El aire del séptimo mes olía a polvo caliente y a cambio. Aún no llegaban las lluvias de otoño, pero en el pecho de cada hombre, en el ritmo de la comunidad, se sentía ya un torrente interior. Para Eleazar, hijo de Aarón, el mes de Tishrí no era un tiempo más en el ciclo de las estaciones; era un abismo de memoria y promesa, un mes que respiraba con la lentitud solemne de un gran corazón.
Los preparativos comenzaron con la luna nueva. El sonido del cuerno, el *shofar*, no era como el toque de plata de las trompetas para la guerra. Era un quejido profundo, desgarrado, de cuerno de carnero. Un sonido que parecía brotar de la tierra misma, recordando el carnero enredado en el matorbre, el sacrificio sustituido en la montaña de Moria. Cada mañana de ese primer día, Eleazar se ponía sus vestiduras de lino fino, y el peso del efod y del pectoral con las doce piedras era familiar y abrumador. No ofrecería hoy un cordero por el error de uno solo, ni un novillo por la falta del sumo sacerdote. Hoy era para todos. Un holocausto, un aroma quieto para Yahvé: un novillo, un carnero, siete corderos de un año, sin defecto. La hoguera del altar grande, de bronce, nunca se apagaba, pero en días como este su voracidad parecía distinta, más intensa y al mismo tiempo más paciente.
Los levitas traían la harina fina, amasada con aceite. Eleazar extendía sus manos sobre las cabezas de los animales, y en el silencio que precedía al cuchillo, sentía el aliento cálido, el temblor del pelaje bajo sus palmas. No era un acto de crueldad, sino de terrible sustitución. La vida por la vida. La sangre, recogida en bacines de bronce, era rociada contra la base del altar con un sonido húmedo y serio. La grasa, los riñones, el lóbulo del hígado… todo ardía en la llama que subía recta al cielo sin viento, un humo espeso y aromático que se mezclaba con el incienso dulce del altar de oro. El pueblo observaba desde lejos, silencioso. No era espectáculo. Era contemplación. Era ver el precio de la santidad, el costo de poder habitar en la Presencia.
Pero el día décimo del mes… ese era otro tipo de silencio. El Día de las Expiaciones. *Yom Kippur*. Un sábado de descanso absoluto, un día de aflicción de alma. Ayuno. Arrepentimiento. Y para Eleazar, una soledad como ninguna otra. Antes del amanecer, se bañaba en agua pura y se vestía no con las vestiduras gloriosas, sino con simples ropas de lino blanco. Parecía otro hombre. Un hombre cualquiera, frágil y mortal. El altar esperaba, pero hoy no para los toros del pueblo. Hoy era por él, por su casa, por el santuario manchado inadvertidamente por las impurezas de Israel.
Tomaba un novillo para su pecado y un carnero para su holocausto. La sangre de su novillo no se rociaba en el altar exterior. La llevaba consigo, en un recipiente, más allá del velo. Solo una vez al año. Solo él. La tienda se sentía más grande, más vacía, resonante con su propio latido. El lugar Santísimo. La densa oscuridad solo rota por las llamas del incensario que portaba, cuyo humo velaba la tapa del Arca, el *propiciatorio*, de querubines dorados. Allí, entre las alas de los querubines, era donde la Shekinah, la gloria habitable de Dios, reposaba. Con dedos que querían temblar, salpicaba la sangre hacia el oriente del propiciatorio, y luego siete veces delante de él. La vida entregada, presentada ante el mismísimo trono de la misericordia. Luego salía, y hacía lo mismo con la sangre del macho cabrío por el pecado del pueblo, que Yahvé había elegido por suerte. La otra suerte caía sobre el chivo expiatorio, Azazel, que era llevado vivo al desierto, cargando sobre sí todas las iniquidades, hasta perderse de vista en la tierra desolada. Al regresar el hombre encargado, suelto y cansado, Eleazar completaba los holocaustos. La expiación estaba hecha. El santuario era purificado. El pueblo, limpio. Al atardecer, cuando por fin podía comer, un pedazo de pan ázimo, la fatiga era dulce, como la de un campo recién arado, listo para la siembra.
Y luego, la fiesta. Los Tabernáculos. *Sukkot*. A partir del día quince, durante siete días, el campamento se transformaba. Choza frágiles de ramas de palmera, mirto, sauce y fruto cítrico brotaban en todos los patios. La gente vivía en ellas, recordando los años en el desierto, la provisión divina, la vulnerabilidad y la protección. Y cada día, en el altar, la ofrenda ardiente era un torrente, una cascada de consagración.
Eleazar dirigía la ceremonia con una coreografía interiorizada. El primer día: trece novillos, dos carneros, catorce corderos. Las bestias, un mar de pelajes marrones y blancos, pacientemente esperando su turno. El humo no cesaba. Los levitas, sudando, turnándose para llevar la leña, recoger la ceniza, tocar las trompetas. El segundo día: doce novillos. El tercero: once. Y así, descendiendo, día a día, hasta siete novillos el séptimo día. Era como una gran espira, un remolino de entrega que iba concentrándose. Una disminución numérica que no significaba menor fervor, sino quizás una mayor intensificación simbólica: la totalidad (representada por el trece, el doce, las tribus) siendo ofrecida, y al final, un número de plenitud espiritual, el siete.
El aire era denso, pesado con el olor a carne quemada, a grasa fundida, a incienso. Un olor que para un extraño habría sido nauseabundo. Para ellos, era el perfume de la reconciliación, el aroma de la paz hecha posible. En el octavo día, el gran cierre, *Sheminí Atzeret*, había una asamblea solemne. Ya no había chozas. El trabajo servil cesaba. La ofrenda era distinta: un novillo, un carnero, siete corderos. Simple, íntima, como si después de la gran celebración comunitaria, Yahvé pidiera una reunión más pequeña, más personal, con su pueblo. “Quédate conmigo un día más”, parecía susurrar la liturgia.
Eleazar, al final de esos días, con las vestiduras manchadas de hollín y de sangre seca, miraba el altar. Las piedras negras de humo, la ceniza blanca amontonada al lado. Su cuerpo dolía. Su mente estaba en calma. No era una lista fría de sacrificios, lo que había en el rollo de Números. Era el ritmo de un año que moría y renacía. El cuerno que clamaba, la sangre que expiaba, las chozas que recordaban, el humo que subía. Todo era una palabra larga, dolorosa y hermosa, dicha a un Dios santo. Una palabra que esperaba, él lo intuía en lo profundo de su ser sacerdotal, un Cordero final que un día pronunciaría de una vez por todas, con su propia vida, el “Tetelestai”. “Consumado es”. Pero hasta ese día, ellos caminaban, celebraban, expiaban y vivían, bajo el humo que era su oración perpetua.




