Biblia Sagrada

La Traición en Mizpa

El sol de Tishri, ya sin la furia del verano, caía sobre Mizpa con una luz espesa y dorada, la clase de luz que todo lo baña y nada purifica. El polvo de los caminos, levantado por las caravanas de los que volvían de la ruina de Jerusalén, se suspendía en el aire como un presagio tangible. En el patio de la residencia de Gedalías, el gobernador designado por los babilonios, el silencio era un huésped incómodo. Un silencio cargado de susurros, de miradas que se cruzaban y se desviaban rápido, del roce de la seda de los turbantes al girar la cabeza.

Gedalías, hijo de Ahicam, era un hombre con el peso de un reino deshecho sobre los hombros. No llevaba corona, solo una autoridad prestada y frágil, como la loza fina que ya no se fabricaba en Judá. Había dado su palabra: quedarse en la tierra, servir al rey de Babilonia, era el único camino hacia una paz, hacia una supervivencia. Muchos habían acudido a Mizpa, creyendo, o queriendo creer, en esa promesa de normalidad. Entre ellos, Ismael, hijo de Netanías, de sangre real, un príncipe sin trono, con una sonrisa que no alcanzaba nunca a calentar sus ojos.

La advertencia había llegado antes, susurrada por labios temblorosos. Johanán, hijo de Carea, un hombre de armas con la frente surcada por preocupaciones más hondas que las arrugas, se había presentado ante Gedalías. «Ishmael conspira contra tu vida», le dijo, la voz ronca de tanto callar en las guaridas de las colinas. «Déjame que lo mate, en secreto. ¿Por qué ha de morir tú, y que se disperse todo este pueblo que ha buscado tu sombra?».

Pero Gedalías, hombre de ley y tal vez de una fe demasiado quieta, lo había desestimado. «No hables falsedades de Ismael», contestó. Creía en la palabra dada, en el pacto compartido de supervivencia. No supo, o no quiso ver, que para algunos, la ambición y el rencor ardían con más fuerza que el deseo de vivir. La traición, cuando llegó, no lo hizo con estruendo de ejércitos, sino con la familiaridad siniestra de un banquete.

Ismael y diez de sus hombres llegaron a Mizpa como compañeros, como hermanos. Gedalías, aliviado tal vez de que las tensiones se disiparan, les ofreció pan y vino. Se sentaron a la mesa, y la conversación debió de girar en torno a las cosechas, a los pozos, a la difícil esperanza. Luego, en un momento que la crónica no detalla pero la imaginación llena de un sonido seco y terrible, Ismael se levantó. El hierro brilló a la luz de la tarde. No hubo grito, o quizá sí, pero se ahogó en la garganta de todos los presentes. Gedalías cayó, y con él, la última ilusión de un gobierno propio, por frágil que fuera. Los babilonios que Nabucodonosor había dejado con él corrieron la misma suerte, hombres que confiaron en la palabra de un judío y murieron por ella.

La sangre se empapó en la tierra del patio. Y después, un silencio aún más profundo, roto solo por el zumbido de una mosca.

Al día siguiente, antes de que la noticia pudiera volar como un cuervo negro sobre los montes, llegaron a Mizpa ochenta hombres. Venían del norte, de Siquem, Silo y Samaria, con las barbas rasuradas en señal de duelo, los vestidos rotos, y las manos vacías de armas. Traían ofrendas de grano e incienso para la Casa del Señor, o lo que quedaba de ella, en Jerusalén. Peregrinos inconscientes, caminantes de la fe en un mundo donde la fe era el blanco más fácil.

Ismael salió a su encuentro. Llorando, sí, llorando lágrimas que debían de ser sal y hiel, los invitó a entrar. «Venid a Gedalías», dijo. Una mentira tan grande que casi tenía un aire de verdad. Y ellos entraron, confiados, en la ciudad. Y entonces, uno a uno, Ismael y sus hombres los llevaron al centro de la ciudad, a la cisterna grande, aquella que el rey Asa había hecho construir contra Baasa, rey de Israel. Un lugar de vida, de agua para tiempos de asedio, convertido en fosa.

