Biblia Sagrada

La visita bajo las encinas

El calor del mediodía pesaba sobre la llanura, un manto silencioso y dorado que hacía brillar el polvo del camino. A la sombra de las encinas de Mamre, Abraham permanecía sentado a la entrada de su tienda. Los años, muchos ya, se notaban en el peso con que se apoyaba en el bastón, pero no en la mirada, atenta aún al horizonte.

De pronto, entre los temblores de calor que ascendían de la tierra, distinguió tres figuras. No parecían surgir del camino, sino más bien del paisaje mismo, deteniéndose a cierta distancia. Sin vacilar, como movido por un impulso más antiguo que el pensamiento, Abraham se levantó y corrió —una carrera torpe y decidida de anciano— a su encuentro. Se postró en tierra, un gesto de humildad instintiva.

—Señor mío —dijo, y su voz sonó ronca por el desuso de las horas calurosas—. Si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases de largo junto a tu siervo. Que traigan un poco de agua para lavar vuestros pies, y reposad bajo este árbol. Yo traeré un bocado de pan, para que recobréis fuerzas antes de seguir.

La respuesta fue sencilla: «Haz como has dicho».

Abraham entró apresurado en la tienda, donde Sara se encontraba.
—Date prisa —le dijo, sin aliento—. Toma tres medidas de flor de harina, amásalas y haz unas tortas al rescoldo.

Luego, corrió hacia el rebaño y eligió un ternero tierno y bueno. Se lo dio a un criado, que se apresuró a prepararlo. No fue un banquete elaborado, sino la ofrenda urgente y generosa de un nómada: cuajada, leche y el ternero ya cocinado. Todo lo puso ante ellos, bajo la sombra del árbol, y se quedó de pie, cerca, observando mientras comían. El silencio solo lo quebraba el sonido leve de la comida.

Uno de ellos habló entonces, y su voz tenía una cualidad extraña, como si el aire se hiciera más claro.
—¿Dónde está Sara, tu mujer?

—Allí, en la tienda —respondió Abraham, señalando con la barbilla la entrada de lona.

El visitante no alzó la voz, pero sus palabras llegaron nítidas, como talladas en el aire quieto.
—Ciertamente he de volver a ti pasado el tiempo, y para entonces, Sara tu mujer tendrá un hijo.

Sara estaba escuchando detrás de la entrada, en el umbral mismo de la tienda, oculta a la vista pero no al sonido. Al oír aquello, soltó un resuello seco, casi una tos ahogada. Se dijo a sí misma, con esa amargura que los años de estéril espera habían sedimentado en su corazón: «¿Acaso, ya consumida, tendré este placer, siendo también mi señor tan viejo?».

Entonces, aquel a quien Abraham había llamado «Señor» —y que ahora se revelaba como tal sin lugar a dudas— preguntó directamente:
—¿Por qué se ha reído Sara, diciendo: “¿De verdad voy a dar a luz siendo ya tan vieja?”. ¿Hay acaso algo demasiado difícil para el Señor? Al tiempo señalado, pasado un año, volveré a ti, y Sara tendrá un hijo.

Sara, presa del temor, lo negó.
—No me he reído —dijo, su voz un hilillo tenso.

Pero Él respondió, y no había reproche, solo una verdad inmutable:
—No es así. Te has reído.

El peso de aquellas palabras quedó suspendido en el aire, junto al aroma de la carne y el pan. Luego, los hombres se levantaron. Abraham, sintiendo que algo se desplazaba, que el motivo de la visita iba más allá de su tienda, caminó con ellos un trecho, para despedirlos hacia Sodoma.

Y el Señor, caminando a su lado como un compañero, parecía reflexionar en voz alta.
—¿He de ocultar a Abraham lo que voy a hacer, siendo él el padre de una multitud de naciones? Lo he escogido para que instruya a sus hijos y a su casa, para que guarden el camino del Señor. Por eso voy a hacer partícipe a Abraham de mi designio.

Entonces Abraham supo. El rumor de la maldad de Sodoma y Gomorra era como un hedor que subía hasta el cielo. Los hombres dejaron de andar, y la llanura se extendía, vasta y silenciosa, a sus pies.

—El clamor de Sodoma y Gomorra es grande —dijo el Señor—, y su pecado es gravísimo. Descenderé para ver si sus acciones corresponden a ese clamor. Y si no es así, lo sabré.

Los dos compañeros, los otros hombres, siguieron camino hacia Sodoma, con paso firme y decidido. Pero Abraham se quedó allí, plantado ante el Señor. Un impulso terrible y compasivo, mezcla de audacia y temor reverencial, le brotó del pecho. Se acercó.

—¿De verdad vas a exterminar al justo junto con el malvado? —empezó, tanteando el terreno—. Quizá haya cincuenta justos en la ciudad. ¿Los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta justos que estén dentro? Lejos de ti hacer tal cosa. Matar al justo con el malvado, que el justo sea tratado como el malvado… Lejos de ti. El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer justicia?

El Señor lo miró, y en Su mirada no había irritación, sino una paciencia infinita.
—Si hallo en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, perdonaré a todo el lugar por amor a ellos.

Abraham, atrevido ya, pero con la humildad de quien araña un favor inmenso, insistió. Era como regatear por la vida de una ciudad, pero con el corazón en un puño.
—He aquí que me he atrevido a hablar a mi Señor, siendo yo polvo y ceniza. Quizá falten cinco para completar los cincuenta justos. ¿Destruirás por esos cinco a toda la ciudad?

—No la destruiré, si hallo allí cuarenta y cinco.

Y siguió, reduciendo el número, cada vez más consciente de la fragilidad de su petición y de la enormidad de la gracia que interrogaba. Cuarenta. Treinta. Veinte. Y cada vez, la misma respuesta, serena, firme.

Finalmente, con la voz ya casi un susurro, agotada su audacia, Abraham dijo:
—Que no se enoje ahora mi Señor, si hablo solo una vez más. Quizá se hallen allí diez.

Y por última vez, la respuesta vino, clara como el agua de un manantial en el desierto:
—No la destruiré, por amor a esos diez.

La conversación había terminado. El Señor se fue, continuando Su camino silencioso, y Abraham regresó a su lugar, bajo las encinas de Mamre. La tarde comenzaba a teñir el cielo de púrpura y oro. En su corazón, una mezcla de consuelo y de un profundo, insondable temor. Había intercedido, había tocado el borde del manto de la misericordia divina. Y en el silencio que volvía a descender sobre la llanura, solo el viento susurraba entre las hojas de las encinas, árboles testigos de una promesa renovada y de una intercesión que aún resonaba en el aire, como el último eco de una plegaria antes de la noche.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *