Biblia Sagrada

Camino a Jerusalén: Enseñanzas y Fe

El polvo del camino, un polvo fino y pálido como la harina de cebada, se elevaba en pequeñas nubes con cada paso. No era el camino principal, sino una ruta secundaria que serpenteaba entre colinas pedregosas y algún que otro campo de olivos, grisáceos bajo el sol de media mañana. Jesús caminaba al frente, su túnica sencilla llevaba la huella del viaje en el dobladillo. No hablaba. Había una determinación en su paso, una tensión en sus hombros que los que lo seguían de cerca, los Doce, empezaban a reconocer. Era el camino hacia Jerusalén, y esa palabra pesaba en el aire, densa como el calor que empezaba a acumularse.

Detrás, los discípulos hablaban en voz baja, no tanto por respeto como por la fatiga incipiente. La conversación, como a menudo ocurría, derivó hacia disputas legales. Santiago, el de voz más ronca, planteó la cuestión que rondaba por las aldeas. Un rabí de Jericó había dado una sentencia muy laxa sobre el divorcio, y algunos fariseos, sabiendo el camino que Jesús llevaba, habían aparecido esa misma mañana, casi como surgidos de la tierra, para sonsacarle. “¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer?”, le habían preguntado, con esa estudiada neutralidad que escondía la trampa. Jesús, en lugar de enredarse en citas de escuela, había remontado el río hasta su nacimiento. “Al principio de la creación”, había dicho, su voz clara cortando el aire quieto, “Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos serán una sola carne.” Y luego, mirándolos a ellos, pero también más allá, a un tiempo futuro de corazones endurecidos, había añadido: “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre.”

Más tarde, en la casa donde descansaban, los discípulos volvieron al tema, como quien da vueltas a un diente que duele. Quizás buscaban una rendija, una casuística que aliviara la absoluta severidad de aquella declaración. Pedro, siempre práctico, fue el que preguntó directamente. Jesús, sentado en un banco bajo, con una vasija de agua entre las manos, dejó escapar un suspiro que no era de impaciencia, sino de una profunda pena. “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra ella. Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.” La sentencia cayó en la estancia con un peso final. No había ley que discutir, sino un designio original que hería las costumbres cómodas.

Fue entonces cuando llegó el alboroto desde la calle. Voces, risas infantiles apagadas, el frufrú de ropas y el reproche áspero de algunos adultos. “Traen niños”, dijo alguien desde la puerta, con un gesto de fastidio. Las madres se acercaban, tímidas pero decididas, con los pequeños aferrados a sus faldas o en brazos. Solo querían que el Maestro los tocara, que quizás murmurara una bendición sobre sus cabezas redondas y sucios mechones. Los discípulos, con la frustración de la conversación anterior aún encima, se erigieron en guardia. “No molesten al Maestro”, les reprendieron, alejándolas con gestos bruscos. “Tiene cosas importantes en qué pensar.”

Jesús lo vio. Y se indignó. No era un enfado silencioso, sino una chispa viva en sus ojos, una firmeza instantánea en su cuerpo. “¡Dejen a los niños!”, dijo, y su voz no alzó el tono, pero llevaba un filo que cortó la acción de sus discípulos en seco. “No se lo impidan.” Los miró a ellos, uno por uno, y en su mirada había una reconvención más profunda que por cualquier debate sobre la ley. “Porque el reino de Dios es de los que son como ellos. Les aseguro: el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él.” Luego, su expresión se transformó. La severidad se derritió como cera al sol. Se arrodilló en el polvo, allí mismo, a la entrada de la casa. Extendió los brazos. Y uno a uno, fue tomando a los niños. Los acariciaba, los estrechaba contra su pecho, sentía el latido rápido de sus pequeños corazones contra su túnica. Les imponía las manos, murmurando palabras que solo ellos y sus madres, ahora con lágrimas en los ojos, podían oír. Olía a sudor infantil, a leche y a tierra. El reino de Dios, en ese momento, tenía ese olor.

La jornada continuó, y con ella el peso de la meta. Mientras se ponían de nuevo en camino, un hombre se acercó corriendo. No era un aldeano cualquiera. Se notaba en la fina trama de su manto exterior, en la pulcritud de las borlas de sus vestiduras, en el mismo modo de correr, un tanto torpe, como si no estuviera acostumbrado. Cayó de rodillas justo delante de Jesús, bloqueándole el paso por un instante. Su respiración era agitada. “Maestro bueno”, jadeó, “¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?”

Jesús se detuvo, lo miró. No respondió de inmediato. “¿Por qué me llamas bueno?”, preguntó, y su voz era suave, casi pensativa. “Nadie es bueno sino sólo Dios.” No era un rechazo, era una invitación a bajar la mirada, a ver de dónde brotaba realmente toda bondad. Luego, como recordándole lo que ya sabía, añadió: “Ya conoces los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre.”

El hombre joven –porque lo era, su rostro era lampiño y sus ojos brillaban con una ansiedad sincera– alzó la cabeza. “Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud.” No había jactancia en su voz. Había una perplejidad auténtica, el vacío de quien ha llenado todos los espacios que le indicaron y sigue sintiendo un hueco en el alma. Jesús lo miró. Y le tomó cariño. Fue una mirada larga, penetrante, que veía más allá del manto fino y las palabras cuidadosas. Vio el anhelo puro, y también la cadena invisible que lo ataba.

“Una cosa te falta”, dijo Jesús, y su voz tenía ahora una ternura enorme, como la que usó con los niños. “Ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme.”