Los mataron allí, junto al borde. No en batalla, no con honor, sino como a corderos extraviados. Sangre y ofrendas se mezclaron en el polvo. Setenta cuerpos cayeron. Diez sobrevivieron, aferrándose a una promesa desesperada: «Tenemos tesoros escondidos en el campo, trigo, cebada, aceite y miel». La codicia, a veces, es más fuerte que la sed de sangre. Ismael se contuvo, y les perdonó la vida, tomándolos como rehenes. Llenó la cisterna con los muertos, un monumento de horror que gritaba hacia un cielo que parecía de bronce.

Luego, Ismael hizo lo que quizá había planeado desde el principio: tomó como cautivos a todo el resto del pueblo que estaba en Mizpa, a las hijas del rey que Nabuzaradán había confiado a Gedalías, y emprendió la marcha. Se dirigía a Amón, al otro lado del Jordán, donde esperaba encontrar refugio y quizá un trono en el exilio. Su caravana debía de ser un espectáculo lúgubre: polvo, gemidos, el metálico y opaco sonido de las cadenas, y el peso muerto de un secreto que ya empezaba a supurar.

Pero las noticias viajan en alas del viento y en los pies ligeros de los que huyen. Johanán, hijo de Carea, y todos los jefes de las tropas que con él estaban, supieron de toda la maldad que Ismael había cometido. La rabia, esa rabia fría y determinada de los que se saben en lo correcto, los impulsó. Reunieron a sus hombres y salieron en su persecución. Lo alcanzaron junto a las grandes aguas de Gabaón, esas aguas donde una vez Josué había pedido que el sol se detuviera. Ahora, solo se detendría la marcha de un traidor.

Al ver a Johanán y a la multitud que con él venía, el corazón de los cautivos, que iban con Ismael, se llenó de una esperanza feroz. Dieron media vuelta, corriendo hacia sus libertadores. Ismael, viendo cómo se le desmoronaba el botín y su plan, no intentó contenerlos. Con ocho hombres fieles, quizá los mismos que habían compartido el pan con Gedalías, rompió filas y huyó. Cruzó el Jordán hacia Amón, desapareciendo en la bruma de la historia, un espectro manchado de sangre y de fracaso.

Johanán se quedó allí, en Gabaón, rodeado del pueblo rescatado: hombres, mujeres, niños, las princesas pálidas de miedo. Los contempló, a ellos y al camino polvoriento que llevaba de vuelta a Mizpa, a la cisterna llena, a la casa del gobernador con la sangre seca en el suelo. Un escalofrío, que no provenía del aire de la tarde, recorrió su espina dorsal. La venganza babilónica por el asesinato de su gobernador y sus soldados sería rápida, y terrible. No habría explicaciones que valieran, no habría distinciones.

«Venid», debió de decir, su voz grave cargada de una fatiga infinita. «No podemos volver allí». Y tomó una decisión. No hacia la tierra de Amón, el refugio del traidor, sino hacia Egipto. Hacia el sur, hacia el antiguo lugar de esclavitud que ahora se presentaba como la única tierra de libertad posible. Huirían a Tahpanhes, lejos del brazo de Babilonia. Lo hacían temblando, con el último rescoldo de esperanza apagándose en sus pechos, cargando solo con las pocas pertenencias que habían podido agarrar y el peso inmenso de una pregunta que ya nadie se atrevía a formular en voz alta: ¿Dónde estaba, en todo esto, la mano del Señor? La respuesta, por entonces, era solo el crujido de sus sandalias sobre la tierra agrietada, y el silencio de un Dios que parecía haber retirado su mirada de los montes de Judá.

El relato terminaba ahí, en un camino hacia el sur, con el polvo de Gabaón asentándose lentamente sobre las huellas de sus pies, un polvo que pronto borraría toda memoria de su paso. Solo la cisterna en Mizpa, llena de muerte, quedaba como testigo mudo, esperando la lluvia que nunca llegaba para limpiarla.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *