Biblia Sagrada

La Roca en los Últimos Días

El aire en la aldea de Listra olía a polvo caliente y a humo lejano. No era el humo reconfortante de los hogares al atardecer, sino el rastro acre de una hoguera que había consumido cosas que no debían quemarse. Marcos, el anciano a cargo del pequeño grupo de creyentes, caminaba con paso lento por el sendero de tierra, su sombra larga y temblorosa adelantándose a él en el ocaso. Sentía un cansancio que no era solo de los huesos, sino del alma. La carta, arrugada y suave por el manejo, pesaba en el pliegue de su túnica como una losa.

Todo había comenzado, como suele suceder, con pequeños cambios. Un brillo nuevo en los ojos de algunos cuando hablaban de ofrendas, un susurro que se callaba a su llegada, una prisa por irse después de la reunión. Luego vinieron las palabras. Silvano, el mercader de púrpura que se había unido al año pasado, hablaba con una elocuencia que derretía los corazones. Hablaba de prosperidad, de un evangelio sin cruz, de una libertad que sonaba a licencia. Sus palabras eran miel, pero Marcos notaba el regusto amargo. Los jóvenes, especialmente, lo seguían con avidez. ¿Por qué someterse a las austeras enseñanzas del viejo Marcos cuando Silvano prometía bendición inmediata y reconocimiento?

Recordó las palabras de la carta de Pablo a Timoteo, su amigo, su hijo en la fe. Las había leído hasta memorizarlas en los largos viajes. *“Pero debes saber esto: que en los últimos días vendrán tiempos difíciles. Porque los hombres serán amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos…”* La lista era un espejo espantoso donde la aldea, y su propia pequeña congregación, comenzaba a reflejarse.

No eran monstruos. Ese era el engaño. Lucila, la viuda, antes tan dadivosa, ahora calculaba cada moneda de cobre, murmurando que debía “invertir en su porvenir”. El joven Tito, antes tan respetuoso, ahora replicaba con una sonrisa desafiante, citando de memoria los discursos de Silvano sobre la “autoridad personal”. Había disputas tontas por los asientos, por quién dirigía la oración, por la interpretación de un salmo. Un rencor sordo crecía, alimentado por susurros y murmuraciones.

Y estaba Demas. Ah, Demas. Había sido como un hijo. De manos callosas y fe sencilla, solía quedarse después de las reuniones a ayudarle a ordenar los rollos. Ahora apenas lo saludaba. Marcos lo había visto el día anterior, en el foro, riendo con un grupo de comerciantes amigos de Silvano. Vestía una túnica nueva, de un corte algo ostentoso para su humilde oficio de carpintero. Sus ojos, al encontrar los de Marcos, se habían desviado rápido, con un destello de algo que podía ser vergüenza o desdén.

Llegó a su humilde casa, al borde de la aldea. Encendió una lámpara de aceite. La luz danzó sobre la superficie áspera de la mesa y sobre su tesoro más preciado: los rollos. El de las Sagradas Escrituras, viejo y querido, y las cartas de Pablo, más recientes pero ya desgastadas en los bordes. Se sentó, no a estudiar, sino a aferrarse. Desenrolló la de Timoteo otra vez. Sus ojos, ya débiles, buscaron no la lista de males, que conocía demasiado bien, sino las palabras que venían después.

*“Pero tú, persiste en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.”*

Un suspiro, largo y tembloroso, le salió del pecho. No era un suspiro de derrota, sino de oxígeno. Ahí estaba. En medio del fango creciente, la roca. No en su propia fuerza, que flaqueaba; no en su elocuencia, que nunca tuvo; no en su capacidad para disputar con Silvano, cuyo ingenio era rápido como una serpiente. La roca estaba en lo aprendido. En lo creído. En las Escrituras.

