El sol de la mañana, bajo y anaranjado, se filtraba a duras penas por las estrechas ventanas de la casa de Gayo. El aire olía a aceite de lámpara, a pan de cebada recién horneado y al leve tufo salino que siempre traía la brisa del puerto de Cencreas. Estéfanas, un hombre de manos callosas y hablar pausado, se removió en el cojín de lana, incómodo más por la conversación que por el asiento.
—Lo he oído en el mercado, junto a las pescaderías —dijo, pasándose los dedos por la barba rala—. Los que siguen a Apolos, los de la elocuencia, hablan de una sabiduría tan elevada que apenas la comprendemos los que remendamos redes. Dicen que su palabra es como un río caudaloso, y que el bautismo que él administra… lleva un sello distinto.
Chloe, cuya familia tenía sirvientes en la congregación, asintió con gesto apretado. —Y no son solo ellos. Algunos murmuran que deben llamarse ‘de Cefas’, por ser el primer apóstol, el de la piedra. Otros, pocos pero vocingleros, se enorgullecen de decir ‘yo soy de Pablo’, como si el mensajero fuera más importante que el mensaje. Se forman corrillos. En la asamblea, se sientan separados.
Gayo, el anfitrión, escuchaba en silencio, observando el juego de luces y sombras en el suelo de tierra apisonada. Era un hombre práctico, un ciudadano romano que había encontrado en el Camino algo que ni la filosofía estoica ni los misterios de Isis le habían dado: una paz extraña, perturbadora. Pero esa paz se agrietaba ahora con los bandos y las palabras altisonantes.
—Pablo escribió —dijo por fin, su voz grave cortando el aire cargado—. Llegó ayer, un rollo traído por Fortunato. Lo he leído hasta que la lámpara se consumió.
Todos lo miraron. La carta. La palabra del fundador, llegada desde la lejana Éfeso, donde se decía que Pablo trabajaba el cuero y discutía día a día en la escuela de Tirano. Había expectación, pero también un leve resquemor. ¿De qué lado estaría Pablo?
Gayo tomó el rollo de papiro, cuidadosamente desatado. No leyó con la voz de orador que tanto admiraban algunos, sino con la cadencia de un hombre que desentraña un pensamiento profundo y dolorido.
*“Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, a la iglesia de Dios que está en Corinto…”*
El saludo los envolvió a todos. *La iglesia de Dios.* Las palabras resonaron, solemnes, un recordatorio de a quién pertenecían en realidad. Estéfanas bajó la mirada a sus manos ásperas. Chloe contuvo el aliento.
La voz de Gayo siguió, navegando por las líneas. Pablo daba gracias. Siempre daba gracias, incluso por ellos, a pesar de todo. Hablaba de los dones, de la riqueza en palabra y conocimiento. Pero luego, el tono se torció sutilmente, como un viento que cambia antes de la tormenta.
*“… les ruego, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos se pongan de acuerdo y que no haya divisiones entre ustedes…”*
Un silencio espeso cayó en la habitación. Era como si Pablo, desde cientos de millas, hubiera estado escuchando tras la puerta. La descripción era exacta: “Cada uno de ustedes dice: ‘Yo soy de Pablo’, ‘Yo de Apolos’, ‘Yo de Cefas’, ‘Yo de Cristo’”. Hasta los que se creían más espirituales, los que clamaban “yo soy de Cristo” como un grito de exclusividad, eran reprendidos. Cristo no estaba dividido.
La cara de Chloe se encendió de vergüenza. Gayo continuó, y ahora las frases eran como martillazos, nítidos y contundentes.
*“¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue Pablo crucificado por ustedes? ¿Fueron bautizados en el nombre de Pablo?”*
Las preguntas quedaron flotando, hirientes en su obviedad. La estúpida vanidad de sus disputas quedaba al desnudo. ¿De qué servía alardear del hombre que los había bautizado, si las aguas, salvas o dulces, solo eran un símbolo? ¿Qué importancia tenía la elocuencia del predicador, si la fuerza no residía en él?
Entonces vino el golpe más fuerte, la idea que les volcó por completo la mente. Pablo, con una audacia que hizo que Estéfanas soltara un leve suspiro, anunciaba que Dios había escogido despreciar la sabiduría de este mundo. Que el mensaje de la cruz era una locura para los que se perdían, pero para los que se salvaban —para ellos, pescadores, esclavos, artesanos, unas pocas mujeres y hombres como Gayo de posición incierta— era poder de Dios.
Gayo alzó la vista del papiro. Sus ojos recorrieron los rostros atónitos. —Escuchen esto —dijo, y su voz tembló levemente—. *“Miren a su llamado, hermanos: que no hay muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte.”*
El relato seguía, implacable. Dios había escogido lo vil, lo despreciado, lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que nadie pudiera jactarse en su presencia. No era un mensaje de auto-afirmación, sino de humillación gloriosa. No era una filosofía más para los eruditos del Agora, sino un escándalo: un Mesías crucificado, tropezadero para unos, necedad para otros. Pero para los llamados, judíos y griegos, poder y sabiduría de Dios.
—Porque la necedad de Dios —leyó Gayo, con una sonrisa amarga y a la vez liberadora— es más sabía que la sabiduría de los hombres; y la debilidad de Dios, más fuerte que la fuerza de los hombres.
La habitación parecía diferente ahora. La luz del sol había trepado, era blanca y clara. Los ruidos de la calle —el pregón de un vendedor de pescado, el chirrido de un carro— llegaban amortiguados. Chloe rompió el silencio.
—Todo este tiempo… —murmuró—. Discutiendo sobre quién hablaba mejor, quién tenía más conocimiento, quién seguía al líder más importante… y él nos dice que eso es nada. Es polvo.
Estéfanas asintió lentamente. —Nos sentíamos pequeños al lado de los filósofos, de los retóricos que vienen de Atenas. Queríamos que nuestra fe fuera respetable, sabia. Y Pablo nos dice que el poder no está en lo respetable. Está en el madero de la cruz. En lo que el mundo desecha.
Gayo enrolló el papiro con cuidado, casi con veneración. —Él no nos llama a ser necios —aclaró, pensativo—. Nos llama a dejar de buscar la sabiduría que empieza y termina en nosotros mismos. A gloriarnos solo en el Señor. A entender que aquí, en esta casa, en esta ciudad llena de ídolos y oratoria, lo más fuerte que tenemos es esa cruz que a todos parece débil.
El aroma a pan ya se había disipado. Quedaba el olor a sal y a lana. Y algo más, una sensación nueva. No era la victoria de un bando sobre otro. Era el despojo quieto de todas las victorias inútiles. La carta, larga y detallada, solo había comenzado. Pero su primer capítulo ya había hecho añicos los cimientos de sus discordias. Les había recordado, cruel y tiernamente, el único fundamento posible: Cristo crucificado. Y en esa verdad, extraña y desnuda, por primera vez en semanas, sintieron el atisbo de una unidad que no nacía del acuerdo, sino de una gracia recibida en común. Una gracia que no miraba a quién la proclamaba mejor, sino a Aquel a quien proclamaba.




