El calor en Anatot no era solo del sol. Era un peso que aplastaba el polvo de los caminos, que hacía brillar las piedras del campo con un fulgor enfermizo, como de fiebre. Jeremías sentía ese calor dentro, un fuego entretejido con una pena tan vasta que no encontraba salida. No era profeta en ese momento, solo un hombre junto a un ribazo, mirando las colinas que se ondulaban hacia la ciudad distante. El aire olía a tomillo seco y a tierra agrietada.
Más que el calor, lo que le ahogaba era el silencio. No un silencio de paz, sino el silencio denso que deja la mentira cuando todo el mundo sabe que miente, pero nadie lo dice. Recordaba las palabras que ardían en su interior, las que había escrito con tinta amarga en el rollo: “¡Quién me diera en el desierto un albergue de caminantes!” No era un deseo de soledad, sino de una honestidad brutal y simple. En el desierto, el escorpión pica, el sol mata, pero al menos no habla. Allí, en la ciudad, las palabras habían perdido todo su valor. Eran monedas falsas que pasaban de mano en mano.
Cerró los ojos y vio no visiones de Dios, sino recuerdos nítidos y dolorosos. La última fiesta en casa de Zacarías, el mercader. Las risas, demasiado agudas; los brindis, demasiado largos. Hablaban de cosechas que no existían, de alianzas con Egipto que eran humo, de la “paz, paz” cuando los babilonios afilaban sus espadas a dos días de marcha. Y entre vaso y vaso, los susurros junto a la puerta: “¿Viste a Malquías con la mujer de su vecino? Mañana le prestaré dinero, pero con un interés que no podrá pagar. Dile al rey que el ejército está listo, aunque no lo esté.” Cada palabra, una flecha envenenada. Cada sonrisa, una traición incubándose.
Se levantó, las rodillas crujiéndole. Caminó sin rumbo, por los senderos que bordeaban los campos de cebada. Las espigas estaban mustias, amarillentas, como la fidelidad del pueblo. Pasó junto a un grupo de segadores que descansaban a la sombra de una encina. Hablaban con voz ronca.
“—El de Hefzi-bá me vendió un asno cojo. Juró por el Templo que era el mejor de la manada.
—Y tú le creíste, Simón. Ayer le contaste a Efraín que yo había malversado el diezmo del pozo. Lo sé.
—¿Yo? Nunca. Juro por mi vida.
—Juráis por vuestras vidas y por lo que no es nada —murmuró Jeremías, pero el viento se llevó sus palabras.”
Siguió adelante. La imagen que Dios le había dado no le abandonaba: una honda, un torno de alfarero, un horno a punto de estallar. No eran símbolos para un discurso, eran realidades que palpitan. Sintió el impulso de llorar, no con lágrimas calladas, sino con el llanto que desgarra el pecho. “¡Oh, si mi cabeza se hiciese aguas, y mis ojos fuentes de lágrimas, para que llore día y noche los muertos de la hija de mi pueblo!” Pero las lágrimas no llegaban. Se habían secado, convertidas en esa arenilla áspera que sentía en el alma.
Llegó a un lugar alto, una atalaya natural desde donde se vislumbraba, lejana y arrogante, Jerusalén. El sol ponía sobre sus muros una capa de oro falso. Y entonces, como si la vista de la ciudad activara una cerradura en su espíritu, la voz volvió. No era un trueno, sino un susurro grave que resonaba en sus huesos.
“He aquí que yo los afinaré y los probaré. ¿Pues qué otra cosa haré, hija de mi pueblo?”
Era el lamento de Dios. Un lamento más profundo que el suyo. No era la ira del guerrero, sino el dolor del alfarero que ve la vasija, su obra amada, torcerse voluntariamente en el torno, empeñada en romperse. Jeremías entendió de repente. La mentira, la traición, el engaño… no eran solo faltas sociales. Eran una fractura en la creación. Una voluntad de deformar lo real. Y ante eso, Dios no enviaba solo un castigo; pronunciaba una sentencia de realidad pura: “Por tanto, así ha dicho Jehová de los ejércitos: He aquí que los alimentaré, a este pueblo, con ajenjo, y les daré a beber aguas de hiel.”
El ajenjo. Lo conocía bien. Una hierba amarga que crecía en los eriales, de un verde grisáceo y un sabor que permanecía en la lengua durante horas. Ese sería su alimento. La mentira, su dieta por tanto tiempo, se transformaría en un sabor tangible, irrevocable: el sabor de la amargura de su propia esencia. Y las aguas de hiel… no para envenenar, sino para mostrarles la verdad de lo que habían bebido: la traición, la codicia, la falsedad. Tendrían que bebérsela hasta la última gota.
Una brisa repentina agitó su manto, trayendo desde el valle un olor a humo. No era de un hogar, era espeso, violento. Quizás de alguna granja incendiada en una de las escaramuzas sin fin en la frontera. El humo era el preludio. Después vendrían los cadáveres sin enterrar, esparcidos como estiércol sobre los campos. Los animales del campo y las aves del cielo… Dios los llamaría para ese banquete macabro. No por crueldad, sino porque el hombre, al renegar de su humanidad, de su pacto, se hacía menos que humano. Se convertía en carroña, en un resto abandonado incluso a los buitres.
Jeremías se dejó caer de rodillas, no en postura de oración, sino de un agotamiento total. El peso de la verdad era insoportable. No había consuelo en este mensaje. Solo una precisión terrible. La sabiduría de la que tanto alardeaban los ancianos en las puertas de la ciudad, los cantos de los salmistas en las fiestas, la fuerza de los jóvenes guerreros… todo sería arrasado. Porque se habían gloriado en su propia inteligencia para el mal, en su poder para oprimir, en sus riquezas acumuladas con fraude.
“Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme…”
La frase quedó flotando en el aire caliente. No era una solución mágica. No era un ritual. Era un camino estrecho y polvoriento: entender que Él es Jehová, que hace misericordia, juicio y justicia en la tierra. Conocer el latido moral del universo. En eso estaba el deleite de Dios. Y su pueblo lo había cambiado por el deleite de la mentira cómoda, del beneficio inmediato.
Se levantó, tambaleándose. El sol empezaba a caer, tejiendo largas sombras que parecían grietas en la tierra. Volvería a la ciudad. Seguiría hablando, aunque sus palabras fueran como piedras que la gente escupiría. Porque ahora, en medio de la devastación anunciada, guardaba una certeza pequeña y dura como un guijarro en la mano: la verdad, aunque fuera la verdad del juicio, seguía siendo verdad. Y en algún lugar, más allá del ajenjo y del humo, esa verdad tenía la última palabra. Una palabra que, quizás, mucho después, alguien entendería. Cuando ya fuera demasiado tarde para todo, excepto para entender.




