El olor a serrín y cera de abejas aún flotaba en el aire del pequeño taller, aunque hacía años que las herramientas descansaban. Juan, el anciano, apoyaba la palma de su mano sobre la superficie áspera de un banco de madera sin pulir. La luz de la tarde, anaranjada y densa, se colaba por la única ventana alta, iluminando un enjambre de motas de polvo que danzaban sin prisa. No era la luz cegadora del mediodío en el mar de Galilea, ni la luz fantasmagórica de la transfiguración en la montaña. Era una luz doméstica, que revelaba las vetas de la madera, los nudos, las grietas del tiempo. Una luz que, pensaba, mostraba las cosas tal como eran.
Sus dedos, nududos y surcados de años, recorrieron una hendidura profunda en la madera. *Lo que era desde el principio…* La frase le vino no como un dogma, sino como un aroma lejano, como el olor a sal y redes mojadas. El principio no era un punto en un rollo de pergamino; era una Presencia. Una voz que decía “sígueme” junto a una orilla pedregosa. Era el peso de una cabeza apoyada en su hombro durante una cena. Era el sonido de su propia risa, joven y libre, mezclándose con la de Pedro y Santiago, después de una pesca milagrosa. Eso era el principio: una vida compartida, tocada, escuchada, contemplada con estos mismos ojos que ahora se nublaban. No una idea, sino unos pies cansados y polvorientos que él había lavado.
Un gemido leve de la madera bajo su peso le devolvió al presente. La luz de la ventana comenzaba a declinar, y las sombras en el rincón donde se apilaban unos rollos de papiro se hacían más espesas, casi líquidas. Ahí estaba la otra parte. La oscuridad. No una oscuridad abstracta, sino la concreta y aterradora que había envuelto el huerto de Getsemaní, una oscuridad que parecía querer apagar la lámpara de la luna. La que se había instalado en su propio corazón cuando huyó, cuando negó conocer la Luz. La memoria de aquella oscuridad le producía aún un frío en la base del espinazo.
Suspiró, y el suspiro se convirtió en un murmullo. “Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos.” La palabra “comunión” – *koinonia* – resonaba en su mente griega con un eco de monedas compartidas, de pan partido, de un destino común. No se podía tener eso y, a la vez, esconderse en los callejones de la mentira, el odio o la soberbia. Era como pretender estar en la franja dorada de la luz de la ventana mientras se permanecía voluntariamente agachado en el rincón más negro del taller. Una farsa. Su propio cuerpo, su propia experiencia, lo desmentían. La luz lo mostraba todo. Incluso el polvo en los estantes que su vieja esposa ya no podía limpiar.
Se levantó con esfuerzo, los huesos crujiendo en una sorda protesta. Caminó hacia la pila de papiros. Tomó uno y volvió al banco, a la franja de luz que ahora era más tenue, más rojiza. Mojó la pluma en el tintero. La tinta era negra, pero lo que iba a escribir era sobre la luz. Sobre declarar, con una candidez que a los sabios de este mundo les parecería locura, que Dios es luz, y que en él no hay tinieblas ninguna. Ninguna. Ni un rincón de sombra, ni una grieta de malicia, ni un atisbo de engaño. Una afirmación absoluta, peligrosa, que partía el mundo en dos.
Y entonces, la pluma se detuvo. Porque si eso era cierto –y él sabía que lo era, lo había visto en la misericordia de unos ojos que le buscaron después de su traición–, entonces nuestra condición quedaba al desnudo. Andar en la luz era andar en la verdad. Y la verdad sobre uno mismo era a menudo fea, un desorden de intenciones mezcladas, de pasos en falso, de sombras interiores que se aferraban al alma. *Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.* Escribió la frase, y la letra tembló un poco. No era una acusación para lanzar contra otros. Era el recuerdo de la mirada de Pedro junto a la fogata, después del canto del gallo. Era la confesión silenciosa que él mismo hacía cada noche, cuando repasaba el día y encontraba la impaciencia, el juicio apresurado, el amor que había dejado de dar.
Pero la luz, la maravillosa y terrible luz, no estaba ahí solo para mostrar la suciedad. Estaba ahí para limpiarla. Aquí es donde su corazón, viejo y cansado, se llenaba de una vigoria extraña, juvenil. Porque la luz era también calor. Era el fuego del perdón. *Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.* La pluma corrió ahora con más fluidez. “Fiel y justo”. No solo misericordioso. Justo. Porque la deuda había sido saldada en una cruz cuyo madero, pensó de pronto, debió tener vetas y nudos como este banco sobre el que escribía. La justicia había sido satisfecha; la fidelidad del amor había cumplido su promesa. La limpieza no era un barniz superficial. Era un lavado a fondo, una restauración del alma tan real como el agua del pozo de Sicar que quitó la sed para siempre.
La habitación estaba casi a oscuras. Solo un último destello carmesí teñía el borde de la ventana. Juan dejó la pluma. No encendió la lámpara de aceite de inmediato. Se quedó sentado en la penumbra, que ya no le parecía hostil, porque era una penumbra transitoria, derrotada. Mañana volvería la luz. Y mientras tanto, la comunión –esa *koinonia* de la que hablaba– no se rompía. Porque la confesión era el acto de caminar hacia la luz, de exponer la grieta de la madera para que la gracia la sellara. No era un salón del trono lejano; era este taller polvoriento, donde un anciano, con toda la fragilidad de sus años y la solidez de su memoria, sabía que había sido perdonado, limpiado, y que la Luz, contra toda evidencia del crepúsculo, jamás se extinguía.
Al final, encendió la mecha. Una pequeña llama amarilla brotó, titilante, y proyectó su figura agrandada y temblorosa contra la pared de piedra. Era una luz pequeña, humilde. Pero era luz al fin. Y en ella, él caminaba.




