Biblia Sagrada

El Cauterio de Zofar

El aire en el círculo de hombres era denso, cargado no solo del calor del día que declinaba, sino del peso de palabras no dichas y de un dolor demasiado grande para nombrar. Job, sentado sobre la ceniza, su cuerpo una sombra de lo que fue, parecía extraer la última luz del atardecer, absorbiéndola en su mirada opaca. Zofar, el naamatita, observaba aquella silueta que se negaba a doblarse y sentía un calor distinto, urgente, subiéndole por el pecho. No era compasión; era la certeza hirviente de quien posee una verdad incómoda y necesaria. Las intervenciones previas de sus amigos se habían estrellado contra el muro de la integridad proclamada por Job. Ahora, a Zofar le tocaba hablar, y su discurso no sería un bálsamo, sino un cauterio.

Tomó aliento, y su voz, áspera por el desuso en el debate, rompió el silencio pesado.

—Escúchame, Job, porque una agitación en mi interior me obliga a responder. He oído tus razones, esa defensa que te envuelve como una coraza, y un espíritu de entendimiento me provoca una réplica. ¿Acaso no lo sabes, desde que el hombre fue puesto sobre la tierra, que la alegría del malvado es breve, y el regocijo del impío, un instante? Aunque su altivez toque el cielo y su cabeza roce las nubes, como su propio estiércol, perecerá para siempre. Los que lo veían dirán: ‘¿Dónde está?’ Se desvanecerá como un sueño, y no será hallado; se esfumará como una visión nocturna.

Zofar hizo una pausa, sus ojos no se posaban en Job, sino en el horizonte lejano donde el cielo empezaba a teñirse de púrpura, como si buscara allí los ejemplos para sus palabras.

—El ojo que lo espiaba con envidia ya no lo distinguirá; su lugar de morada no lo verá más. Sus hijos tendrán que aplacar a los pobres; sus propias manos devolverán lo que él arrebató. Sus huesos, llenos de vigor juvenil, con él en el polvo se acostarán. Si el mal sabe dulce en su boca, si lo esconde bajo su lengua, si lo saborea y no lo abandona, guardándolo en el paladar, su comida se volverá en sus entrañas; hiel de áspid será dentro de él. La riqueza que tragó, la vomitará; de su vientre Dios la desalojará. Chupó veneno de víbora; la lengua de la cobra lo matará.

Las imágenes de Zofar no eran abstractas. Se podía casi ver al hombre orgulloso, con la boca llena de un dulce robado, y luego el espasmo repentino, el rostro contraído por un dolor visceral. Un buitre graznó en la distancia, un sonido áspero y apropiado.

—No verá los arroyos de aceite, los torrentes de miel y leche. Restituirá el fruto de su trabajo sin tragarlo; según la riqueza de su intercambio, no disfrutará. Porque aplastó y abandonó a los pobres; tomó a la fuerza una casa que no edificó. Nada de su codicia tuvo tregua; por eso no salvará nada de lo que más deseaba. Cuando nada le quedaba, se alzaba con avidez; por eso su bienestar no durará. En la plenitud de su abundancia, la angustia le sobrevendrá; toda la fuerza de la miseria caerá sobre él.

Zofar hablaba ahora con un ritmo más acelerado, como si el catálogo de desgracias se alimentara a sí mismo. Su mano dibujaba líneas en el aire polvoriento.

—Que se llene Dios de su ira; que haga llover sobre él sus flechas. Si huye de las armas de hierro, el arco de bronce lo atravesará. Sacada la saeta de su aljaba, brillará la punta sobre su hígado; terrores se apoderarán de él. Toda oscuridad está reservada para sus tesoros; un fuego no soplado por hombre lo consumirá, devorará lo que quede en su tienda. Los cielos revelarán su iniquidad, y la tierra se alzará contra él. Los torrentes de sus posesiones serán arrastrados, en el día de la furia de Dios. Esta es la porción que Dios reserva para el hombre malvado; la herencia que el Todopoderoso le asigna.

Calló. La última palabra, “asigna”, se quedó suspendida en el aire caliente, más como una sentencia que como una conclusión. No había mirado a Job directamente durante todo el discurso. Ahora bajó la vista, fijándola en el suelo agrietado a sus pies, agotado por el esfuerzo de haber dado forma a aquella verdad terrible y hermosa a la vez. El silencio volvió, pero era un silencio diferente. Ya no era el de la expectación, sino el de un espacio recién ocupado por un panorama desolador: la imagen de un éxito que se pudre desde dentro, de un banquete que envenena, de una riqueza que arde con fuego propio.

Job no se movió. Un viento súbito, seco y caliente, levantó una cortina de polvo y ceniza que pasó entre los hombres, como recordándoles el suelo desde el cual se alzaban todas sus certezas. La teología de Zofar era impecable, vertical, fría como la luna que empezaba a asomar. Pero en el rostro de Job, iluminado ahora por los primeros tonos plateados, no había rastro de reconocimiento, solo una profundidad de sufrimiento que ninguna explicación, por vívida que fuera, parecía capaz de sondear. La noche, con todas sus sombras, cayó sobre ellos, y la palabra había terminado. Por ahora.

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