Al día siguiente era día de reunión. El aire estaba cargado, no solo de calor. Silvano llegó primero, con un grupo alrededor. Hablaba en voz baja, sonriente. Cuando Marcos comenzó a leer del profeta Isaías, notó miradas de impaciencia. Silvano, cuando llegó su turno de compartir, no habló de la lectura. Habló de sueños, de visiones que, según dijo, Dios le daba. Habló de una unción especial para los que “se atrevieran a creer lo grande”. Sus palabras eran atractivas, huecas y dulces, como un pastel de miel sin harina.

Marcos sintió el viejo fuego, no de ira, sino de una tristeza firme. Calló hasta que Silvano terminó. El silencio fue incómodo, denso. Todos lo miraron.

“Hermano Silvano,” comenzó Marcos, y su voz sonó ronca pero clara en el aire quieto. “Gracias por tus… impresiones. Me recuerdan, sin embargo, a las advertencias del apóstol. Él habló de algunos que, teniendo comezón de oídos, se amontonan maestros conforme a sus propias pasiones. Y que apartan el oído de la verdad para volverse a las fábulas.”

Silvano palideció un poco, pero su sonrisa no se borró. “¿Fábulas, anciano? ¿Llama fábulas a las revelaciones del Espíritu?”

“El Espíritu,” dijo Marcos con calma, desenrollando lentamente el pergamino de Pablo, “no habla lo que no ha dicho antes. No nos da nuevos evangelios. Nos guía a toda la verdad, que ya nos fue dada en Cristo y registrada por los apóstoles. Lo que tú describes, Silvano, se parece más al deseo del corazón del hombre que a la cruz de Cristo. Ofreces la corona sin la cruz. Eso no es el evangelio. Es otro.”

La reunión estalló en un murmullo. Algunos, los más veteranos, asintieron con caras graves. Otros, los seguidores de Silvano, pusieron caras de indignación. Demas no miraba a nadie, jugueteaba con el borde de su túnica nueva.

Silvano, herido en su orgullo, dejó la reunión con sus adeptos. La pequeña casa se sintió más vacía, pero el aire, de repente, era más respirable. Marcos terminó la reunión leyendo, lenta y claramente, las palabras finales del capítulo. *“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.”*

No hubo discusión. Solo la palabra, desnuda y clara, colgando en la habitación. Algunos se fueron pensativos. Lucila se acercó después, y sin decir nada, dejó una bolsita con monedas para los necesitados de Jerusalén. Un acto pequeño, un giro silencioso.

Demas fue el último en irse. Se quedó parado en la puerta, como hacía antes. No dijo nada por un largo rato. Finalmente, alzó la vista. Sus ojos tenían el brillo turbio de las lágrimas contenidas.

“Él me dijo que era la verdadera unción,” murmuró. “Que tú eras… viejo. Que te aferrabas a cosas pasadas.”

Marcos no se movió de su asiento. “¿Y tú qué crees, Demas?”

El joven miró hacia el suelo, donde la luz de la lámpara hacía bailar su sombra. “No sé. Pero… las palabras de Silvano, después de un rato, suenan a hueco. Como un tambor. Y lo que leíste hoy… duele, pero suena a verdad. Suena a… a algo sólido.”

“La verdad a menudo duele antes de sanar,” dijo Marcos suavemente. “Como el hueso que se debe enderezar.”

Demas asintió, una simple inclinación de cabeza. No hubo abrazo dramático, ni promesas grandilocuentes. Solo un muchacho confundido empezando, quizás, a despertar de un sueño dulce y venenoso. Se fue, cerrando la puerta con suavidad.

Marcos se quedó solo con el crepitar de la mecha de la lámpara. Los tiempos eran difíciles. Lo serían más. Silvano no se daría por vencido; la semilla del amor propio y la avaricia ya estaba plantada en muchos corazones. Pero ahí, en la quietud, con el pergamino en las manos y el peso de la carta en el corazón, Marcos no sentía desesperación. Sentía una firmeza antigua, una tristeza esperanzada. No era fuerte, pero lo que sostenía era fuerte. Persistiría. No en sí mismo, sino en lo aprendido. En Aquel que era fiel. Y esa, supo mientras la noche cerraba su manto azul sobre Listra, era fortaleza suficiente para los últimos días que, sin duda, ya habían comenzado.

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