Biblia Sagrada

La Lámpara y la Ley

La luz era lo primero. Siempre.

Eleazar, hijo de Aarón, hundió los dedos en la tinaja de arcilla y sacó un puñado de aceitunas negras, ya blandas y aromáticas después de la prensa. El aceite, espeso y dorado, se colaba entre sus dedos. No era cualquier aceite. Era el trabajo de toda una semana: aceitunas seleccionadas, machacadas con paciencia, el primer jugo, el más puro. Lo que ahora sostenía en sus manos no era para el pan de sus hijos, ni para ungir heridas. Era para Ella. La Lámpara.

El aire dentro de la Tienda del Encuentro era distinto. No olía a polvo del camino, ni a hierbas secas, ni al humo de las hogueras del campamento. Olía a incienso de resina, a la lana limpia de los cortinajes, y a una quietud profunda, casi palpable. Al entrar, el bullicio de las doce tribus acampadas en el desierto se desvanecía, absorbido por el silencio sagrado. Delante del velo, el que ocultaba el lugar Santísimo donde la presencia de Yahweh reposaba, se alzaba el candelabro de oro puro. Siete brazos como ramas de un árbol de luz.

Con un gesto reverente que ya era parte de su propio aliento, Eleazar vació el aceite en las copas de las siete lámparas. Usó una mecha de lino fino, torcida con esmero. El fuego lo tomó de la brasa perpetua del altar de bronce que ardía fuera. Un hilo de humo ascendió, y luego, la llama. Una, dos, tres… hasta siete. No chisporroteaban como las hogueras comunes. Ardían con una claridad serena y constante. «De tarde en tarde», había dicho Yahweh. Al atardecer, Eleazar las ajustaría, las limpiaría, asegurándose de que no se apagaran hasta el alba. Una vigilia perpetua. La luz frente a la oscuridad, la claridad frente al misterio, un recordatorio silencioso de que Él ve, y está.

Luego, los panes. Doce hogazas, una por cada tribu de Israel. La harina era de la más fina, cernida una y otra vez. Eleazar las amasaba pensando en los rostros que representaban: la tribu de Judá, la de Benjamín, la de Leví… Su propia tribu. Los panes no eran pequeños; eran grandes, sustanciosos. Los colocó en dos hileras, seis sobre seis, sobre la mesa de madera de acacia recubierta de oro puro. La mesa estaba frente al candelabro, al otro lado del espacio santo. Sobre los panes, esparció incienso puro, granos blancos que serían ofrenda memorial, un aroma que subiría solo para Yahweh.

Era un ritual que hablaba de provisión y de presencia. Doce panes, como doce tribus perpetuamente ante el rostro de Dios, aun en medio del desierto errante. Pan de la proposición. Pan de la presencia. Eleazar sabía que al cabo de siete días, él y los otros sacerdotes comerían esos panes, ya reemplazados por otros frescos. Era un alimento santo, que los mantenía a ellos, los servidores, ligados al ciclo de lo sacro. Todo tenía un orden. Un ritmo. La luz, el pan, el incienso. Un microcosmos de obediencia en la vastedad impredecible del desierto.

Fue en uno de esos días de cambio, el día de reposo, cuando el orden se quebró.

El sonido llegó desde fuera, un clamor áspero que cortaba la paz del campamento. Voces elevadas, indignadas. Eleazar salió, y la escena era un nudo de furia y confusión. Dos hombres forcejeaban en medio de un círculo de israelitas. Uno era de la tribu de Dan, el otro… el otro era hijo de una mujer israelita y de un padre egipcio. Se llamaba Shelomít, la madre, y el nombre del hijo surgió de los gritos de la multitud como un silbido venenoso: «¡Blasfemo!».

La disputa era terrenal, mezquina. Una pelea por el espacio de una tienda, por un puñado de pertenencias. Pero en la boca del joven de linaje mixto, la ira había tomado una forma prohibida. Los testigos, pálidos de terror, lo repetían entre dientes: «Pronunció el Nombre. Lo maldijo. Con el Nombre en los labios».

Un frío que no tenía que ver con el viento del desierto se apoderó de Eleazar. No era solo una injuria. Era un agujero rasgado en el velo de lo decible. Había puesto el nombre santo, inefable, el tetragrama, en medio de la maldición y la violencia humana. Lo había usado como un arma. Lo había profanado.

Lo llevaron ante Moisés, y Moisés, con el rostro grave, ordenó custodiarlo hasta que la voluntad de Yahweh fuera declarada. El campamento entero pareció contener el aliento. La blasfemia era una mancha en el tejido de la comunidad, y nadie sabía cómo limpiarla. Moisés consultó a Yahweh, y la respuesta llegó clara, severa, estableciendo un principio para el peregrinaje de Israel: «El que blasfeme el nombre de Yahweh, ha de ser muerto; toda la congregación lo apedreará. Así al extranjero como el natural, si blasfema el Nombre, morirá».

El día de la ejecución, el sol estaba alto y despiadado. Lo llevaron fuera del campamento. Los testigos, aquellos que habían oído la blasfemia, fueron los primeros en colocar sus manos sobre la cabeza del joven, transfiriendo simbólicamente el peso de su culpa de la comunidad al culpable. Era un acto solemne, terrible, no de venganza, sino de purificación. Luego, comenzaron a caer las piedras. No eran lanzadas desde la sombra, sino a la vista de todos, bajo la luz cruda del desierto, la misma luz que ardía perpetuamente en la Tienda. Era la justicia de un pueblo que se entendía a sí mismo como santo, separado, portador de un nombre que no podía ser mancillado.

Eleazar no lanzó piedra alguna. Su lugar estaba junto a la lámpara y los panes. Pero aquella tarde, al entrar para el servicio de la tarde, la llama le pareció distinta. No más brillante, sino más necesaria. La luz ardía contra una oscuridad que no era solo la de la noche, sino la del corazón humano capaz de tomar lo más sagrado y convertirlo en veneno. Los doce panes, quietos sobre la mesa, eran un testimonio mudo de la alianza, de la provisión constante, incluso para aquellos que, en su ira, la olvidaban.

Y recordó también las palabras que siguieron a la ley sobre la blasfemia, palabras que Moisés había proclamado: «Fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente». Una justicia proporcional, exacta, que evitaba la espiral de la venganza desmedida. No era una licencia para el odio, era una cadena puesta a la violencia humana. Todo tenía una medida. Incluso la justicia. Sobre todo la justicia.

Ajustó la mecha de la lámpara central. La llama se stabilizó, ardiendo con una fidelidad silenciosa. Afuera, el campamento de Israel seguía con su vida: niños correteando, mujeres moliendo grano, hombres levantando tiendas. Un pueblo común, con rencillas y pasiones, tratando de aprender, día a día, a vivir a la luz de una presencia terrible y amorosa. Eleazar respiró el aire cargado de incienso. La luz ardía. Los panes estaban en su lugar. El nombre, allá en el lugar Santísimo, detrás del velo, seguía siendo santo. Y el desierto, inmenso y antiguo, esperaba al amanecer.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *