El sol de la tarde, pesado y dorado como la miel cuajada, se aferraba a las piedras de la calle de la aldea. El polvo, levantado por las cabras que volvían al redil, flotaba en el aire y se colaba por la puerta abierta de la pequeña sala donde yo, Elidad, escriba de oficio y de corazón, repasaba los rollos. El olor a lana húmeda y a hierbas secas entraba desde el patio, mezclándose con el tenue aroma a cuero y tinta de mi mesa. Aquel día había estado copiando fragmentos de la Ley, y mis dedos aún recordaban la textura áspera del papiro al trazar, una y otra vez, las palabras que nuestro maestro Moisés nos legó antes de cruzar el Jordán. Palabras que no eran solo letras, sino fronteras para la vida, diques para contener el caos del corazón humano.
Esa tarde, sin embargo, la Ley bajó del pergamino y se sentó frente a mí con rostro cansado. Se llamaba Noemí, y era la viuda de Selah, mi primo lejano. Su mirada, fija en el suelo de tierra apisonada, tenía la opacidad de un estanque en invierno. A su lado, de pie pero sin verdadera firmeza, estaba Malquir, el hermano de Selah. El aire entre ellos era espeso, cargado de una vergüenza y una pena tan palpables que casi podía tocarse.
—Elidad —dijo Malquir, y su voz sonó ronca, como si hubiera tragado polvo durante días—. Tú conoces la Ley. Tú escribes sus palabras. Dile… dile a Noemí lo que está escrito.
Ella no levantó la vista. Sus manos, demacradas y surcadas de venas azules, apretaban un pliegue de su manto gris. Comprendí al instante. Estábamos ante el asunto del levirato, esa costumbre antigua y severa como las colinas de Judá. La palabra de Deuteronomio, que había copiado esa misma mañana, resonó en mí: *“Si dos hermanos habitan juntos, y uno de ellos muere sin tener hijo, la mujer del difunto no se casará fuera con un hombre extraño; su cuñado se llegará a ella y la tomará por mujer, y hará con ella parentesco. Y será que el primogénito que ella dé a luz llevará el nombre del hermano difunto, para que su nombre no sea borrado de Israel.”*
Pero la letra es una cosa, y la carne otra. Malquir, un hombre bueno pero de espíritu tímido, ya tenía mujer y dos hijos. Su casa era humilde, su campo apenas daba para llenar la boca de los suyos. Tomar a Noemí significaba una boca más, un hijo que no sería plenamente suyo, una sombra constante del hermano muerto. Y en su rostro se leía el miedo a esa carga, a ese deber que pesaba más que un saco de piedras de molino.
—Noemí —comencé, buscando un tono que fuera a la vez firme y compasivo—. La Ley es clara. Es una misericordia, ¿entiendes? Para que el nombre de Selah no se pierda en el polvo, para que tengas sostén y un hijo que sea tu bastón en la vejez.
Ella alzó por fin los ojos. No había lágrimas, solo una profundidad de dolor que me heló.
—Selah yace bajo tres piedras blancas en el valle, Elidad. Su nombre lo recuerdo yo cada noche antes de dormir. Lo recuerda el olivo que plantó con sus manos. ¿Necesita más que eso? Malquir… —su voz se quebró un instante— Malquir tiene su vida. Yo… yo solo tengo mi vacío. ¿Es misericordia obligar a un hombre a sembrar en un campo de aflicción?
El debate era antiguo, pero en sus labios adquiría la urgencia de lo vivo. Malquir miraba por la puerta, hacia el sendero, como si buscara una escapatoria. La Ley, pensé, no es un yugo para ahogar, sino un marco para sostener la justicia. Pero a veces el marco aprieta donde la carne está más magullada.
Recordé entonces la secuencia de aquel capítulo. Tras el levirato, la Escritura hablaba de la mujer que, con arrojo indecoroso, agarraba las partes vergonzosas del hombre que agredía a su marido. *“Le cortarás la mano; no tendrá de ti misericordia tu ojo.”* Una justicia desnuda, terrible en su literalidad, defendiendo el núcleo de la vida y la dignidad de la simiente. Y acto seguido, casi como un suspiro del mismo Dios, venían los mandatos sobre la pesa y la medida. *“No tendrás en tu bolsa peso grande y peso pequeño… Piedra entera y justa tendrás; efa entero y justo tendrás.”* La justicia no era solo para los grandes dramas de la vida y la muerte, sino para el mercado, para el trato cotidiano, para el puñado de harina que la viuda compra con sus últimas monedas.
