Biblia Sagrada

La Esposa Infiel de Jerusalén

El viento arrastraba polvo y paja seca por las calles de tierra de la ciudad. Era un viento áspero, cargado del olor a incienso quemado que provenía de los altares en las colinas. Jerusalén, la ciudad que Dios había escogido, respiraba con dificultad bajo el peso de su propia traición. En la quieted opresiva de aquel día, la voz del profeta resonó, no como un trueno, sino como un lamento desgarrado que surgía de las mismas entrañas del cielo.

“Escucha, ciudad,” comenzó, y sus palabras no eran suyas. Eran el eco de una memoria antigua, la voz de Dios recordando. “Tu origen, tu nacimiento, está en la tierra de Canaán. Tu padre era amorreo, y tu madre hitita. El día que naciste, nadie cortó tu ombligo, nadie te lavó con agua para limpiarte, nadie te frotó con sal, ni te envolvió en pañales.”

La imagen era brutal en su realismo. Una recién nacida, abandonada en el campo abierto, con el cordón umbilical sin cortar, revolcándose en su propia sangre. Nadie tuvo piedad de ella. No era un príncipe abandonado para un destino glorioso; era el desecho de un parto no deseado, dejado a los elementos y a los buitres. Así era el pueblo antes de la elección: sin linaje noble, sin pacto, sin identidad. Una nada entre las naciones.

“Y pasé yo junto a ti,” continuó la voz, y aquí el tono cambió, se hizo íntimo, casi tembloroso. “Y te vi agitándote en tu sangre, y te dije: ‘¡Vive!’. Sí, te dije en tu sangre: ‘¡Vive!’. Hice que crecieras como la hierba del campo. Creciste y te desarrollaste, y llegaste a la plenitud de la juventud. Tus pechos se formaron, y tu cabello creció; pero estabas desnuda y descubierta.”

El profeta cerraba los ojos, como si la visión le quemara. No era una parábola amable. Era la crónica de una gracia que se inclina hacia lo repulsivo. Dios no encontró una princesa; encontró una moribunda sucia de sangre. Y su primer acto no fue un decreto real, sino un grito de vida contra la muerte. Él la cuidó, año tras año, en un silencio paciente, hasta que la criatura abandonada se convirtió en una mujer. Una mujer hermosa, sí, pero cuya belleza era un don, no un mérito. Y seguía desnuda. La desnudez de entonces no era inocencia; era indigencia, vulnerabilidad total.

“Pasé otra vez junto a ti, y te miré. Era tu tiempo, el tiempo del amor.” La frase tenía una cadencia nupcial. “Extendí el borde de mi manto sobre ti y cubrí tu desnudez. Te juré e hice pacto contigo, y fuiste mía.”

Aquí, el relato se envolvía en la solemnidad de un rito matrimonial. En Oriente, cubrir con el manto era el gesto del esposo. Dios la desposó. El pacto del Sinaí no fue un contrato frío entre un rey y sus súbditos; fue la ceremonia de boda de Yahvé con Jerusalén. Él tomó lo que no era nadie y la hizo su esposa. Luego vino la lluvia de dones: la vestió con bordados, calzó sus pies con fino cuero, la ciñó con lino y la cubrió de seda. La adornó con joyas: brazaletes, collar, anillo en la nariz, pendientes, una corona espléndida en la cabeza. Comió flor de harina, miel y aceite. Su belleza se hizo proverbial, perfeccionada con el esplendor que Él le había conferido.

Pero la voz del recuerdo se agrió. Un temblor de ira contenida entró en la narración. “Confiaste en tu hermosura y te prostituiste a causa de tu fama. Derramaste tus actos de prostitución a todo el que pasaba.” La metáfora era despiadada, pero los oyentes sabían a qué se refería: a los altares en cada esquina, a las alianzas políticas con Egipto y Asiria buscando seguridad, a la adoración de los baales cananeos, dioses de la fertilidad, pensando que eran ellos quienes daban el grano, el vino y el aceite. Tomó los vestidos bordados y las joyas que su Esposo le dio, e hizo con ellos imágenes de hombres, y se prostituyó con ellas. Tomó sus hijos y sus hijas, los frutos de su pacto con Dios, y los hizo pasar por el fuego como ofrenda a los ídolos.

Lo peor no era la infidelidad, sino la perversión de la lógica. “No fuiste como una prostituta común, que recibe pago… sino como una mujer adúltera, que en lugar de su marido recibe extraños.” Ella pagaba a los amantes. Con la plata y el oro de Dios, construía altares paganos. Buscaba a las naciones lejanas, no por necesidad, sino por un apetito insaciable de novedad, de apostasía. La prostitución ritual en los altozanos era solo el símbolo de una heart traicionado que había olvidado el origen de todo lo que tenía.

La sentencia cayó entonces, fría y terrible. Los amantes a quienes ella había buscado con tanto afán se volverían contra ella. La alianza con Asiria y Egipto acabaría en desastre y saqueo. Sus santuarios paganos serían derribados, sus vestidos desgarrados, sus joyas robadas. La dejarían de nuevo desnuda y descubierta, como en el día de su nacimiento. La multitud que la admiraba se congregaría ahora para apedrearla y atravesarla con sus espadas. El fuego de la ira divina consumiría la ciudad infiel.

Un silencio espeso seguía a cada palabra del profeta. No había triunfalismo en su condena, solo un dolor inmenso. Porque la historia no terminaba en la hoguera. En la boca de Dios, incluso el juicio llevaba una semilla de ese pacto inquebrantable que Jerusalén había roto.

“Sin embargo, me acordaré del pacto que hice contigo en los días de tu juventud, y estableceré contigo un pacto eterno.” No por mérito de ella, que no tenía ninguno, sino por la fidelidad de Aquel que había gritado “¡Vive!” sobre un montón de sangre y tierra. El perdón no borraría la memoria; la cicatriz quedaría para siempre, un recordatorio mudo de la infidelidad y de la gracia que es más tenaz que la muerte. La esposa quedaría en silencio, cubierta de vergüenza, incapaz siquiera de abrir la boca, cuando su Esposo, por su propio nombre, hiciera expiación por todo lo que ella había cometido.

El profeta dejó de hablar. El viento seguía soplando, pero ahora parecía llevar un sonido distinto, no solo olor a incienso extraño, sino el eco lejano de un juramento. Un juramento hecho sobre una niña abandonada, que aún, misteriosamente, seguía en pie. La ciudad a su alrededor era aquella mujer, hermosa y corrupta, condenada y amada. Y en el centro de todo, la imagen persistente de un Dios que se inclina sobre el barro sanguinolento de la historia humana y, contra toda esperanza, pronuncia la palabra que lo cambia todo: “¡Vive!”.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *