Biblia Sagrada

El Último Suspiro de Jerusalén

El aire en Jerusalén olía a polvo y a miedo. Un olor seco, que se te pegaba a la garganta. No era el miedo repentino de un asalto, sino el otro, el lento, el que había ido creciendo día a día, como una hierba venenosa entre las grietas de las piedras, mientras el ejército de Nabucodonosor, rey de Babilonia, apretaba su cerco alrededor de nuestras murallas. Durante dieciocho meses, el hambre fue nuestra sombra. Primero se llevó la carne de los corderos, luego el grano de los almacenes, después las ratas de las cloacas. Finalmente, solo quedaban los suspiros y el eco hueco de los vientres vacíos.

Yo, Ebed, hijo de Gadalías, era entonces un joven escriba en la corte del rey Sedecías. Recuerdo la noche en que la ciudad se quebró. No con un estruendo, sino con un gemido largo y colectivo. Las tropas caldeas habían abierto una brecha cerca de la puerta central. El sonido de las piedras derrumbándose se confundió con los gritos desgarrados de los defensores. Desde el patio interior del palacio, vi la cara del rey. No era el rostro de un monarca, sino el de un animal acorralado. Sus ojos, enormes, reflejaban el fulgor anaranjado de las primeras casas incendiadas. Sin una palabra a sus capitanes, sin una mirada a la ciudad que había jurado proteger, giró su caballo y, seguido por un puñado de guardias, se escabulló por la puerta del jardín real, hacia el camino del Arabá, bajo el manto ceniciento del alba.

Pero Yavé había hablado, y sus palabras, pronunciadas por el profeta Jeremías, no caían en vacío. El rey y sus hombres no llegaron lejos. En las llanuras de Jericó los alcanzaron. Lo trajeron de vuelta, no a su trono, sino ante la presencia implacable de Nabucodonosor, que había establecido su tribunal en Ribla, en la tierra de Hamat. Allí, en un acto de una justicia brutal que aún hoy me estremece, se cumplió la sentencia. Ante los ojos de Sedecías, degollaron a sus hijos. Fue el último espectáculo que contemplaron sus ojos, porque al instante fueron vaciados de su luz. Los caldeos se los sacaron con hierros candentes. Luego, cargado de cadenas de bronce, lo llevaron a Babilonia, un rey ciego, cuya única corona sería el sonido de los grilletes.

Un mes después, Nebuzaradán, el capitán de la guardia del rey de Babilonia, un hombre de mirada fría y gestos precisos como los de un carpintero, entró en Jerusalén. No vino con la furia del conquistador, sino con la meticulosidad del contable de la ira divina. El día que Yavé apartó su rostro, el sol iluminó una escena de desolación sistemática. Sus hombres prendieron fuego a la casa de Yavé, el Templo de Salomón. Vi arder el cedro tallado, derretirse el oro de los querubines, saltar en mil pedazos las piedras de mármol. Las llamas lamieron el palacio real y todas las casas importantes de la ciudad. Luego, los soldados, con picos y palancas, empezaron a derribar las murallas. Cada golpe era un latido menos en el corazón de Sión.

Después vino el despojo. Vacían el Templo como se vacía un cadáver. Se llevaron los dos pilares de bronce, el Mar de bronce, las bases y los utensilios sagrados, grandes y pequeños. El bronce, el cobre, el oro y la plata, todo fue cargado en pesados carromatos que chirriaban hacia el exilio. No quedó nada. Solo un montón de escombros humeantes y un silencio tan profundo que hasta los cuervos parecían callar.

A nosotros, los que sobrevivimos, nos reunieron en la plaza que había ante la puerta de Mizpa. Éramos un rebaño desconcertado y enjuto. Nebuzaradán, con una tablilla en la mano, procedió a la selección. A los capitanes del ejército, a los funcionarios del rey, a los sacerdotes principales, los separaron. Yo contuve la respiración. Mi oficio de escriba me había mantenido cerca del poder, pero quizá mi juventud me salvó. No pronunciaron mi nombre. Los que sí fueron nombrados, sesenta hombres de cierta importancia, fueron conducidos a un descampado fuera de los muros derruidos. Allí, con un método espantoso, los ejecutaron. La sangre de los príncipes de Judá se mezcló con el polvo de su tierra. Fue un sacrificio final, una ofrenda pagana a los dioses de la guerra, o quizá, pensé con un escalofrío, el acto expiatorio que nuestra infidelidad había demandado.

Al resto, a la plebe, a los que no éramos nada, nos dejaron vivir. Me encontré entre los rostros demacrados de campesinos, artesanos y viudas. A Guedalías, hijo de Ahicam, un hombre de temple sereno y palabra mesurada, lo pusieron sobre nosotros como gobernador. Era una sombra de autoridad bajo la vasta sombra de Babilonia. Nos establecimos en las ciudades de Judá que no habían sido arrasadas, intentando arañar la vida de una tierra que lloraba.

Pero incluso en la ruina, la semilla de la conspiración brotó. Ismael, de sangre real, no pudo soportar servir bajo un hombre nombrado por el extranjero. En un banquete en Mizpa, traicionó la hospitalidad. Asesinó a Guedalías y a los judíos y caldeos que estaban con él. El terror, otra vez. Temiendo la represalia babilonia, un remanente de pueblo, con miedo en el alma y Jeremías el profeta a rastras, huyó a Egipto. Se llevaron consigo la última chispa de esperanza organizada.

Yo me quedé. Entre los olivares polvorientos y las viñas salvajes. A veces, cuando el viento viene del este, creo oler aún el humo del Templo. Y cuando la luna ilumina los montones de piedra que fueron Jerusalén, recuerdo las palabras que ahora entiendo: la ira y la misericordia son los dos hilos con los que se teje la tela de la historia. Yavé había juzgado. La ciudad yacía en silencio, cumpliéndose la palabra profética. Y en ese silencio, terrible y completo, empezaba, sin que nadie lo supiera aún, a germinar la promesa del retorno. Pero esa es otra historia, y el relato de estos huesos secos bajo el sol de Babilonia merece, por ahora, su propio y doloroso silencio.

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