Biblia Sagrada

La Lección del Lirio

El aire sobre la colina olía a tierra seca y a romero. Era una mañana que prometía calor, pero aún temprano, una brisa fresca subía desde el valle del Jordán, trayendo consigo el rumor lejano del agua. Simón, el de Betsaida, no había venido a escuchar al Rabí con la mente tranquila. El asunto de la deuda con el mercader de Tiro le rondaba como un mosquito insistente, y la imagen de los ojos severos de su suegro, al que aún debía parte de la dote de Rebeca, no le abandonaba. Había subido con otros, arrastrado por la curiosidad y por una vaga esperanza de que tal vez, solo tal vez, aquel hombre de Nazaret dijera algo que ordenara el caos de sus preocupaciones.

Jesús estaba sentado en una roca plana, algo más arriba. No tronaba, no gesticulaba. Hablaba, y su voz, clara y serena, se deslizaba por la pendiente como el agua de un manantial. Hablaba de los hipócritas que oraban en las esquinas para ser vistos, y Simón, casi sin querer, bajó la mirada. Recordó la última fiesta en la sinagoga, cómo había alzado un poco la voz durante la lectura, esperando que el anciano Benjamín notara su piedad.

“Tú, en cambio,” decía la voz desde arriba, “cuando ores, entra en tu aposento interior, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto.”

Simón cerró los ojos un instante. Su ‘aposento interior’ era la covacha tras la casa, donde guardaba las redes rotas y olía a pescado seco y sal. Pero la idea le caló hondo: un lugar sin testigos, un corazón desnudo frente a lo Invisible. No se trataba del lugar, comprendió de golpe, sino de la dirección del alma. De apartar la mirada de los ojos ajenos para fijarla en Uno solo.

Luego, el Rabí habló de las palabras vacías, de los que amontonaban frases pensando que por su palabrería serían oídos. “No seáis como ellos,” dijo, y Simón sintió un alivio extraño. Sus oraciones siempre le habían parecido torpes, repetitivas, como un niño balbuceando ante un padre paciente. Jesús entonces les dio unas palabras, sencillas, profundas como el mar al anochecer. ‘Padre nuestro que estás en los cielos…’ Simón las repitió en un susurro, sintiendo cómo cada sílaba echaba raíces en un lugar de su pecho que antes estaba ocupado solo por la ansiedad.

Pero fue después, cuando el sol comenzaba a picar, cuando las palabras atravesaron la armadura de sus preocupaciones. Jesús señalaba los lirios del campo, que se mecían allá abajo, en la llanura. “Mirad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos.”

Simón, pescador, hombre de esfuerzo y sudor, arrugó el cejo. No trabajar? La idea sonaba a locura. Pero su mirada siguió la del Maestro, hacia aquel tapiz de color frágil y efímero. Y lo vio. Vio la increíble delicadeza de los pétalos, el verde vibrante del tallo, una belleza gratuita, derrochada por el suelo sin que nadie la pidiera. No se esforzaba. Simplemente era. Y el Creador la vestía con una gloria que hacía palidecer las sedas de Tiro. Un nudo en su estómago, el nudo de la deuda y la provisión del mañana, comenzó a aflojarse. No se aflojó del todo, pero cedió un poco, como una cuerda mojada al sol.

“No os afanéis, pues, diciendo: ‘¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?’ Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.”

Los ‘gentiles’. La palabra sonó fuerte. Simón pensó en los romanos de la guarnición, en sus ansias de posesión y seguridad, en su ruido metálico. Y entendió. Su afán, su miedo a la escasez, lo ponía a él, un hijo del Pacto, en el mismo plano que aquellos que no conocían al Padre. La vergüenza fue distinta esta vez. No era la vergüenza de haber fallado, sino la de haber dudado. Si Dios viste así la hierba, que hoy es y mañana se echa al fuego… ¿no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe?

La pregunta quedó flotando en el aire caliente. ‘Hombres de poca fe’. Simón asintió para sus adentros. Esa era su nombre verdadero. No Simón el deudor, o Simón el pescador, sino Simón, el hombre de poca fe.

Jesús continuó, y su enseñanza tomó un cariz práctico, terrenal. “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” No era un mensaje de pasividad. No decía ‘no trabajes’. Decía ‘busca primero’. Pon el rumbo de tu corazón, de tus esfuerzos, en una dirección distinta. En la dirección de ese Reino que él proclamaba, un reino de justicia, de misericordia, de paz con Dios. Lo demás… lo demás vendría por añadidura. Como el lirio recibe su belleza. Como la lluvia cae sobre justos e injustos.

Cuando la enseñanza terminó y la multitud comenzó a dispersarse, hablando en voces bajas y excitadas, Simón se quedó un momento sentado. El sol estaba alto ahora, y la brisa había cesado. Pero dentro de él soplaba un viento nuevo, fresco. La deuda seguía ahí, la suegra seguiría preguntando, las redes seguirían rompiéndose. Pero ya no eran monolitos que le cerraban el horizonte. Eran cosas de mañana, y el mañana, había dicho el Rabí, traería su propio afán. Basta a cada día su propio mal.

Se levantó, sintiendo el peso de sus huesos cansados y la ligereza nueva en su espíritu. Al bajar la colina, no miró con envidia los rebaños gordos en el valle. Miró el cielo, vasto y despejado. Y por primera vez en mucho tiempo, no lo vio como una cúpula de bronce vacía, sino como el espacio donde habitaba, en secreto, un Padre que sabía que él necesitaba comer, y beber, y vestirse. Y que, de un modo que Simón no acababa de entender pero en el que decidió confiar, se ocupaba de ello.

Recogió un lirio silvestre que crecía al borde del sendero. Lo observó un instante, su fugaz perfección. Luego, lo dejó caer suavemente, dejando que el viento seco de la tarde se lo llevara. No necesitaba llevárselo consigo. La lección ya estaba dentro, echando raíces junto a la oración sencilla. Y, sin darse cuenta, comenzó a silbar una vieja tonada de los salmos mientras se dirigía a casa, a sus redes, a su vida.

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