Biblia Sagrada

En el Risco, Hallé la Roca

Amaba las alturas. Desde niño, el risco sobre la aldea era mi refugio. No por la vista, que era vasta y hermosa, sino por el silencio. Allí arriba, el viento llevaba lejos los ruidos del mercado, los pleitos, el constante trajín. Subía para respirar, para pensar, para sentirme pequeño bajo el cielo inmenso. Pero aquel día no subí por paz.

Subí porque el peso que llevaba dentro era más denso que la piedra. Una noticia, una palabra mal dicha, una pérdida que ahora se me antojaba definitiva. No eran lágrimas lo que sentía, sino un frío seco en el estómago, un vacío que parecía resonar con cada latido. Las sandalias se me hundían en la tierra suelta del sendero, polvorienta por el largo verano. El sol, ya declinando, pintaba de oro salvaje las aristas de la roca, pero a mí me parecía luz muerta.

Alcanzé la cima, un plato de piedra gastada por mil años de viento. Me desplomé, no me senté. La rodilla derecha golpeó el suelo con un dolor sordo y familiar. Y desde allí, viendo cómo las sombras empezaban a alargarse como dedos oscuros sobre los valles, se rompió algo. No fue un grito. Fue un quebranto interior, un derrumbe silencioso que me dejó jadeando, agarrado a la tierra como a un borde. Las palabras, cuando vinieron, no fueron elegantes. Eran guturales, rotas.

“¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo esto, que no es vida sino lenta asfixia?”

El salmo de David lo llama “lazos de muerte”. Yo no habría usado una metáfora tan bella. Era más bien una losa, una pesadez que te inclina la cabeza hacia el polvo y no te deja levantarla. Me rodeaban redes de aflicción, sí, pero tejidas con hilos de mi propio miedo, de mi orgullo herido, de una desesperanza que sabía a hiel. El mundo se había estrechado hasta ser solo este círculo de roca y la certeza aplastante de mi fracaso.

No recuerdo cuánto tiempo pasé. El cielo cambió de oro a púrpura. Y en ese crepúsculo, en el silencio que siguió al agotamiento de mi queja, ocurrió. No una voz. No una visión. Fue una presencia. Como si el silencio mismo dejara de ser vacío y se volviera denso, atento. Como si el aire que respiraba tuviera una cualidad distinta. Y entonces, desde un lugar que no era mis oídos sino el centro de aquel frío en mi estómago, surgió una palabra clara, no en sonido, sino en conocimiento:

“*Yo estoy.*”

No era una respuesta a mis preguntas. No era una solución mágica a mis problemas. Era una afirmación. Simple, desnuda, absoluta. Como el golpe de un martillo sobre yunque en la forja, reverberando en lo más hondo. *Yo estoy*.

Y con eso, algo cedió. No la circunstancia. No el dolor. Cedió la losa que me inmovilizaba. Un sollozo, éste sí caliente y vivo, me sacudió. Y las palabras que siguieron ya no fueron de acusación, sino de un reconocimiento tan abrupto que me tomó por sorpresa.

“Tú escuchas.”

Lo supe. En medio de mi balbuceo desesperado, Él había inclinado su oído. No a las frases pulidas, sino al gemido informe. Había escuchado el ruido de mi corazón quebrándose. Y al escuchar, había venido. No para sacarme del risco, sino para sentarse conmigo en el polvo.

Me levanté. Las piernas me temblaban, pero era un temblor distinto, de corriente que vuelve a fluir. La oscuridad había caído por completo, y las primeras estrellas punzaban el terciopelo del cielo. La bajada fue otra cosa. No era la huida de quien sube angustiado, sino el descenso pausado de quien lleva algo precioso y frágil. Miraba mis pies, iluminados por una luna creciente, y cada paso era una afirmación: “Caminaré delante de Jehová en la tierra de los vivientes”.

La tierra de los vivientes. Ya no me sentía en la tierra de los muertos. La losa se había hecho añicos. Lo que quedaba era una liviandad temblorosa, una gratitud que me quemaba en el pecho como un carbón encendido.

No entré en la aldea como un triunfador. Entré como un hombre que ha vuelto de muy lejos. El olor a leña quemada y pan de cebada me envolvió. Las luces de las lámparas de aceite titilaban tras las ventanas. Era la vida, la misma de siempre, pero yo la veía con ojos nuevos. ¿Qué podía dar a cambio? No tenía riquezas. No tenía un sacrificio costoso.

En mi casa, pobre y sencilla, llené una copa de barro con el vino del día. La levanté bajo la tenue luz. No era la copa de la consagración del templo, pero en ese momento, para mí, lo era. “Tomaré la copa de la salvación”, murmuré. Y bebí. El vino, áspero y dulce, me recordó la uva pisada, el sol, la lluvia, el ciclo de la vida que seguía su curso, bendecido por una mano que yo, en mi angustia, había creído ausente.

Llamé a mi vecino, al viejo Caleb, que vivía solo. “Ven”, le dije. No le hablé de mi crisis en el risco. Le serví pan, un poco de quevo, y compartí mi vino. Su conversación era lenta, llena de anécdotas de otros tiempos. Y en ese acto simple de compartir la copa, en nombrar delante de otro lo bueno que Dios había hecho, se cumplía algo. “Pagaré mis votos a Jehová delante de todo su pueblo”. No en el atrio, sino en mi mesa. Allí, en la comunión sencilla, Él era alabado.

Caleb se fue tarde, con paso lento. Yo me quedé recogiendo los platos. En el silencio de la casa, la paz era profunda, no ausencia de ruido, sino plenitud de una presencia. La aflicción no había desaparecido. Mañana habría trabajo duro, cuentas que pagar, heridas que seguirían doliendo. Pero ya no era una prisión. Era parte del camino, y en ese camino, yo ya no caminaba solo.

Miré por la ventana hacia la silueta negra del risco contra el cielo estrellado. Allí arriba, había creído tocar fondo. Y en el fondo, mis manos habían encontrado, no el vacío, sino la Roca. Preciosa es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos. No entendía del todo el verso, pero intuía que en aquella “muerte”, en aquel rendir mi desesperación, algo había sido ofrecido y aceptado. Y de aquella rendición, nacía ahora esta quietud, esta fuerza extraña, esta voluntad de vivir.

Apagué la lámpara. La oscuridad era amiga. Y antes de dormir, las últimas palabras del salmo, ahora mías, resonaron en la almohada sin necesidad de sonido: “Oh Jehová, yo soy tu siervo… tú has roto mis prisiones. A ti ofreceré sacrificio de alabanza”. Mañana sería otro día. Pero yo, por fin, sería otro hombre.

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