Biblia Sagrada

El Sello de la Salvación

La sala del trono olía a polvo de mármol y a la fina resina que quemaban en braseros de plata. Aun en la penumbra de la tarde, los últimos rayos del sol se prendían en los hilos de oro de los tapices, dibujando caminos de luz en la oscuridad. Ester no sentía el peso del manto real sobre sus hombros, solo una opresión más honda, un nudo de angustia que no se había deshecho con la caída de Amán. La orden escrita, sellada con el anillo del rey, aún estaba vigente. En treinta días, la espada caería sobre su pueblo disperso por todas las provincias. Un decreto de los medos y persas no se revoca; es una ley inmutable, tallada en piedra.

Asuero, desde su trono, la observaba. Había en sus ojos una fatiga nueva, la sombra de una culpa incómoda. Había entregado su anillo a un hombre lleno de veneno, y ese veneno, ahora, corría por los caminos del imperio en forma de palabras oficiales. Ester se postró una vez más, y el gesto no fue de ceremonia, sino de desesperación. Su frente rozó el frío suelo.

—Si place al rey, y si he hallado gracia ante sus ojos —su voz, apenas un susurro, ganó fuerza al nombrar lo innombrable—, si el asunto parece justo al rey, y yo soy agradable a sus ojos, que se escriba para revocar las cartas concebidas por Amán… porque ¿cómo podré yo ver el mal que alcanzará a mi pueblo? ¿Cómo podré ver la destrucción de los de mi sangre?

El silencio que siguió fue largo, cargado. Se escuchaba, lejos, el rumor de la fuente en el patio interior. El rey extendió su cetro de oro hacia ella, y ella se levantó, las rodillas débiles.

—He aquí —dijo Asuero, y su tono era práctico, el de un gobernante que busca una rendija en la ley de hierro— he dado a Ester la casa de Amán, y a él lo han colgado en la horca por alzar su mano contra los judíos. Escribid, pues, vosotros a los judíos como bien os parezca, en nombre del rey, y selladlo con el anillo real.

Comprendió entonces. No había vuelta atrás para el primer decreto, pero podía nacer otro. Un contradecreto. Una respuesta. Una defensa legal. Mandó llamar a los escribas, y también a Mardoqueo. Al ver a su primo entrar en la sala, con las vestiduras de lino fino y el gran sello real colgado al cuello, a Ester se le llenaron los ojos de lágrimas. No eran de alegría, sino de un alivio profundo y tembloroso. Él no sonreía. Su rostro era una máscara de gravedad, la misma que debió de tener cuando crió a una niña huérfana y le enseñó, sin saberlo, el valor de un momento como este.

Los escribas se sentaron, las piernas cruzadas sobre esteras. Trajeron pergamino de la mejor calidad, tinteros de bronce, cálamos afilados. Mardoqueo dictó. No era un poema, ni un discurso. Era un documento de estado, claro, preciso, implacable. Pero en cada palabra latía un corazón. Se escribió en nombre del rey Asuero, se fechó, se especificó: se permitía a los judíos en cada ciudad reunirse y defender sus vidas, destruir, matar y exterminar a cualquier fuerza armada de cualquier pueblo o provincia que los atacara, junto con sus mujeres y niños, y apoderarse de sus bienes.

Ester observaba las manos de los escribas moverse, trazando los caracteres arameos con trazos seguros. El sonido del cálamo sobre el pergamino era un susurro urgente, el sonido de la vida venciendo a la muerte. Luego, Mardoqueo tomó el anillo real, ese objeto pequeño y frío que había sido instrumento de condena, y lo presionó sobre la cera caliente. El sello quedó impreso: la autoridad del trono, ahora puesta del lado de los condenados.

Pero esto no bastaba. Un solo documento en Susa no salvaría a una familia en Sardis o en Babilonia. Se llamó a los correos reales, a los jinetes de los camellos y mulos hijos de yeguas finas. La orden era perentoria: velocidad. Que las cartas fueran llevadas a las ciento veintisiete provincias, de India a Etiopía, con la lengua y escritura de cada pueblo. La misma prisa maldita con la que se había difundido la destrucción, ahora se empleaba para difundir la esperanza.

Mardoqueo salió de la presencia del rey. Al cruzar el umbral, la luz plena del atardecer lo bañó, vistiéndolo de púrpura y oro. Las vestiduras reales, azul y blanco, el manto de lino fino, parecían fundirse con el cielo. La ciudad de Susa, que había estado sumida en un luto silencioso y aterrado, lo vio y estalló.

No fue solo alegría. Fue algo más visceral: un grito largo, profundo, que salía del pecho de una multitud que ya se había contado entre los muertos. Fue luz después de una oscuridad total. Los judíos tuvieron banquete y regocijo. Muchos de los pueblos de la tierra, viendo el viento cambiar, sintieron miedo. Y algo más: un respeto helado. Se declararon judíos, no por fe, sino por el terror que les había inspirado la sombra de Mardoqueo, ahora ascendido y poderoso. La ciudad de Susa resonaba con un júbilo que tenía, en su fondo, el temblor de la guerra que vendría. Pero era una guerra diferente. Ya no era el exterminio de los indefensos. Era la posibilidad de alzar la cabeza. Era, en el laberinto de los decretos humanos, un resquicio de justicia que brillaba como un pedazo de cielo despejado en un día de tormenta.

Y en su alcoba, con las últimas luces del día filtrándose por las celosías, Ester por fin dejó caer las lágrimas que había contenido. No eran solo por su pueblo. Eran por la extraña y retorcida manera en que la mano oculta de su Dios, aquel cuyo nombre nunca se pronunciaba en estas tierras, había tejido los hilos. Un rey caprichoso, un enemigo orgulloso, un decreto irrevocable. Y sin embargo, en el cruce de todos esos designios humanos, un camino se había abierto. No era un milagro espectacular. Era un permiso para luchar. A veces, pensó, la salvación no llega como un ejército de ángeles, sino como un sello de cera sobre un pergamino, firmado al caer la tarde, llevado por jinetes que galopan contra el tiempo.

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