Biblia Sagrada

El Susurro de las Parteras Valientes

El sol de Egipto, ese sol antiguo y pesado como el oro de los faraones, caía a plomo sobre los ladrillos de barro y paja. El aire vibraba sobre la llanura, cargado del olor a río, a cieno fértil, y al sudor de miles de hombres y mujeres que doblaban la espalda desde el alba. Ya no se llamaban a sí mismos los hijos de Jacob. Eran los ‘apiru, una palabra áspera en boca de los capataces egipcios, una palabra que significaba trabajador, extranjero, otro.

Habían llegado con honores, en los días lejanos de José, el visir que salvó a Egipto del hambre. Su padre Jacob y sus hermanos se establecieron en la tierra de Gosén, un rincón graso y bueno para los rebaños. Se multiplicaron. No fue un crecimiento sencillamente numérico; era una fuerza telúrica, como los juncos a la orilla del Nilo después de la inundación: silenciosos, verdes, imparables. Las familias se extendían, las tiendas de campaña dieron paso a casas de adobe, los campamentos a poblados, los poblados a una especie de nación dentro de la nación. Las mujeres hebreas parecían bendecidas con una fecundidad que asombraba incluso a las parteras más experimentadas. Tenían hijos con una robustez que hablaba de un favor invisible, de una promesa que latía en la sangre.

En el palacio de Tebas, un nuevo faraón ascendió al trono. No conocía a José. En las escuelas de los escribas, el nombre del hebreo salvador era ya una leyenda borrosa, un cuento para niños. Lo que este faraón veía, o lo que sus espías y administradores le mostraban, era un pueblo extranjero, compacto y extrañamente vital, asentado en el corazón estratégico del Delta. Una espina en el flanco de Egipto. El temor es un consejero pérfido, y susurró al oído del rey: “Si estalla una guerra, si un enemigo presiona desde el este, estos hebreos podrían unirse a él. Son demasiados. Y su fuerza es la nuestra, pero podría volverse en nuestra contra”.

Así comenzó la argamasa de la opresión. Primero fue la astucia. “Pongámoslos a trabajar en obras públicas, bajo vigilancia. Así los controlamos y aprovechamos su vigor”. Los capataces, hombres de rostro curtido y brazos delgados pero fuertes, recibieron las órdenes. Y el pueblo que construía sus propias casas con amor fue arrancado al alba para construir almacenes para el faraón, ciudades-granero como Pitón y Ramsés. La tarea era dura, pero llevadera al principio. Sin embargo, el yugo se fue apretando. La argamasa ya no era solo barro y paja. Ahora debían fabricar sus propios ladrillos, encontrar su propia paja, mientras la cuota diaria permanecía inmutable, una cifra grabada en las tablillas de los supervisores que no admitía lágrimas ni excusas.

El sol, que antes calentaba los juegos de los niños, ahora quemaba los hombros de los hombres encorvados sobre los moldes de ladrillos. El aire, que antes olía a pan recién horneado en las casas hebreas, se saturó del polvo seco de la paja picada y del hedor ácido del sudor y la desesperación. Los cantos de trabajo, esos salmos rítmicos que aliviaban la carga, se apagaron. Solo se oían las órdenes secas en egipcio, el golpe sordo de la tierra en los moldes, el jadeo de los pulmones que pedían aire. Los capataces, al principio distantes, se volvieron crueles. El látigo de cuero de hipopótamo silbaba en el aire y encontraba su blanco en espaldas ya marcadas. Era una crueldad sistemática, fría, destinada a quebrar el espíritu, a gastar la fuerza vital de aquel pueblo en interminables hileras de ladrillos sin nombre.

Pero sucedió algo que desconcertó a los sabios del faraón y enfureció a los capataces: cuanto más los oprimían, más se multiplicaban y más se expandían. El trabajo forzado no consumía su vitalidad; parecía, contra toda lógica, alimentarla. Las mujeres seguían dando a luz en la penumbra de sus casas, después de jornadas agotadoras. Los niños crecían delgados pero resistentes, con una luz de desafío en los ojos. El temor en el corazón del faraón se convirtió en pánico, y el pánico en una rabia obscena.

Entonces, la opresión dejó de ser económica y física para volverse genocida. El faraón llamó en secreto a dos mujeres. No eran princesas ni sacerdotisas. Eran Sifra y Fuvá, las parteras principales de las hebreas. Sus nombres, simples y humildes, quedarían grabados para siempre en la memoria del cielo. Eran mujeres de manos hábiles y corazón valiente, que conocían el misterio de la vida llegando al mundo entre dolor y esperanza.

El faraón, en la fresca penumbra de una sala de columnas, les dio la orden con voz sibilante: “Cuando asistáis a las hebreas en el parto, y veáis que dan a luz en el escabel, si es hijo, lo mataréis; si es hija, que viva”. El escabel era el asiento de dos piedras sobre el que se colocaban las mujeres para dar a luz. Era el momento de máxima vulnerabilidad, cuando la vida pendía de un hilo. El plan era diabólico en su simplicidad y eficacia: ahogar el futuro en su primer aliento, y hacerlo a manos de quienes estaban llamadas a protegerlo. Que la muerte vistiera el delantal de la comadrona.

