El aire olía a polvo y a cal fresca. No era el olor de Babilonia, aquel perfume lejano a especias y mercados abarrotados, ni tampoco el aroma húmedo y verde de las aldeas de Judá donde muchos de nosotros habíamos echado raíces. Este olor era áspero, prometedor. Era el olor de una ciudad que volvía a nacer, hueso a hueso, sobre sus propias ruinas.
Yo, Matanías, hijo de Benaías, de la familia de Perez, estaba allí, contemplando desde la Puerta del Valle los andamios de madera que trepaban por los muros como enredaderas secas. Había venido con mi familia desde Bet-haccerem, donde teníamos una viña que daba una uva negra y dulce. Mi mujer, Séfora, lloró en silencio la noche anterior a nuestra partida. Mis hijos, jóvenes ya, miraban hacia Jerusalén con una mezcla de temor y ansia que solo conocen los que han crecido escuchando relatos de una patria que nunca han pisado.
Nehemías, el gobernador, y el sacerdote Esdras, habían echado suertes. La palabra sonó grave y definitiva en el atrio del Templo, recién consagrado: uno de cada diez debía venir a habitar en la ciudad santa. La mayoría vivía en las tierras de Judá, en pueblos cómodos, con sus campos y sus olivares. Jerusalén era, aún, un cascarón de gloria pasada. Sus calles, amplias en los recuerdos de los ancianos, estaban medio desiertas, salpicadas de escombros y de parcelas vacías donde el viento silbaba con un sonido triste. Las murallas, ahora firmes gracias al esfuerzo de todos, encerraban más sombra que vida.
La suerte, o la mano del Eterno, señaló a mi casa. Y aquí estábamos.
No fuimos los únicos. Recuerdo el día en que se presentaron los jefes de familia. Judá, hijo de Senúa, un hombre de rostro anguloso y manos callosas como piedra de molino, se puso al frente. Junto a él, estaba Atayas, un hombre de pocas palabras pero de mirada penetrante, de la casa de David. Había rostros resueltos y otros que intentaban disimular la zozorra. Venir a Jerusalén no era solo un cambio de domicilio. Era un acto de fe. Era apostar el futuro, la seguridad del campo, por un nombre: Sión.
El reparto fue meticuloso, como ordenar un campamento en el desierto. Algunos, como los hijos de Perez, nos establecimos en la parte alta de la ciudad, cerca del antiguo palacio. Las casas que nos asignaron tenían las paredes agrietadas por el abandono. La primera noche, el viento se colaba por las rendijas y el llanto lejano de un niño, extrañado de su cama de aldea, se mezclaba con el ulular de las lechuzas entre las ruinas. Mi hijo mayor, Eliasib, pasó horas tapando grietas con barro y paja, su silueta recortada contra la luna llena que bañaba el monte de los Olivos.
Otros se asentaron en el Ofel, la colina meridional, los albañiles y los porteños. Allí estaba Semaías, hijo de Secanías, el guardián de la Puerta Oriental. Lo visité una tarde. Su casa era una estancia adosada a la misma muralla. Desde su puerta se veía el valle del Cedrón y las tumbas antiguas al otro lado. “Aquí duermo con un oído en el muro”, me confesó con una sonrisa cansada. “Cada crujido de la madera, cada golpe de viento, lo siento en la piedra. Es como si la ciudad respirara, y yo escucho su respiración”. Su tarea no era solo vigilar; era ser el primer latido de la ciudad, la primera línea de una promesa.
Los levitas eran otro capítulo. Muchos habían sido dispersados, sus funciones diluidas durante el exilio. Ahora, un grupo fue designado para la ciudad. Mattanías, el levita de Asaf –y qué curioso, llevaba mi mismo nombre–, fue puesto sobre los cantos de acción de gracias. Lo encontré un atardecer en el atrio, afinando su cítara. Sus dedos, finos y largos, acariciaban las cuerdas sin producir sonido, solo un susurro de fricción. “Los salmos son los mismos”, me dijo, “pero el eco es distinto. En Babilonia, cantábamos junto a los ríos, y el sonido se lo tragaba el agua extranjera. Aquí, entre estas piedras, cada alabanza golpea la roca del monte Moria y vuelve a nosotros. Es un sonido… más verdadero”.
No todo era solemnidad. En la calle de los Panaderos, cerca de la Puerta de Efraín, el bullicio empezó a renacer. Hanán, hijo de Igdalías, hombre robusto y de voz atronadora, montó su horno. El olor a pan caliente, a masa fermentando, se convirtió en la fragancia cotidiana de nuestro barrio. Era un aroma de normalidad, de vida que se abre paso. Los niños, que al principio recorrían las calles con cautela, pronto empezaron a perseguirse entre los pilares caídos y los solares, inventando juegos cuyos nombres ya nadie recordaba.
Había soledad, claro. Extravías la mirada desde una azotea y entre casa y casa había un vacío, un claro donde antes hubo una mansión o una posada. Era como una boca a la que le faltan dientes. Pero lentamente, con el paso de las lunas, esos huecos empezaron a llenarse. Se oía el golpeteo rítmico del martillo sobre la madera, el arrastre de piedras, la conversación entre vecinos discutiendo los límites de un patio. El censo que Nehemías guardaba con celo no era solo una lista; era el rumor de un pueblo que volvía a latir.
Yo, a veces, subía al lienzo de muralla que miraba al norte. Desde allí, en los días claros, creía vislumbrar el perfil lejano de las colinas donde estaba mi viña. Sentía una punzada, un anhelo por la tierra fértil y predecible. Pero luego volvía la vista a la ciudad que se extendía a mis pies: el humo tenue de los hogares, el destello del bronce en el Templo, los puntos oscuros de la gente moviéndose por las calles como sangre en las venas de un cuerpo que despierta. Y entendía.
No éramos héroes. Éramos hombres y mujeres con miedo, con dudas, con añoranza. Habíamos aceptado un sorteo, una carga. Pero en esa aceptación, en ese acto de habitar lo devastado, había un pacto. No solo con Nehemías o con el pueblo. Era un pacto con la Memoria y con la Esperanza. Estábamos diciendo, con nuestra presencia frágil y cotidiana, que el Eterno no había abandonado su morada. Que cada puerta que rechinaba al abrirse, cada cántico que ascendía al alba, cada hogaza compartida, era una palabra más en la larga oración de reconstrucción de Jerusalén.
Y en las noches silenciosas, cuando el viento bajaba del desierto, ya no solo traía polvo. Traía, me parecía, el susurro de las generaciones que habían caminado por estas mismas piedras. Y nosotros, los elegidos por sorteo, los simples habitantes, éramos ahora el eslabón que unía aquel ayer con un mañana aún sin nombre. No éramos muchos. Pero éramos suficientes. Éramos los que decidimos que la ciudad no sería solo un monumento, sino un hogar. Y en ese acto simple, terrible y hermoso, se cumplía, día a día, la voluntad del Dios de nuestros padres.