El rostro del joven se descompuso. La esperanza se apagó como una lamparilla ante un ventarrón. No hubo discusión, no hubo pregunta. Solo un nudo de dolor y terror que le contrajo las facciones. Sus ojos se bajaron, fijándose en sus propias manos, quizás en el anillo que llevaba en un dedo. Todo lo que tenía. Sus tierras, su casa en Jerusalén, los sacos de monedas, los siervos, el respeto de su posición… todo eso era él. Desprenderse de ello no era un acto de caridad, era un desgarro de su propia identidad. Sin una palabra más, asintió lentamente, se levantó, y se alejó cabizbajo. Estaba profundamente entristecido. Era muy rico.

Jesús lo siguió con la mirada hasta que se perdió tras una curva del camino. Luego, volviéndose hacia sus discípulos, que habían presenciado la escena con una mezcla de asombro y cierta satisfacción oscura, dijo: “¡Qué difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!” Los discípulos se quedaron pasmados. En su mundo, la riqueza era signo del favor de Dios. Él, viendo su confusión, insistió, con una imagen imposible: “Hijos, más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.”

Ellos, sobrecogidos, se miraron entre sí. “Entonces, ¿quién podrá salvarse?”, exclamó Pedro, hablando por todos. Jesús los miró. La tristeza por el joven rico aún estaba en sus ojos, pero ahora se encendió con una luz distinta, una certeza que venía de más allá de las imposibilidades humanas. “Para los hombres es imposible”, concedió. Y luego, una pausa, un cambio en la atmósfera. “Pero no para Dios. Porque para Dios todo es posible.”

Pedro, siempre rápido, vio una oportunidad para afirmar su posición. “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.” Había en su voz un hilo de orgullo, la esperanza de una recompensa a la vista.

Jesús no lo desairó. Asintió lentamente. “Sí, les aseguro”, dijo, y su mirada abarcó al pequeño grupo de pescadores, recolectores de impuestos y hombres comunes que lo rodeaban. “Nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o tierras por mí y por el evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora, en este tiempo, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras –aunque con persecuciones– y, en el tiempo venidero, la vida eterna.” No era una promesa de prosperidad mundana. Era la descripción de una nueva familia, de un nuevo hogar, tejido con los hilos del sacrificio y la fe, y que inevitablemente atraería la incomprensión del mundo. “Pero muchos primeros serán últimos, y los últimos, primeros.”

Dicho esto, reanudó la marcha. Iban subiendo ahora hacia Jerusalén. Jesús caminaba adelante, y su semblante se tornó de nuevo grave, absorto en algo que ellos no alcanzaban a ver. Tomándolos aparte, por tercera vez, comenzó a hablarles de lo que le esperaba. Las palabras eran crudas, gráficas, sin atenuantes. “Miren, subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles. Se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán. Y a los tres días resucitará.”

Era el mismo anuncio, cada vez más detallado, más insoportable. Y ellos, otra vez, no entendieron. Pero esta vez, el no entender tomó una forma concreta y sórdida. Santiago y Juan, los hijos del trueno, se acercaron a Jesús con una expresión de falsa casualidad. “Maestro”, dijeron, “queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.” Jesús, cansado, los miró. “¿Qué quieren que haga por ustedes?” Ellos, sin inmutarse: “Concédenos que en tu gloria nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda.”

El silencio que siguió fue espeso. Los otros diez, al oírlo, se indignaron. No por la incongruencia de pedir honores cuando él hablaba de muerte, sino por la ventaja que intentaban sacar. Jesús los reunió a todos. El polvo del camino les cubría los pies. “Ustedes saben que los que son tenidos por jefes de las naciones las dominan, y que sus grandes las tiranizan.” Hizo una pausa, dejando que la verdad de esa ambición mundana resonara. “Pero no ha de ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor; y el que quiera ser el primero entre ustedes, que sea esclavo de todos.” Luego, sus ojos, esos ojos que habían mirado con amor al joven rico y a los niños, se posaron en cada uno de ellos. “Porque el Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir, y a dar su vida en rescate por muchos.”

La lección quedó flotando en el aire, sin que nadie supiera muy bien cómo aplicarla. El camino siguió, bajando ahora hacia el valle del Jordán, acercándose a Jericó. Y fue al salir de Jericó, con una gran multitud a su alrededor, cuando ocurrió el último episodio. Sentado junto al camino, en su puesto habitual de misericordia, estaba Bartimeo, el ciego, hijo de Timeo. Al oír el bullicio, preguntó qué pasaba. “Es Jesús de Nazaret”, le dijeron. Y entonces, Bartimeo, sin ver, pero con una visión más clara que la de muchos que teniendo ojos estaban ciegos, comenzó a gritar con todas sus fuerzas, rompiendo el protocolo del mendigo sumiso: “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!” Muchos lo reprendían para que se callara. Pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”

Jesús se detuvo. “Llámenlo”, dijo. Y la multitud, cambiando de parecer al instante, le dijo al ciego: “Ánimo, levántate, te llama.” Bartimeo, arrojando su manto –su única posesión, su cobijo contra el frío de la noche–, se puso en pie de un salto y se acercó a tientas, guiado por las voces. “¿Qué quieres que haga por ti?”, le preguntó Jesús. La pregunta resonaba. La misma que le hizo a los ambiciosos Santiago y Juan. Bartimeo, con una súplica simple y total, contestó: “Rabbuní, que vea.” No pidió un lugar a su derecha o izquierda. Pidió la luz. Pidió el mundo. “Anda”, le dijo Jesús, y su voz sonó fresca, como un manantial en medio del camino polvoriento. “Tu fe te ha salvado.” E instantáneamente, Bartimeo recobró la vista. Y no se fue a su casa, ni a disfrutar en silencio de su milagro. Lo siguió por el camino. El último había pasado a ser primero, simplemente porque había pedido ver. Y el camino, ahora lleno de luz para Bartimeo, seguía subiendo, inexorable, hacia Jerusalén.

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