Biblia Sagrada

La Sangre en el Dintel

El aire en Gosén olía a polvo y a hierbas amargas. No era un olor nuevo, pero esa noche parecía haberse espesado, cargado con una expectación que se posaba sobre los hombros como un manto pesado. La noticia había corrido de tienda en tienda, no como un grito, sino como un susurro que se filtraba entre las sombras alargadas del atardecer. Moisés había vuelto de la ciudad, y su rostro, habitualmente tallado en la paciencia de la roca, traía una severidad nueva.

En el límite de nuestro campamento, un grupo de ancianos se congregó alrededor de un fuego bajo. Las llamas bailaban, incapaces de iluminar del todo las arrugas profundas, surcos de años de barro y sol. Yo estaba allí, más por la tos de mi padre, que no le permitía descansar en la tienda, que por derecho propio. Él se apoyaba en mi hombro, y su peso era familiar, como el de un saco medio vacío de grano.

“No se oye ni un ladrido”, murmuró una mujer, Yael, mientras sus dedos trenzaban y destrenzaban un mechón de lana sucia. Tenía razón. Los perros de los egipcios, siempre alborotadores al caer la noche, guardaban un silencio extraño, como si hubieran hundido el hocico en la tierra. Desde la lejanía, la masa oscura de Pitón y Ramsés se recortaba contra un cielo que moría en púrpura y rojo sangre. Allí, las lámparas de aceite empezaban a parpadear como ojos cansados.

Fue entonces cuando llegó. Moisés no hizo ruido. Simplemente emergió de la penumbra, y el círculo se abrió para él como el mar ante una roca. No traía su vara. Sus manos, grandes y con los nudillos marcados, colgaban inertes a los lados. No nos miró a los ojos, sino a un punto lejano, más allá de nosotros, más allá incluso de las murallas de la ciudad.

“Así ha hablado Yahvé”, comenzó, y su voz no era la del tribuno que desafía a un rey, sino la de un mensajero que repite, con fatiga infinita, un veredicto irrevocable. “Como a la medianoche, yo pasaré por medio de Egipto. Y morirá todo primogénito en la tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sienta en su trono, hasta el primogénito de la sierva que está tras el molino, y todo primogénito de las bestias.”

El silencio que siguió no fue vacío. Se llenó con el crepitar del fuego, con la respiración entrecortada de mi padre, con el eco aterrador de esas palabras que se colaban en los oídos y se instalaban en el vientre como una piedra fría. No hubo exclamaciones. El horror era demasiado vasto, demasiado preciso. No era una plaga de ranas o de mosquitos, algo que se pudiera ver y espantar. Esto era invisible, sería un suspiro en la oscuridad, un último estertor en un lecho. Un juicio que no distinguiría entre el poderoso y el desvalido, solo entre la casa que lo albergaba y la que no.

“Pero entre todos los hijos de Israel”, continuó Moisés, y ahora su mirada sí recorrió nuestros rostros, uno a uno, clavándose como un clavo, “desde el hombre hasta el animal, ni un perro le ladrará. Para que sepáis que Yahvé hace diferencia entre los egipcios y los israelitas.”

La diferencia. Esa palabra resonó en mí. No era la diferencia del látigo o del yugo. Era la diferencia entre la vida y la muerte, trazada por un lindero que no se veía, un lindero que nosotros teníamos que marcar con nuestras propias manos. Moisés comenzó a dar instrucciones, y su detalle era lo que más estremecía. El cordero, sin defecto, macho, de un año. Guardado desde el décimo día. Sacrificado al crepúsculo. Su sangre, recogida en una vasija. Y luego, el gesto que lo cambiaría todo: untar el dintel y los dos postes de la puerta con un manojo de hisopo empapado en esa sangre roja y espesa.

“Porque yo veré la sangre”, dijo Moisés, y por primera vez su voz tembló, no de miedo, sino de una solemnidad abismal, “y pasaré de largo ante vosotros. Y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto.”

Las órdenes siguieron. La carne, asada al fuego, no hervida. Pan sin levadura, apresurado, porque sería la noche de la prisa. Lo comerían con prontitud, ceñidos los lomos, calzados los pies, el bordón en la mano. Era la cena de un pueblo a punto de emprender la marcha, la última comida en la casa de servidumbre.

La reunión se disolvió sin más palabras. Cada familia tenía su tarea. Recuerdo el camino de vuelta a nuestra tienda, sosteniendo a mi padre. El mundo conocido se había quebrado. El aire seguía quieto, pero ahora percibía en él un rumor sordo, el latido de un reloj gigantesco cuyo péndulo se balanceaba hacia la medianoche. Mi hermano menor, Rubén, primogénito de mi madre, dormía profundamente en un rincón, su pecho subiendo y bajando con la inocencia de quien ignora que su vida es el blanco de una sentencia. Mi madre ya estaba en movimiento, sus movimientos secos y eficaces. Mandó a mi hermana por un cordero de nuestro pequeño rebaño, el más robusto, el que teníamos apartado.

La escena que siguió quedó grabada en mí con la nitidez de un sello en arcilla húmeda. Mi padre, a pesar de su debilidad, insistió en realizar el sacrificio al caer la tarde. Su mano temblaba cuando tomó el cuchillo de pedernal. El cordero no baló. Pareció entender, posando su cabeza tranquila. La sangre cayó en un cuenco de barro, tibia y oscura. Luego, mi padre me miró.

“Tú,” dijo, con una voz que no reconocí. “Tú lo harás.”

Tomé el hisopo, un manojo de ramas ásperas y aromáticas, lo sumergí en la sangre. Subí al taburete. La pintura era más espesa de lo que pensaba, y goteaba. Unté el madero superior del marco de la entrada, luego bajé por un lado, y luego por el otro. Las gotas rojas resbalaban como lágrimas pesadas. Al terminar, me quedé contemplando el signo. No era hermoso. Era tosco, brutal, un recordatorio viscoso de la muerte que acababa de ocurrir para que otra no sucediera. Era nuestra única frontera. Detrás de esa línea de sangre, estábamos nosotros. Delante, el vasto, impasible y condenado Egipto.

El olor a cordero asado se mezcló con el del pan ácimo, plano y crujiente. Comimos vestidos para viajar, las alforjas a nuestros pies. La carne sabía a hojas amargas, a obediencia, a futuro incierto. Nadie hablaba mucho. Mi padre recitó en un susurro las palabras que Moisés había ordenado recordar: “Es la Pascua de Yahvé.” Pascua. *Pesaj*. Paso. La palabra se quedó flotando.

Antes de acostarnos, salí un momento. La noche era negra como la brea, sin luna. Desde el campamento hebreo, solo se oían murmullos bajos, el llanto sofocado de un bebé, el roce de cuerdas. Pero al volver mi mirada hacia las ciudades de Egipto, creí percibir, o quizá solo lo imaginé, un temblor en la oscuridad, como un gigante que aguanta el aliento antes de gemir. No había un solo grito aún. Pero la medianoche se acercaba, trayendo consigo un silencio que sería más ensordecedor que cualquier estruendo.

Entré, pasando bajo el dintel manchado. Mi padre ya roncaba suavemente. Me acosté junto a Rubén, escuchando su respiración. Afuera, la noche de Egipto, densa y antigua, esperaba el paso de aquel que no se detendría en los umbrales sin la marca. Y yo, acostado en la oscuridad, comprendí que la libertad no nacería de un grito de guerra, sino del quebranto silencioso de mil hogares, y de la sangre fría y seca que guardaba la nuestra.

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