Biblia Sagrada

La Tierra Redibujada por Dios

El polvo de Babilonia se pegaba a la garganta, un sabor a ceniza y exilio que no se iba ni con el agua más fría del canal. Elías, un anciano cuyos ojos habían visto arder Jerusalén, pasaba los dedos, callosos y temblorosos, por el borde del rollo de piel. No eran sus palabras, sino las que le había dictado el profeta Ezequiel, un hombre de Dios cuya voz aún retumbaba en sus oídos con ecos de ruedas y criaturas aladas. Pero estas últimas palabras… estas eran diferentes. No hablaban de juicio, ni de huesos secos, ni de querubines. Hablaban de tierra.

No de cualquier tierra, sino de la Tierra. La suya. La que había soñado todas las noches durante cincuenta años. Sin embargo, al leerla ahora, en la penumbra de su habitación en Tel-abib, sentía una extraña mezcla de esperanza y perplejidad. La descripción era de una precisión geométrica, casi fría. De Dan a Neftalí, de Aser a Manasés, una sucesión de franjas perfectas que cruzaban el país de este a oeste como los listones de una caja preciosa. Y en el centro, un cuadrado sagrado, una porción apartada para Yahveh y para su ciudad.

Al principio, la letra le resultaba árida. “Y estas son las salidas de la ciudad… mediréis cuatro mil quinientos codos…” Su mente, acostumbrada al caos del destierro, se resistía a esa cuadrícula divina. Pero una tarde, mientras el sol poniente teñía de óxido las paredes de ladrillo babilónicas, cerró los ojos. Y entonces lo vio.

No lo vio con los ojos de la lógica, sino con los del alma hambrienta. Vio la franja de Dan, allá en el norte, no como una simple línea en un mapa, sino como un tapiz de verdes intensos. Olfateó el aire húmedo que bajaba del Líbano, escuchó el rumor de los arroyos que alimentaban el Jordán en su nacimiento. Esa tierra, la primera en recibir al enemigo del norte, ahora era la primera en la distribución, un puesto de honor inesperado. La tribu de Dan, siempre al borde, siempre un poco idólatra, tenía su lugar asegurado. No por su mérito, sino por la gracia del delineador divino.

Y así, franja a franja, el árido plan se convirtió en un paisaje vivo. La porción de Efraín, rica y ancha, le recordó las historias de su abuelo sobre los valles fértiles. La de Judá, pegada al lote sagrado, hablaba de una cercanía recuperada, de un rey que ya no sería un hombre sino el mismo Dios en medio de ellos. Pensó en Benjamín, pequeño y disputado, y ahora anclado al flanco sur del santuario, protegido para siempre.

Pero el corazón de todo, el cuadrado central, era lo que más le hacía respirar hondo. No era un templo aislado en un monte. Era una ciudad entera, con sus tierras de labranza para los que servían, un espacio vivo donde lo sagrado y lo cotidiano se fundían. La ciudad se llamaba “Yahveh-sama”. *El Señor está allí*. El nombre le quemó los labios al pronunciarlo en un susurro. No era un recordatorio, ni una promesa. Era una declaración de un hecho consumado. El destierro terminaba de la única manera que podía terminar de verdad: no solo con un regreso físico, sino con una Presencia que llenaba el espacio hasta los bordes.

Y luego, el detalle que rompió toda reserva en su espíritu. Las doce puertas de la ciudad, cada una nombrada por una tribu de Israel. Una puerta para Leví, la tribu sin tierra, que ahora tenía su acceso asegurado al centro de todo. Una puerta para Rubén, para Simeón, para todas, incluso para aquellas que casi había olvidado. El mensaje era claro e irrevocable: en esta nueva economía, en esta tierra ordenada desde el cielo, nadie quedaba fuera. El acceso estaba garantizado para todos. La gracia tenía puertas abiertas en los cuatro puntos cardinales.

Elías dejó el rollo sobre la mesa. El sabor a ceniza en su boca había desaparecido. En su lugar, había un regusto a tierra mojada después de la lluvia, a hierba nueva. La visión no era un plano de arquitectura; era una curación. Era Dios tomando la historia quebrada de su pueblo, con sus guerras tribales, sus injusticias, sus fronteras movedizas, y redibujándola desde cero. No borrando los nombres, sino reordenándolos alrededor de Su presencia.

Afuera, seguía el bullicio de Babilonia, el sonido de una lengua extraña. Pero él ya no estaba allí. Su mente y su corazón estaban en una llanura amplia, bajo un cielo claro, caminando hacia una ciudad cuyas puertas nunca se cerraban, porque la gloria del Señor era su luz perpetua. No era un sueño de viejo. Era una memoria del futuro, tan detallada y real como la piedra que pronto, muy pronto, pisarían sus pies. La tierra no era solo un territorio. Era un sacramento. Y en su reparto meticuloso y justo, Elías, el anciano desterrado, leyó la letra más pequeña y más profunda del amor de Dios: un amor que reparte con geometría santa, que asigna con equidad eterna, y que, al final, se nombra a sí mismo como la única y última morada.

*El Señor está allí*. Y si Él estaba allí, cualquier desierto, incluso el de su propia esperanza agostada, podía volver a florecer.

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