Biblia Sagrada

El Mendigo y la Puerta Hermosa

El sol de la media tarde, ese sol perezoso y dorado que parece derretirse sobre las piedras de Jerusalén, bañaba la explanada del Templo. El aire olía a incienso, a polvo caliente y a la multitud: el murmullo constante de oraciones, conversaciones y el roce de sandalias sobre los adoquines. Era la hora de la oración, la tercera del día, y la gente fluía hacia los atrios como un río lento y devoto.

Junto a la puerta que llaman la Hermosa, un hombre se arrimaba a la sombra escasa de un muro. Se llamaba Cojo, no porque ése fuera su nombre, sino porque era la única identidad que le quedaba. Desde niño, sus piernas eran dos cosas inertes, dos pesos muertos que otros tenían que cargar. Cada mañana, unos parientes o vecinos lo traían y lo depositaban aquí, en este mismo lugar, para que pudiera mendigar. El suelo de piedra le había conformado los callos de las manos y los codos; conocía cada grieta, cada sombra que cambiaba con el paso del sol. Su mundo era un óvalo de unos pocos metros: el muro a su espalda, el flujo de gente ante él, y la vista constante de los pies polvorientos que pasaban, a veces se detenían, a veces arrojaban una moneda de bronce que tintineaba en su plato de barro.

Aquel día no era distinto. El plato estaba casi vacío. El Cojo levantaba la mirada con una fórmula aprendida, una mezcla de súplica y resignación: “Una limosna, por el Dios de Israel. Una limosna para un pobre inválido.” Las palabras le salían mecánicas, desprovistas de esperanza. Su mirada se cruzó con la de dos hombres que subían por las gradas. No eran sacerdotes, ni escribas de ropajes finos. Vestían como galileos, con túnicas sencillas y polvo del camino en los pies. Uno era más impetuoso, de mirada intensa; el otro más sereno.

El Cojo alzó el plato, repitiendo su petición. El hombre de mirada intensa, llamado Pedro, se detuvo de golpe. No miró el plato. Lo miró a él, a los ojos. Y esa fue la primera sorpresa: nadie le miraba a los ojos desde hacía años.

—Míranos —dijo Pedro, con una voz clara que cortó el murmullo de fondo.

El Cojo obedeció, confundido, esperando que sacaran alguna moneda. Un destello de esperanza, mezquina y familiar, le recorrió el pecho.

Pero Pedro, manteniendo esa mirada firme, continuó:
—No tengo plata ni oro. Pero lo que tengo, te lo doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.

Las palabras no fueron un conjuro mágico, ni una fórmula grandilocuente. Fueron dichas con una autoridad tranquila, como quien anuncia algo que ya es un hecho. Y antes de que el Cojo pudiera procesarlas, sintió una mano áspera y caliente agarrar la suya derecha. Era Pedro, que se había inclinado. Al mismo tiempo, el otro hombre, Juan, se acercó como para sostenerlo. Pero no hizo falta.

Al contacto de aquella mano, algo ocurrió. No fue un calor, ni un escalofrío. Fue como si unas correas muy viejas y muy tensas, atadas alrededor de sus tobillos y sus rodillas desde la cuna, se soltaran de golpe. Un torrente de fuerza, una sensación desconocida y vibrante, subió desde el suelo a través de sus pies descalzos. No eran sus pies. Y sin embargo lo eran. Por primera vez, sintió el contacto pleno, vivo, de los talones y los metatarsos contra la piedra áspera y caliente. Sintió los músculos de sus pantorrillas, durmiendo desde siempre, despertar con un estremecimiento.

Sin pensar, sin pedir permiso a su propio escepticismo, se dejó tirar. Los tendones de sus tobillos se tensaron, los cuádripices se contrajeron. Y se irguió. No se levantó tambaleante, como un niño. Se irguió con la firmeza de un hombre que ha trabajado en el campo toda su vida. Las plantas de sus pies se aplanaron contra el suelo, recibiendo el peso de su cuerpo, un peso que por primera vez no era una carga, sino una afirmación. Dio un paso. Luego otro. No caminaba. Bailaba. Saltaba. Cada movimiento era un milagro nuevo, un descubrimiento extático. La piedra bajo sus pies, el aire moviéndose alrededor de sus piernas, el equilibrio que nacía desde sus entrañas.

Aferrándose a Pedro y a Juan, no por necesidad, sino por una explosión de alegría compartida, entró con ellos por la puerta Hermosa, brincando y gritando alabanzas a Dios. Su voz, antes plañidera, ahora era un clamor de júbilo puro. La multitud se apiñó, formando un círculo de asombro. Lo reconocían: era el mendigo que siempre estaba junto a la puerta. Y ahora estaba de pie, saltando, su cuerpo doblado y quebrado transformado en una columna de energía y luz. El pórtico de Salomón se llenó de un rumor creciente, de incredulidad y fascinación.

Pedro, viendo la oportunidad en la conmoción general, alzó la voz. No era un discurso pulido. Se notaba en su tono, urgente y apasionado, con frases que a veces se solapaban, con argumentos que surgían de la emoción del momento.

—¡Israelitas! —gritó— ¿Por qué os asombráis de esto? ¿O por qué nos miráis a nosotros como si por nuestro propio poder o piedad hubiéramos hecho andar a este hombre?

Señaló al Cojo, que seguía junto a ellos, respirando con fuerza, las lágrimas surcando el polvo de su rostro.

—El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Siervo Jesús. A quien vosotros entregasteis y negasteis ante Pilato, cuando éste había decidido soltarle. Vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os concediera un asesino. Matasteis al Autor de la vida, pero Dios le resucitó de entre los muertos, y de eso nosotros somos testigos. Y por la fe en su nombre, a este hombre que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre. La fe que es por él ha dado a este esta completa sanidad delante de todos vosotros.

Había una dureza en sus palabras, una acusación directa que cortaba el aire festivo. Pero no era la dureza del odio, sino la del dolor de un médico que abre una herida para limpiarla. Les recordó las profecías, habló de Moisés, de Samuel, de todos los profetas. Les llamó “hijos de los profetas”. Y luego, el tono cambió, se hizo íntimo, apremiante:

—Arrepentíos, pues, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; de modo que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe al Cristo que os fue destinado, a Jesús, a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas desde tiempos antiguos.

El sol comenzaba a declinar, alargando las sombras en el pórtico. El Cojo, ahora con un nombre que ya no era “Cojo”, escuchaba. Sentía bajo sus pies, firmes y vivos, el latido de la piedra del Templo. No entendía todas las palabras de Pedro, pero entendía el nombre: Jesucristo de Nazaret. Ese nombre estaba ahora tejido en cada fibra de sus músculos curados, en cada hueso que resonaba con una vida nueva. No había recibido una limosna. Le habían dado la llave de su propia cárcel. Y a su alrededor, el rostro de la multitud ya no era solo de asombro. En muchos, una luz distinta, inquieta y profunda, comenzaba a encenderse. Era el principio de algo. Y él, que había pasado la vida inmóvil en un umbral, era la primera piedra viviente de ese nuevo alba.

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