Biblia Sagrada

El Lamento del Roble Seco

El calor, aquel año, no era el calor fecundo de la siega, sino una losa de plomo que aplastaba los campos de Efraín. El aire olía a polvo y a hierba quemada, no al dulce aroma del grano recién trillado. Yo, Efraín —no el patriarca, sino un hombre común que carga con el nombre de su tribu—, lo sentía en los huesos, en la tierra agrietada bajo mis pies. Habíamos celebrado la fiesta de la cosecha, sí, pero con una alegría ronca, forzada, como un grito en un sepulcro. Las espigas que ofrecíamos en Guilgal estaban mustias, el vino escaso y agrio. Recordábamos los días en Mispa, en aquellos lugares altos donde creímos que nuestra fortuna era obra de nuestras manos, donde mezclamos el incienso a Yahvé con los gritos a los Baales de la fertilidad. La tierra nos dio, y nosotros, necios, adoramos el regalo olvidando al Dador.

Ahora la cosecha se volvía contra nosotros. Lo dijo el profeta, con una voz que no era un trueno, sino un susurro áspero como el roce de la piedra sobre la guadaña: «No te alegres, Israel, no celebres como los pueblos. Te has prostituido, abandonando a tu Dios». Sus palabras se colaban entre la gente como un viento frío en pleno estío. Miraba nuestros graneros y decía: «No habrá cosecha, no habrá trigo para el mosto». Y nosotros, mientras tanto, seguíamos yendo a Asiria, como el buey que busca agua en un pozo seco, mendigando alianzas, trayendo costumbres extrañas, granos de Egipto que envenenaban nuestro suelo. Todo se tornaba impuro. Lo que comíamos era para saciar el hambre, no para celebrar la vida. Era comida de luto.

Recuerdo el día en que la hueste asiria apareció como una nube de langostas al norte. No venían con estandartes de aliados, sino con el hierro desnudo. Entonces comprendimos el precio. El profeta había hablado de un destierro, de ser esparcidos entre las naciones, y de repente esas palabras dejaron de ser sombras para volverse carne y hierro. Mis hijos, los que crecieron entre los altares de Bet-el, donde el becerro de oro brillaba bajo el sol, ahora serían llevados a tierras donde el nombre de Yahvé era una palabra extraña. Egipto los recibiría, sí, pero como esclavos, no como huéspedes. Memfis, esa gran ciudad, se convertiría en su tumba blanca. Nuestros objetos sagrados, la plata de nuestros ídolos, serían botín para reyes extranjeros, objetos de burla en templos de piedra.

La esterilidad se enseñoreó de nosotros como una maldición tangible. Las mujeres que anhelaban ser madres llevaban en el vientre un vacío que gritaba. Otras concebían, y era un dolor más grande, porque sabíamos lo que les esperaba: hijos para el cuchillo, frutos arrancados antes de madurar. El profeta lo dijo con una crudeza que nos heló la sangre: «¡Efraín! Sus gloriosos hijos serán entregados al matador». El amor se secaba, convertido en espina. Las familias, antes bulliciosas, eran ahora grupos silenciosos de ojos perdidos, esperando el golpe.

Y en medio de la ruina, persistía el recuerdo. Los días de Gabaa volvían como un espectro. Allí, en los albores, nuestra tribu cometió una infamia tan grande que aún manchaba nuestra historia. El profeta nos lo recordaba: «Como en los días de Gabaa, él recordará su iniquidad, castigará sus pecados». No éramos mejores que aquella generación perdida. Nuestra corrupción era más sutil, más extendida, arraigada como una cizaña profunda en el campo del corazón.

Ahora, al final, veo claro. Dios nos encontró como uvas tempranas en el desierto, un hallazgo de dulzura inesperada. Pero nosotros, en nuestra soberbia, nos volvimos como la fruta insípida de Tabor, vistosa por fuera, corrupta por dentro. Y Él, el que nos plantó, ahora arrancaría la raíz. Nuestra raíz está seca, no dará más fruto. Aunque demos a luz, Él matará los frutos queridos del vientre.

Por eso este duelo es sin consuelo. No es el llanto por una mala temporada, sino el lamento por una muerte anunciada. Somos errantes entre las naciones, rechazados. El profeta camina entre nosotros, y lo llaman ‘el atalaya loco’, ‘el hombre del Espíritu enloquecido’, porque sus palabras son trampas y azotes en nuestro camino. La inmundicia está en la casa de Dios, la hayamos cometido nosotros. Él nos rechazará, porque nosotros primero lo abandonamos.

Y la última imagen, la que me persigue en las noches sin sueño: Efraín, mi tierra, mi gente, arraigada en el suelo como un roble, ahora seca, muerta. El viento solano, el que viene del desierto, la golpea y la quiebra. Sus ramas, que dieron sombra y sostén, se convierten en leña para el fuego. Y no hay quien apague esa hoguera. Es el fuego del juicio, encendido por las propias manos que una vez Él tomó para guiar por el desierto. Ahora el desierto nos reclama. Y no hay vuelta atrás. Solo el polvo, el destierro, y el eco de una pregunta que ya no tiene respuesta: ¿Por qué, habiendo sido amados tanto, preferimos la sombra a la luz?

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