La palabra, pesada como una piedra de molino, vino en la quietud del destierro. No era un susurro, sino algo que se posaba en el pecho, una certeza fría que nacía del vacío del espíritu. Ezequiel sintió el peso de los montes de Israel antes de verlos; una cordillera de memoria y traición que se alzaba en su interior, más real que el polvo babilónico que se colaba por la rendija de su morada.
Cuando habló, su voz no parecía suya. Se dirigía a los montes, sí, pero era como si las colinas y los valles estuvieran aquí, en esta habitación llena de exilio. “Escuchad, montes de Israel, la palabra del Señor.” Las palabras caían como piedras sobre un suelo de tierra. “Así ha dicho el Señor Dios a los montes y a las colinas, a los torrentes y a los valles: He aquí, yo, yo traigo sobre vosotros la espada, y destruiré vuestros lugares altos.”
La visión que no era visión, sino una claridad desgarradora, se desplegó. No era Babilonia con sus ladrillos esmaltados, sino las laderas pedregosas de la tierra prometida, aquellas donde el verdor era tacaño y la roca gris afloraba como el hueso de la tierra. Allí, en las cimas redondeadas por el viento eterno, se veían las manchas pálidas de los altares. No los grandes altares de Jerusalén, sino los otros, los íntimos, los clandestinos. Pequeñas mesas de piedra sin desbastar, manchadas de hollín de ofrendas quemadas. Al lado de ellos, los ídolos: no esfinges doradas, sino toscas estelas, piedras levantadas, quizás con un rostro borroso tallado por un cincel torpe. Eran el culto del terruño, la religión de la fertilidad inmediata, la traición hecha costumbre, piedra y quietud.
“Vuestros altares serán asolados, y vuestras columnas de incienso quebradas.” La frase no anunciaba ruina, la constataba. Ezequiel veía, en ese ver interior, cómo la mano del juicio no era una mano, sino el abandono. No caían rayos. Era algo más lento y más total. La maleza crecería, implacable, entre las juntas de las piedras del altar. La lluvia, ácida con el tiempo, borraría por completo los rasgos de los ídolos. El viento, ese alfarero paciente de los desiertos, desgastaría las esquinas hasta convertirlas en guijarros indistinguibles. La destrucción sería una vuelta al polvo, una negación silenciosa de que allí hubiera habido algo digno de permanecer.
“Y haré que caigan vuestros muertos delante de vuestros ídolos.” Aquí la crudeza del lenguaje se volvía casi insoportable. No sería una batalla. Sería una pestilencia, una debilidad en los huesos, un desplomarse. Los que habían subido a esos lugares altos para inclinarse, para tocar la piedra con la frente buscando favores de lo mudable, caerían con la mejilla contra la misma tierra que habían profanado. Sus cuerpos quedarían esparcidos alrededor de los ídolos impotentes, ofrenda final y no deseada. La carne se haría polvo, los huesos blanquearían al sol. Y esos huesos, pequeños y frágiles como palillos, quedarían esparcidos en torno a los altares. Cada hueso, una pregunta. Cada cráneo vacío, una respuesta.
“Y pondré vuestras ciudades en ruinas, y vosotros seréis asolados.” La palabra para ciudades, ‘areychem’, sonó hueca. No se veían murallas derrumbándose con estruendo, sino el lento sofoco de la desolación. El musgo en los umbrales. Las puertas de madera podrida, colgando de un gozne oxidado. El silbido del viento donde antes hubo risas de niños, el graznido de un cuervo posándose en lo que fue el dintel de una casa. Y el silencio. Un silencio tan denso que se podía palpar, un silencio que era el opuesto exacto de la presencia divina. Serían asolados, ‘yeshamem’, una palabra que contiene dentro de sí el desierto, ‘shemamah’. Se convertirían en lo que adoraron: piedra y vacío.
Entonces, en medio de esta pintura de devastación absoluta, un jirón de algo que no era misericordia, pero quizás verdad. “Y sabréis que yo soy Yahvé.” No lo sabrían en el júbilo de la cosecha, ni en la seguridad de las murallas. Lo sabrían en el crepitar de sus propios huesos bajo el sol implacable. Lo sabrían cuando, en el destierro lejano, el recuerdo de esos montes mancillados les quemara como una fiebre. Lo sabrían cuando el nombre de sus dioses de piedra se les olvidara, pero la palabra ‘Yahvé’, dicha por el profeta junto a los canales de Babilonia, resonara con el eco de la espada que no se ve. El conocimiento llegaría por el camino de la pérdida, un conocimiento amargo como la hiel, pero conocimiento al fin. Él era el Señor, no porque hubiera salvado sus altares, sino porque los había reducido a polvo. Él era el Dios de Israel, no solo en la bendición de Sión, sino en el juicio sobre las colinas rebeldes.
La palabra se retiró, dejando en la boca de Ezequiel un sabor a ceniza y a sal. Afuera, el sol babilónico golpeaba la llanura, plana y sin memoria. Pero él aún veía, en el ojo de su espíritu, las laderas de Israel. Ya no con altares, sino salpicadas de blanco. Huesos. Innumerables huesos, secos, desconectados unos de otros, formando un mosaico pálido y terrible alrededor de las piedras que nadie volvería a adorar. Y sobre ellos, un silencio que gritaba un nombre.