Inspiré hondo, oliendo el polvo, la vida sencilla y dura de nuestra aldea.
—No voy a obligar a nadie —dije, y mis palabras sonaron más cansadas de lo que pretendía—. La Ley también prevé el rechazo. Si Malquir no quiere… la ceremonia es clara. Tú, Noemí, debes presentarte ante los ancianos, a la puerta de la ciudad. Él dirá su negativa. Entonces… entonces le quitarás el calzado del pie y le escupirás al rostro. Y su casa será conocida en Israel como “la casa del descalzado”.
Un escalofrío recorrió la estancia. No era solo una humillación. Era un sello de infamia, una renuncia pública y grotesca a un deber sagrado. Malquir palideció. Noemí cerró los ojos con fuerza, como si quisiera borrar la imagen. En ese momento comprendí la genialidad sombría de la Ley. No forzaba al hombre a actuar, pero hacía que el precio de su negativa fuera tan amargo, tan socialmente devastador, que solo el más cobarde o el más ruin optaría por ella. Protegía a la viuda, no con una caridad vaga, sino con el peso abrumador del honor y la vergüenza.
El silencio se hizo largo. Se oyó el balido lejano de un cordero, el golpe rítmico del martillo de Bezalel, el herrero, que forjaba una reja de arado. La vida, tozuda, seguía su curso.
—No quiero que le quiten el calzado —musitó Noemí al fin, con una voz que era apenas un soplo—. Ni que escupa. No quiero más amargura en mi boca. Que se quede con su zapato y su paz.
Malquir la miró, y por primera vez vi algo que no era miedo en sus ojos. Era vergüenza, sí, pero también un destello de algo parecido a la piedad. Asintió lentamente, pero no dijo nada. No había triunfo en su gesto, solo un alivio agridulce y cargado de culpa. Se giró y salió, desapareciendo en el callejón donde ya comenzaban a alargarse las sombras.
Noemí se levantó, arreglándose el manto con manos que ahora temblaban levemente.
—Gracias, Elidad —dijo, y en sus palabras no había reproche, solo una tristeza resignada—. A veces la justicia duele más que la injusticia. Pero al menos… al menos está escrita. Eso es algo.
Cuando se hubo marchado, me quedé contemplando los rollos abiertos. La tinta negra relucía a la luz mortecina. Al final del capítulo, recordé, estaban las palabras sobre Amalec, aquel enemigo despiadado que atacó a los más débiles, a los rezagados, en el desierto. *“Borrarás la memoria de Amalec de debajo del cielo; no lo olvides.”* Una justicia sin paliativos para quien se ensaña con el vulnerable. Todo encajaba. La ley del levirato, la mano cortada, las pesas honestas, el mandato de recordar y actuar contra la crueldad premeditada. Era un mismo tejido: la defensa del débil, la integridad del cuerpo, la honradez en lo pequeño, y la guerra sin cuartel al mal que acecha desde la retaguardia.
Suspiré, enrollando el pergamino con cuidado. Fuera, las primeras estrellas punteaban el cielo color púrpura. La aldea se preparaba para la noche. Yo, Elidad, escriba de oficio y de corazón, había visto una vez más cómo las palabras sagradas, ásperas y luminosas, se entrelazaban con el barro, el sudor y las lágrimas de mi pueblo. No eran un código muerto. Eran un surco vivo, a veces doloroso, en el que debíamos caminar. Y en el silencio de mi habitación, mientras guardaba los útiles de escribir, pensé que quizás la mayor sabiduría no estaba solo en conocer la Ley, sino en discernir, en cada caso, con temor y temblor, dónde termina la letra y dónde empieza el espíritu que la anima. Un espíritu que, como el viento del desierto, no se deja atrapar en ningún odre.




