Biblia Sagrada

La Pascua del Rey Josías

La primavera llegó a Jerusalén con un aire distinto ese año. No era solo el aroma de los almendros en flor, ni la luz clara que bañaba las piedras doradas del templo. Era una urgencia, un rumor que crecía desde los patios de los levitas hasta las puertas del palacio. El rey Josías andaba de un lado a otro, el rollo de la Ley, encontrado tantos años atrás en el templo, pesaba en su mente más que la corona. Las palabras del profeta Jeremías, ásperas y dulces a la vez, resonaban en sus oídos: el país se había desviado, pero aún había un camino de regreso. Y ese camino pasaba por la memoria. Por la Pascua.

No sería una fiesta cualquiera. Josías, con ese ímpetu que lo caracterizaba, envió mensajeros a todo Judá e Israel, a las tribus del norte que aún quedaban, a las ciudades esparcidas como ovejas sin pastor. “Volved a la casa de Jehová”, decían las órdenes. “Celebrad la Pascua según lo escrito. No como lo hicieron vuestros padres, ni como lo hicieron los reyes antes de mí.”

En el atrio del templo, el bullicio era el de un enjambre. Hilcías, el sumo sacerdote, con los ojos cansados pero vivos, supervisaba a los levitas. Estos, divididos por sus casas paternas, sacaban del gran almacén los animales consagrados para el sacrificio. El sonido de los corderos, un balido suave y constante, se mezclaba con el roce de las sandalias sobre la piedra y el entrechocar de los calderos de bronce. Josías observaba desde una galería, su túnica blanca ondeando levemente. No daba órdenes desde la distancia. Bajó y se arremangó, ayudando a cargar los haces de leña para el altar. Un gesto que hizo callar a los nobles por un instante. El rey, sudando como cualquier hombre.

“El rey ha dado de su propia hacienda”, susurraba la gente. Y era cierto. Treinta mil corderos y cabritos, y tres mil bueyes, salieron de los rebaños personales de Josías. Los príncipes, contagiados por ese fervor, también contribuyeron con generosidad forzada por la vergüenza. Dos mil seiscientas reses pequeñas y trescientos bueyes de los jefes del pueblo. Una riqueza en vida que pronto sería humo y promesa.

Los levitas, aquellos maestros de Israel que normalmente enseñaban la ley, se convirtieron en carniceros sagrados. Sus manos expertas desangraron a los animales, recogiendo la sangre en tazones para ser rociada según el rito. No estaban acostumbrados. Su lugar era el canto y la enseñanza. Pero Josías había sido claro: “Servid a vuestros hermanos preparando la Pascua, conforme a la palabra de Jehová dada por Moisés”. Y ellos obedecían, con las túnicas manchadas de rojo, moviéndose con una precisión aprendida a toda prisa.

El día catorce del primer mes, Jerusalén fue un solo altar. En el patio grande, los sacerdotes corrían de un lado a otro con las porciones grasas. El fuego crepitaba en el altar de bronce, las llamas lamiendo la ofrenda, el humo ascendiendo en columnas espesas que el viento de la tarde dispersaba sobre la ciudad, un incienso gigante que todo lo impregnaba. En cada rincón, las familias se agrupaban. No solo en el templo. En las plazas, en los barrios, en los patios de las casas, asaron los corderos. El olor a carne asada y a hierbas amargas, el sonido de salmos cantados a media voz, el ver a niños preguntando “¿qué significa este rito para vosotros?” como manda la Escritura, todo se fundía en una sola experiencia abrumadora. Era como si el tiempo se hubiera doblado y el gran éxodo, la noche de prisa y esperanza, estuviera ocurriendo de nuevo entre aquellos muros.

Los cantores, hijos de Asaf, estaban en su puesto, como en los días de David. Su voz, a veces clara como el agua, a veces ronca por el humo y la emoción, se elevaba sobre el murmullo. Los porteros vigilaban cada puerta, no por enemigos, sino para no interrumpir la santidad del momento. Nadie abandonaba su tarea. Los levitas asaban la Pascua para los que no tenían medios, para los peregrinos venidos de lejos con polvo en los pies y esperanza en los ojos. Y después, para ellos mismos y para los sacerdotes, que, absortos en ofrecer la grasa hasta la noche, no habían tenido tiempo.

Fue una Pascua como no se recordaba desde los días del profeta Samuel. Ni siquiera Salomón, en todo su esplendor, había congregado así al pueblo. Había algo crudo, urgente y genuino en aquella celebración. No era la pompa de un reino establecido, sino el temblor de un pueblo que recordaba quién era. Por unos días, las divisiones se borraron. La ley fue algo más que palabras en un rollo; fue el sabor de la hierba amarga en la lengua, el calor del pan sin levadura, la fatiga sagrada de los levitas.

Después, todo terminó. Los restos se quemaron, los calderos se fregaron, los atrios se regaron para limpiar la sangre. El pueblo, con el corazón extrañamente liviano y pesado a la vez, volvió a sus casas. La normalidad regresó, pero una normalidad distinta, filtrada por la memoria del rito.

Sin embargo, la historia de Josías no terminaba con la Pascua. La fidelidad no es un escudo contra el giro inescrutable de los acontecimientos. Poco después, una noticia llegó: el faraón Necao de Egipto marchaba hacia el norte, hacia Carquemis, para enfrentarse a los babilonios. No era guerra de Judá. Pero Josías, quizás sintiendo que debía defender la tierra que había purificado, quizás interpretando un pacto antiguo, decidió salir a su encuentro. Le advirtieron. Hubo mensajes, se dice que hasta del mismo Necao: “¿Qué tengo yo contigo, rey de Judá? No vengo contra ti hoy”. Pero Josías no escuchó. Se disfrazó para la batalla, una decisión extraña para un hombre que siempre había actuado con transparencia. Quizás una sombra de duda, un presentimiento.

En la llanura de Meguido, los carros de guerra egipcios brillaron bajo un sol despiadado. La batalla fue breve y confusa. Entre el estruendo y el polvo, un arquero, sin saber a quién apuntaba, disparó su flecha. Encontró un hueco en la armadura, un lugar desprotegido. Josías, el rey que había restaurado el templo y la Pascua, cayó herido de muerte. Sus siervos lo sacaron del carro de combate, lo pusieron en un segundo carro, y emprendieron la carrera desesperada de vuelta a Jerusalén. Pero en el camino, quizás al ver el perfil de las murallas que había amado y defendido, Josías murió.

Lo enterraron en los sepulcros de sus padres. Todo Judá y Jerusalén hizo duelo por él. Jeremías compuso un lamento, y los cantores, los mismos que habían entonado los salmos de la Pascua, lo cantaron por generaciones, hasta que se perdió en el exilio. La gran Pascua no evitó la flecha en Meguido. La obediencia no garantiza un final triunfal. Pero aquella primavera en Jerusalén quedó como un testimonio: un destello de lo que pudo ser, un momento de pura y costosa fidelidad, un eco del primer Éxodo que resonó en los corazones mucho después de que el humo de los sacrificios se hubiera disipado y el polvo de Meguido se hubiera asentado sobre la tumba de un rey bueno. La memoria, a veces, es el verdadero triunfo.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *