Biblia Sagrada

El Sumo Sacerdote y la Leche

El alba era fría sobre Jerusalén, un alba de invierno que arañaba el cielo con dedos de color ceniza. En la estancia baja de una casa cerca de la puerta de los Peces, el viejo Elías frotaba sus manos entumecidas sobre un pequeño brasero de barro. El pergamino, desgastado en los bordes, descansaba sobre sus rodillas. No era el texto completo, solo unos fragmentos copiados con letra temblorosa por un hermano de Antioquía. Palabras que le quemaban el corazón desde que las escuchó por primera vez en la asamblea.

«Porque todo sumo sacerdote, tomado de entre los hombres, está constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere».

La frase le rondaba. No era como las genealogías o los relatos de batallas. Esto tenía una densidad distinta, un peso que se posaba en el pecho. Respiró hondo, y el vaho de su aliento se mezcló con el tenue humo del carbón. Cerraba los ojos y veía al gran Aarón, con sus vestiduras de gloria, el pectoral reluciente, entrando en un lugar tan terrible que hasta su nombre provocaba temor sagrado. Lo imaginaba, no como una figura de icono, sino como un hombre: con el estómago encogido por el ayuno, con el peso de los nombres de las tribus —de Rubén, de Judá, de Benjamín— golpeándole el pecho con cada latido, con el sudor frío bajo la mitra mientras pronunciaba el Nombre. Ofrecía sacrificios, sí. Pero primero, nos recordaba el texto, los ofrecía por sus propios pecados. Elías podía casi sentir la textura áspera de la cuerda del animal, oír su balido lastimero. Una sombra. Todo era una sombra.

Su mente, entonces, como guiada por una mano invisible, se desplazaba de la tienda en el desierto a una colina fuera de los muros. No había vestiduras de lino fino allí, solo sangre y lodo. No había un sumo sacerdote elegido por linaje, sino un hombre colgado de maderos. Y sin embargo… Ahí estaba la grieta en el mundo, la rendija por donde había entrado una luz que lo trastocaba todo. El fragmento lo decía con palabras que parecían cinceladas: «Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte». Elías se estremecía. Los gritos de Getsemaní le llegaban más vívidos que los cánticos del Templo. Aquella no era una liturgia distante, una ceremonia pulcra. Era la agonía de un hombre, la angustia que retuerce las entrañas. La obediencia aprendida en el sufrimiento. Y de ese barro humano, del fango de nuestro miedo y nuestra debilidad, Dios había forjado algo nuevo. «Y, habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación».

El sol comenzaba a filtrarse por la ventana estrecha, un rayo pálido que iluminaba las motas de polvo danzando en el aire. La segunda parte del mensaje le producía una comezón distinta, menos de asombro y más de un aguijón incómodo. Hablaba de leche y de alimento sólido. De los que, debiendo ser maestros por el tiempo transcurrido, todavía necesitaban que se les enseñaran los rudimentos. Leche. Palabras elementales. Se veía a sí mismo, años atrás, fascinado solo con la promesa de la liberación, con la esperanza inmediata. ¿Y ahora? ¿Había profundizado, o solo había acumulado repeticiones? El texto era despiadado: «Todo el que se alimenta de leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño». No era un insulto, era un diagnóstico. La fe infantil no es vergonzosa al principio, pero es trágica si se perpetúa.

Un ruido en la calle, el pregón de un vendedor de agua, lo devolvió a la estancia. Tomó el fragmento de pergamino con más fuerza. Había una advertencia solemne, casi fúnebre, sobre los sentidos embotados por la costumbre, sobre la incapacidad para distinguir lo bueno de lo malo. Lo pensaba en relación con la comunidad. Con el hermano Marcos, siempre listo para la disputa por minucias de la Ley, pero tan lento para perdonar una ofensa. Con la hermana Lidia, cuya generosidad era grande, pero cuyo entendimiento de la cruz no parecía haber crecido desde el primer día. Y con él mismo. Con su propia pereza para el estudio serio, su comodidad con lo ya sabido.

Dejó el pergamino a un lado y se puso de pie, los huesos crujiendo. El rayo de sol calentaba ya el suelo de tierra. No era una epístola de condena, esta. Era una llamada urgente y amorosa a crecer. El sumo sacerdote que tenían no era un ritualista distante; había caminado por el mismo valle de sombras que ellos. Había gritado. Había llorado. Había aprendido. Y desde esa humanidad compartida, desde esa compasión ganada a pulso, los llamaba a dejar la orilla infantil y adentrarse en el mar profundo de su misterio. A masticar el alimento sólido de una fe que se prueba, que duda, que lucha y que, al final, se aferra.

Elías salió al pequeño patio. El cielo era ya de un azul lavado. Respiró el aire frío. No tenía las vestiduras de Aarón. No pronunciaría el Nombre en el Santo de los Santos. Pero, en la quietud de aquel amanecer, con las palabras de la carta a los Hebreos ardiendo en su memoria como carbones vivos, entendió que su propio corazón, con sus temores y su lento entender, era el lugar donde ese sumo sacerdote compasivo ministraba. Y que el deber más sagrado ahora no era solo venerar, sino crecer. Dejar la leche. Aceptar el desafío del alimento sólido. El camino era más arduo, pero Él ya lo había recorrido primero. Y esa compañía en el camino hacía toda la diferencia. El sol, por fin, tocó su rostro.

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