Biblia Sagrada

La Vid y el Juicio de Betel

El sol de la mañana, ese sol que siempre parecía más dorado en los valles de Samaria, acariciaba los sarmientos de una vid excepcional. No era una vid cualquiera. Era *la* vid, la que crecía en un terreno especialmente abonado, junto a un muro de piedra blanca que la protegía de los vientos del este. Cada año, sus ramas se extendían con una generosidad que era motivo de orgullo para todo el pueblo. De ella colgaban racimos tan pesados que los muchachos apostaban a ver quién podía cargar uno sin doblar las rodillas. La gente, al pasar, señalaba con la barbilla: “Ahí está nuestra vid. Mira cómo da. Es una bendición”.

Pero la vid tenía un dueño, o mejor dicho, unos dueños. Eran los ancianos y los sacerdotes del santuario de Betel, y el rey en Samaria. Habían entendido la bendición no como un regalo, sino como un derecho. Y con la abundancia de la vid, habían construido algo más que un muro. Habían levantado altares imponentes, de piedra labrada, al dios que ellos llamaban Yahvé, pero al que habían vestido con los ropajes dorados de los baales cananeos. La teología se había vuelto un negocio próspero. Cuanta más uva, más vino; cuantos más sacrificios, más peregrinos; cuantos más peregrinos, más riqueza para el palacio y para los sacerdotes que bendecían las campañas militares del rey.

Oseas, el profeta, conocía aquella vid desde niño. La había visto crecer. Pero donde los demás veían fecundidad, él comenzó a ver algo distinto. Veía cómo las raíces, gruesas y retorcidas, no buscaban ya el agua profunda de los manantiales, sino que se extendían superficialmente hacia los cimientos mismos de los altares de piedra. La bendición se había corrompido en autosuficiencia. El fruto, antes dulce, ahora tenía un regusto a hierro, a sangre de pactos rotos y de justicia olvidada.

Un día de mercado, cuando la plaza bullía con el aroma a especias y el bullicio de los tratos, Oseas se plantó junto al pozo, donde todos podían verle. No gritó. Su voz era ronca, cargada de una tristeza tan pesada como los racimos de la vid famosa.

“Israel es una vid frondosa”, comenzó, y algunos dejaron de regatear para escuchar, reconociendo la metáfora. “Da fruto para sí misma”. Hizo una pausa, dejando que la palabra “para sí misma” se posara en el aire. “Pero cuantos más frutos daba, más multiplicaba sus altares. Cuanto más próspera se volvía la tierra, más hermosas hacía sus columnas rituales”.

Señaló con un gesto vago hacia el norte, hacia Betel. “Su corazón se ha vuelto fingido. Ahora cargarán con su culpa. El Señor derribará sus altares, destruirá sus columnas sagradas”.

Alguien entre la multitud, un mercader de tejidos, soltó una risa seca. “¡Buen negocio sería ese, Oseas! Derribar lo que atrae a la gente. ¿Con qué llenaremos entonces los cofres del rey?”

Oseas lo miró, y en sus ojos no había ira, sino una lástima inmensa. “Ya lo dicen, porque su boca lo profesa sin que su corazón lo sienta: ‘No tenemos rey, porque no hemos temido al Señor. Y el rey, ¿qué podría hacer por nosotros?’”. Repitió las palabras que circulaban en susurros por los pasillos del poder, las excusas vacías de una nación que había divorciado el culto de la conciencia. “Hablan pactos, juran falsamente, hacen alianzas. Por eso brota como hierba venenosa el juicio sobre los surcos del campo”.

La escena cambió entonces en su narración, volviéndose más concreta, más terrorífica. “Por la maldad de tus obras, el terror caerá sobre Betel. Al amanecer, completamente destruido, será el rey de Israel”. Calló de nuevo. El nombre “Betel”, la Casa de Dios, resonó como una burla. Y la mención del rey, ese hombre fuerte en su trono de marfil en Samaria, hecho polvo en un amanecer… Un silencio incómodo se adueñó de la plaza. Ya no se oía el regateo.

Y entonces vino la imagen que nadie pudo olvidar. Oseas describió con una crudeza de pastor, no de sacerdote, el destino de aquel ídolo al que tanto se aferraban. “Desde los días de Gabaa has pecado, oh Israel. Allí se han mantenido en su rebeldía. ¿Los alcanzará en Gabaa la guerra contra los hijos de iniquidad? Cuando yo quise, los castigué. Pueblos se reunirán contra ellos por su doble pecado”.

Su voz se tensó, señalando con el dedo un punto imaginario en el suelo, frente a los pies atónitos de los ancianos del pueblo. “Efraín fue uncido como novilla amante de trillar, y yo pasé sobre su hermoso cuello. Haré que Efraín are; Judá deberá segar; Jacob romperá los terrones. ¡Siembren para ustedes justicia, cosechen amor! Es tiempo de buscar al Señor, hasta que él venga y llueva justicia sobre ustedes”.

Pero sabía que no escucharían. La metáfora era perfecta: una novilla gorda, disfrutando del grano pisoteado, sin el yugo de la ley. Pero llegaría el yugo de hierro. “Pero ustedes han arado maldad, han cosechado injusticia, se han alimentado del fruto del engaño. Porque confiaste en tus carros de guerra, en la multitud de tus guerreros…”.

Y llegó al final, al hueso de la profecía. El destino del becerro de oro de Betel, el símbolo tangible de su apostasía cómoda. “Se alzará estruendo sobre tus pueblos, todas tus fortalezas serán arrasadas… Así será hecha Betel, por la maldad de vuestra gran maldad. Al amanecer, completamente destruido, será el rey de Israel”.

Hizo una última pausa, larga, dolorosa. “Y del ídolo de Betel…”. Todos contuvieron el aliento. “Lo llevarán a Asiria, como tributo al gran rey. Efraín recibirá la vergüenza, e Israel se avergonzará de su propio consejo. Samaria será llevada cautiva, su rey como astilla sobre las aguas. Los altos lugares de tu maldad, aquellos desde donde pecaste, serán destruidos. Espinos y cardos crecerán sobre sus altares. Y dirán a los montes: ‘¡Cúbrannos!’, y a las colinas: ‘¡Caigan sobre nosotros!’”.

Oseas dejó de hablar. Se dio la vuelta y comenzó a caminar lentamente, saliendo de la plaza, dejando atrás un silencio espeso. No hubo aplausos, ni abucheos. Solo un malestar profundo. Unos cuantos miraron instintivamente hacia la colina donde la vid frondosa seguía mecida por la brisa, sus hojas brillando bajo el mismo sol que ahora parecía demasiado crudo, demasiado revelador. Un niño, que había estado escuchando desde el borde de la fuente, preguntó en voz baja a su madre:

–Madre, ¿los montes pueden caer sobre la gente?

La mujer no respondió. Solo apretó con más fuerza la mano del niño, mientras sus ojos, llenos de un presentimiento antiguo, contemplaban los robustos muros de la ciudad, que de pronto no parecían tan sólidos. El aire olía a tierra seca, a polvo, y a algo más: a la sal amarga de un mar lejano, el camino al exilio.

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