Sifra y Fuvá salieron del palacio. El peso de la orden del hombre más poderoso de la tierra era como una losa sobre sus hombros. Pero en sus oídos resonaba otro peso, más antiguo y más profundo: el temor de Dios. No el temor servil, sino el reconocimiento abrumador de un Poder ante el cual los tronos de Egipto eran juguetes de arena. Ellas conocían el milagro que latía en cada contracción, habían visto el rostro del Creador en el primer vagido. Y se miraron. No hubo necesidad de largas deliberaciones. Una misma convicción, forjada en la intimidad sagrada de mil partos, selló su decisión.

Volvieron a sus quehaceres. Y cuando eran llamadas a una cabaña hebrea, cuando el aire se llenaba del quejido del trabajo de parto y el aroma denso a hierbas, ellas hacían su labor con manos expertas y corazón entero. Y los niños vivían. Llegaban al mundo y llenaban la estancia con su llanto, un sonido que era un himno de victoria. Los padres, con lágrimas de alivio y temor, los envolvían en paños y los escondían lo mejor que podían.

No pasó mucho tiempo antes de que el faraón, alarmado por los informes que hablaban de que los barrios hebreos seguían resonando con el llanto de varones, llamara de nuevo a las parteras. Su ira era fría como el agua del Nilo en invierno. “¿Por qué habéis hecho esto y habéis dejado con vida a los niños?”

Sifra y Fuvá se presentaron. No bajaron la mirada. La respuesta que dieron surgió de una sabiduría que bordea la santa ironía, y quizás de un destello de inspiración divina para burlar al tirano. “Es que las mujeres hebreas no son como las egipcias –dijeron–. Son mujeres llenas de vida. Antes que la partera llegue a ellas, ya han dado a luz.” Era una excusa verosímil. Pintaba a las hebreas como criaturas casi salvajes, de una vitalidad animal e incontrolable, que parían con la facilidad con que una gata tiene sus crías en un rincón oscuro. ¿Cómo iba a contradecir eso el faraón? No iba a entrar en los tugurios de los ‘apiru a cronometrar partos.

El rey de Egipto tragó la explicación, con rabia pero con impotencia. No podía probar su mentira. Y Dios, dice el relato, trató bien a las parteras. El pueblo siguió multiplicándose y haciéndose poderoso. Y porque las parteras temieron a Dios, él les dio descendencia, una familia, un futuro en medio de la noche que se cernía. Un pequeño acto de valentía, un “no” silencioso pronunciado en la antesala de la vida, había cambiado el curso de los acontecimientos.

Frustrado en su estratagema clandestina, al faraón solo le quedó la brutalidad desnuda, la orden pública y monstruosa. La emisión fue un grito de terror convertido en ley: “¡Echad al Nilo a todo hijo que nazca! ¡A las hijas, dejadlas con vida!”. El río, la fuente de toda vida en Egipto, el dios Hapi que traía la fertilidad, fue pervertido en instrumento de muerte. Los soldados recorrían los barrios hebreos, registrando casa por casa. El llanto de un recién nacido ya no era motivo de gozo, sino de terror.

Y fue entonces, bajo esta sombra asesina, en un hogar cualquiera de la tribu de Leví, donde una mujer dio a luz a un niño. No era el primero. Tenía una hija mayor, Miriam, y un hijo pequeño, Aarón. Pero este nuevo niño llegó en los días más oscuros. Sus padres lo vieron, y era hermoso, dice el texto. Una belleza que no era solo física, sino un destello de gracia, una promesa palpable. Y el amor, más fuerte que el decreto de la muerte, se alzó en sus corazones. Lo escondieron. Durante tres meses lunares, la casa se convirtió en una fortaleza de susurros y miradas de alerta. El niño, quizás de carácter tranquilo, no delataba con llantos fuertes su presencia. El olor a leche, los pañales lavados en secreto, la tensión constante de que un grito o un rumor los traicionara… Fueron noventa días de felicidad robada, de amor apremiado por la amenaza.

Pero el niño crecía. Ya no era el recién nacido que dormía profundamente. Su llanto se hacía más fuerte, sus movimientos más difíciles de ocultar. Pronto, muy pronto, los soldados lo encontrarían. La casa, por más amor que tuviera, ya no era una prisión segura. Había que idear otro escondite, una estrategia más audaz. La madre, con el corazón desgarrado, tomó una decisión. No lo entregaría al río de la muerte. Lo confiaría al río de la vida, al mismo Nilo que el faraón había profanado. Lo pondría en manos del mismo Dios que había protegido a las parteras. Y con manos temblorosas pero resueltas, comenzó a tejer una cestilla de papiro, embadurnándola con betún y pez para hacerla impermeable. No era un ataúd. Era un arca diminuta, una nave de esperanza en un mar de desesperación.

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