. El Señor le habló a Abram. Le dijo ‘Vete’. Y él vino. A él le prometió una tierra, una descendencia más numerosa que las estrellas… y de quien, hijo mío, tú y yo descendemos.
Calló. El carbón se había gastado en sus dedos, dejando una mancha oscura. Fuera, un chacal aulló a lo lejos. El fuego chisporroteó, bajando ya a brasas.
—Todos esos nombres —murmuró el niño, medio dormido—. Son muchos.
—Son raíces —susurró el abuelo, acariciando la cabeza del pequeño—. Raíces que se hunden en la profundidad del tiempo, hasta el primer jardín. Algunas dan fruto dulce, otras espinas, pero todas sostienen el árbol. Sin Adán, sin Set, sin Noé, sin Sem, sin Heber, sin Peleg, sin Taré… no estaría Abram. Y sin Abram, no estaría la promesa. Y sin la promesa, no estaríamos nosotros aquí, esperando.
La losa, con sus marcas enigmáticas, quedó a un lado. La historia, la verdadera, no estaba en la piedra, sino en la memoria viva que acababa de fluir de sus labios, mezclada con el olor a humo y a noche. Una genealogía no es sólo una lista, pensó el anciano mientras arropaba al niño. Es un río subterráneo de sangre y fe, que lleva, desde el origen de todo, el agua viva de una promesa. Y esa noche, una gota más de ese río había pasado a la siguiente generación. Era suficiente.




